La primera actividad fue el almuerzos general.
—Queridos estudiantes, espero que estén disfrutando el almuerzo coman a gusto, luego se prepararan para el baile de máscaras que se realizará en la mansión y previas actuaciones que preparamos para ustedes, sin decir más gracias por su atención —anuncio la directora.
Al lado de ella estaba un hombre joven con la piel pálida, ojos rojos, y el cabello plateado, aún así lo que más destacaba de él eran sus tatuajes tenía una daga en la nariz y en su brazo izquierdo serpientes entrelazadas, y en su dedo corazón un signo zodiacal… virgo.
—Buenas tardes con todos seguro se preguntarán quien soy, mi nombre es Jihel en esta oportunidad seré el encargado del baile de máscaras comenzará a las nueve espero que todos estén presentes.
Cuando terminó de hablar todos aplaudieron como recibimiento.
La noche cayó rápido. La luna llena brillaba esta vez con una intensidad inquietante. Antes de salir, me miré en el espejo: mi cabello castaño caía en suaves ondas, mis labios, teñidos de un rojo oscuro, contrastaban con la palidez de mi piel. Un arete de rubí capturaba la luz, mientras las sombras profundas en mis ojos endurecían mi expresión.
Y el vestido… largo, con una transparencia que nacía en el pecho y se extendía hasta mis brazos; el resto, negro, profundo, como si ocultara más de lo que mostraba. Para no apagarlo, coloqué un collar plateado con una mariposa en el centro. Su brillo era sutil… casi frágil.
Toc, toc, toc…
El sonido quebró el silencio.
Me dirigí a la puerta y la abrí apenas.
—Sí, diga.
—Buenas noches. Me enviaron para escoltarla al baile. Si ya está lista, podemos partir —dijo el asistente, inclinando levemente la cabeza, aunque sus ojos no dejaron de recorrerme.
Asentí sin responder. Tomé aire y crucé el umbral.
El pasillo estaba más oscuro de lo habitual, y el eco de mis pasos parecía perseguirme, como un susurro que no lograba alcanzar. Afuera, la noche vibraba con una quietud inquietante, como si algo estuviera a punto de romperse.
Cuando llegamos, uno de los sirvientes me ofreció una máscara de un rojo profundo. La tomé con cuidado y me la coloqué frente al espejo cercano. Por un instante, no me reconocí.
Perfecto.
Reconocer a Sari y Ámbar no debería ser difícil… o al menos eso quería creer. No nos habíamos visto desde el almuerzo, cuando nos separaron sin explicaciones y nos llevaron a nuestras habitaciones.
Ajusté el collar, sintiendo el frío de la mariposa contra mi piel.
No debía perderme.
O quizás sí.
Tal vez perderme no sería un error… sino parte del juego.
Empujé las puertas del salón.
La música me envolvió de inmediato, densa y seductora. Luces tenues, risas ahogadas, miradas ocultas tras máscaras elegantes. Nadie era quien parecía ser… y, por primera vez en la noche, eso no me inquietó.
Me atrajo.
Avancé entre la multitud, sintiendo cómo algunas miradas se clavaban en mí, pesadas, evaluándome. Podía intentar encontrar a Sari y Ámbar…
O podía hacer algo más peligroso.
Detuve mis pasos.
Alguien me observaba.
No era una mirada casual.
Era fija. Intensa.
Como si ya me conociera.
Y eso… no era posible.
Era fija. Intensa.
Como si ya me conociera.
Y eso… no era posible.
—Hola. Disculpa, qué distraído soy —dijo una voz a mi lado tras el leve choque.
—No te preocupes… fui yo la distraída —respondí, alzando la mirada con calma.
Entonces lo vi.
Ojos… rojos. No por la luz. No por la máscara. Rojos de verdad. Y los tatuajes que asomaban bajo el cuello de su camisa no eran simples adornos; parecían moverse con la sombra, como si respiraran.
El aire se me atoró en la garganta.
Jihel.
—Tu mirada dice mucho… —murmuró, ladeando apenas la cabeza—. ¿Acaso sabes quién soy?
Tragué saliva, obligándome a sostenerle la mirada.
—¿Tú eres Jihel?
Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Qué precavida eres… la primera en darse cuenta —dijo, pasando la lengua por sus dientes. Dos de ellos… más afilados de lo normal. Demasiado.
—Gracias por el cumplido —respondí en un susurro contenido—, pero… ¿por qué una fiesta de máscaras? No es algo habitual aquí. Si no me equivoco, es la primera vez.
Sus ojos no solo brillaron… se oscurecieron, como si algo más despertara detrás de ellos.
—Los rostros descubiertos son demasiado… honestos —murmuró—. Y la honestidad suele ser una mentira mal contada.
Se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para que su voz rozara el aire entre nosotros.
—Las máscaras, en cambio… liberan. Permiten que las personas sean lo que realmente son… sin miedo a ser reconocidas.
Una pausa.
—O a ser juzgadas.
Sentí cómo sus palabras se deslizaban lentamente, como si cada una ocultara algo más profundo.
—Además… —añadió, con una leve sonrisa que no alcanzó sus ojos— siempre es interesante ver quién decide ocultarse… y quién no tiene nada que perder al mostrarse.
El silencio que dejó después no fue vacío.
Fue una advertencia.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No era solo por su cercanía…
Era algo más.
Algo que no lograba nombrar.
—Por cierto… —añadió, inclinándose apenas hacia mí—. No me dijiste tu nombre.
Por un instante dudé.
No porque temiera decirlo… sino porque, frente a él, mi nombre parecía tener demasiado peso.
Sonreí, disimulando la incomodidad que comenzaba a instalarse bajo mi piel.
—Es un baile de máscaras —respondí con ligereza—. Lo adecuado sería no hacerlo.
Sus ojos no se apartaron de mí.
Ni un segundo.
El silencio se estiró entre nosotros, denso… expectante.
Como si hubiera algo más en juego que una simple conversación.
Sostuve su mirada, negándome a ceder.
—Además —añadí, inclinando apenas la cabeza—, el misterio hace la noche más interesante… ¿no cree?