Day Z T2 El Comienzo De Un Gran Conflicto

Capítulo 1

Emi: —Okey... —caminó en círculos, aún con los brazos en jarra—. Definitivamente creo que voy a vomitar —si estuvieran en una caricatura, no habría duda de que los cachetes ya estarían pintados de verde.

Nico: —Te dije que estaba podrido. Vos hiciste lo que te dio la gana.

Emi: —¡No es cierto! —exclamó, y de lo tanto que abrió la boca casi se escapa el contenido verdoso. Con un gran esfuerzo, volvió a retomar su postura—. No tenía pinta de estar caducado.

Nico: —Por favor —capturó su labio inferior—, por poco tenía moscas rodeando el envase.

Una cabeza se asomó por la puerta principal del edificio. Sonriente anunció:

Avril: —Es seguro, chicos.

Nico: —Gracias.

Avril: —Gracias por cuidarlo —devolvió, haciendo un ademán a Emiliano, quien ahora se encontraba avergonzado por que su novia coincidiera con su mejor amigo.

Emi: —Una noche y estaré bien.

Avril: —Si hace falta nos quedamos ocho —miró para el cielo, y un oscuro manto la invadió y estremeció sus extremidades—. Será mejor que entremos. Está terminando de oscurecer.

El lobby estaba intacto, suponía que era porque aquellos edificios no pasaron tanto tiempo abandonados como otros, que sí estaban en malas condiciones y necesitaban un mantenimiento urgente. Si debía ser sincero, esta sensación se asimilaba a cuando te independizabas de tus padres por primera vez (claro que las típicas preocupaciones jamás llegarían, aquellas como ¿en dónde tendré que comprar el desayuno? ¿Cuándo abre la cafetería de la esquina? ¿Y si voy y soy la única persona de ahí, y quedo como un inútil?).

Lo sabía muy bien porque una vez le tocó vivir lejos de ellos, en un departamento igualito al que ahora tenían en frente.

La fémina les indicó la puerta: número 65, detalló. Al abrir la habitación, se sorprendió bastante por lo grande que era. Según Avril, no habían revisado todos los apartamentos, al entrar en este se dieron cuenta que era más que suficiente para ellos, así que soltaron todos los bolsos y se relajaron.

Nico: —Cuatro camas —contó—. ¡Perfecto!

Avril: —Te lo dije, no nos equivocamos.

Y de pronto, unos brazos rodearon a Nicolás; unos flacos y desteñidos brazos.

Nico: —¿Quién podrá ser? —preguntó riendo.

El rostro que él quería ver para toda la vida se apareció en frente suya. No pudo contener las ganas de querer besar cada sitio de ella. En especial su diminuta nariz que se estaba arrugando por la inmensa sonrisa que estaba invadiéndola.

Roma: —Una chica muy hermosa, capaz.

Emi: —¡Mentira! —el grito llegó desde el cuarto de lavandería.

Roma: —¡Vos te callas! —reprochó con las mejillas teñidas de rojo. Volvió la mirada a su pareja—. ¿Cenamos?

Emi: —¿Acaso tenemos cena? —inquirió aproximándose a la mochila. Con la expresión hecha una broma, sacó una botella de agua y un paquete de galletas—. ¿A esto le llamas cena?

Nico: —Hey, ¿no querías comer?
 

[...]
 

Roma: —¡Deja de decir mentiras! —exclamó, golpeando con ambos puños la mesa.

Emi: —¡Estabas en el casillero azul!

Roma: —¡Es imposible que termine en la prisión! —espetó—. ¡Los cálculos no dan!

Emi: —¡Tus cálculos son los que no dan! —señaló.

Nico: —Roma, son solo tres turnos en los que te tenés que quedar quieta. No exageres —por más que tenga que lucir serio, no podía evitar sonreír de vez en cuando ante la actitud competidora de su novia. Era toda una bebé—. Por cierto, no pregunté. ¿Dónde están los demás? ¿En el mismo edificio que nosotros?

Avril: —No. Están en el edificio de en frente, prefirieron irse ahí que hay mucho más espacio. Creo que esta es la única habitación grande del edificio en el que estamos.

Debía agradecer que estaban todos juntos aún; en el camino no se habían encontrado con ninguna desgracia, y ningún caminante. Fue muy duro porque llevaban caminando por días, pero él sabía que en verdad valía la pena todo el esfuerzo que estaban haciendo. Solo esperaba que sus amigos también pensaran lo mismo.

Avril refunfuñó. Los chicos habían decidido que ya era hora de irse a dormir, ella sabía perfectamente que la idea surgió porque los estaba domando a todos en el juego de mesa. Rio por aquello y no pudo dejar pasar los malos perdedores que son, sobre todo su novio, quien se marchó ratificándose.

Nicolás apoyó su cabeza en la almohada.

Roma: —¿A cuánto estamos del sitio que dijiste? —cuestionó desde la cama de al lado; todo su pelo estaba tirado en su rostro, apenas se lograban ver sus ojos.

El chico miró al techo y suspiró.

Nico: —Ya falta poco —musitó con un tinte de esperanza. Pero Roma no pudo aguantarse las ganas de seguir con el interrogatorio.

Roma: —¿Es seguro? —la mirada de su novio se ancló a ella—. No es que no confíe en vos, pero con lo que pasó... —se vio interrumpida por el chico de al lado de su cama.

Nico: —Sí, es seguro. O por lo menos eso quiero imaginar —rio suavemente—. Hace dos semanas que esos tipos nos atacaron —recordó.

A la joven se le hizo inevitable que la imagen de su novio en un charco de sangre apareciese. Dios, en ese momento imaginó lo peor. Pensó que lo perdía para siempre.

Roma: —¿Contás los días?

La cabeza de él se movió de arriba a abajo.

Roma: —No quiero dejar de estar viva...

«No digas eso, inútil», pensó Nicolás.

¿Cómo mierda una chica de su edad podía pensar en su día final? No quería llegar a saber si lo pensaba todos los días, si cuando ella está callada en realidad está idealizando aquello. Era una tortura para él.

Nico: —Seguramente vivirás más que yo.

Roma: —Ambos vamos a —un bostezo cortó sus palabras— vivir... —y seguido a eso, dejó caer sus párpados como si fueran dos bolsas de papas.
 

[...]
 

Nicolás —una voz, no tan lejana, me nombró y me insistió en voltear; pero no pensaba en eso, no ahora.




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