Day Z T2 El Comienzo De Un Gran Conflicto

Capítulo 13

                                                                                         AVISO

Tenía ganas de subir capítulo doble este día, así que ^^.

Este capítulo se va a enfocar únicamente desde el punto de vista de Rose.

¡Disfruten <3!

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Las expresiones de todos asumieron un caos inminente, que estaba a la vuelta de la esquina, o para ser más precisos y realistas, que acababa de doblar en la esquina.

—Nico, ¿qué van a hacer? —le toqué el hombro repetidas veces, fallando en las primeras al no captar su atención.

—Voy a resolver algo.

No se detuvo a explicarme, no quiso darme detalles del plan que de seguro contenía en sus paredes cerebrales y menos se tomó el tiempo para darme aquellas charlas que siempre hacían que me calme.

La situación era jodida.

Y, a decir verdad, lo tendría que haber supuesto, ya que fuimos advertidos por un grupo de anarquistas que demostraron no ser misericordiosos y menos amables.

A día de hoy continúo reservando un inmenso cariño a Nico y sus amigos por haber arriesgado sus vidas para salvarme a mí y a mis amigos, pero siempre supe que el problema de las ciudades grandes era justamente este: hay gente loca, a montones.

Te las podés encontrar en cualquier día, hora y lugar. Son una plaga, peor que la de los muertos, debido a que ellos sí disponen de inteligencia para no alzar los brazos y gruñir hasta toparse con carne humana.

La caja torácica subió y bajó a un ritmo descomunal. Los pulmones desconocieron el ritmo que debían llevar. Aunque estaba respirando constantemente, sentía como me faltaba el aire, y era agobiante, ya que he atravesado ataques de pánico, pero por razones distintas, es difícil controlar este.

Tengo miedo a ¿morirme? No sé siquiera si eso va a suceder. Es una locura pensar eso cuando estoy aquí, a salvo entre estas paredes que Nico se encargó de volver seguras para el resto de nosotros. No puedo desprestigiar su trabajo con estos pensamientos.

Quizá sea eso, estaba enloqueciendo y tardé en darme cuenta.

Agarré con firmeza mi abdomen, sintiendo un fuerte calambre hasta los pies.

—O puede ser que tenga hambre —concluí, recibiendo una aprobación de mi estómago.

Me dispuse a marcar el camino hasta la cocina, con mis extremidades temblando por la falta de ingerir comida y hasta casi tropezar en el camino con objetos inexistentes.

Lo admitiré, sufrí demasiado en el transcurso hasta la nevera. Seguramente si alguien me vio en este estado y tambaleando, habrá pensado que estaba borracha. Pero lamentablemente, no, solo tenía hambre.

—¿Hambre? —preguntó Lucía, sentada en una banca con vaso de agua en mano y la ceja arqueada.

Aún no sé si lo preguntó porque tomé desesperada un táper con sánguches dentro de él o porque me tiembla hasta el cerebelo.

—¿Soy muy obvia? —dije, riéndome y a la vez intentando retirar la tapa para darle un punto final a la sequía en mi estómago.

Una vez pude masticar la mezcla celestial de ingredientes, el cuerpo me lo agradeció mandando una corriente eléctrica de placer que recorrió desde mis pies hasta mi cuello.

Puse los ojos en blanco. Algunos me llamarán exagerada, pero al pasar hambre, el cuerpo parece volverse en mi contra y juega a favor del enemigo ocasionándome reacciones involuntarias que me desfavorecen, y, sobre todo, me debilitan.

Cuando me digné a salir de mi trance mágico que produjo un simple bocado, noté a Lucía con la expresión caída y visualicé unas oscuras bolsas negras por debajo de sus ojos. ¿Cómo no la vi antes?

—¿Te encuentras bien? —a paso lento, me acerqué a ella y me arrodillé hasta quedar a su altura y así tener un mejor panorama de su estado. Al parecer y por lo que sospechaba, anduvo llorando antes de que llegara, y qué mejor que hacerlo en la cocina, lugar poco concurrido por las pocas personas que hospedamos el club social y cultural.

—Se va a ir a la mierda todo, lo sé —dijo en unas claras intenciones de exteriorizar todo aquello que estuvo destrozándola por dentro; los típicos pensamientos que te traicionan y terminan por consumir tu estado mental—. No suelo ser pesimista —se disculpó—, pero esas personas no parecieron dispuestas a sentarse en una mesa sin armas y discutir la paz.

Estiré mi mano y sujeté la suya con fuerza. Necesitaba mi apoyo más que nadie.

—¿La situación estaba mejor en Junín?

La pregunta fue en serio.

Sus ojos, cristalizados de arriba a abajo, me miraban atentamente, esperando una respuesta por mi parte.

—No, Lucía, para nada —negué con la cabeza y reafirmé mi agarre en su extremidad, esta vez tomando con mi mano vacante su antebrazo—. Junín está vacío. No hay vivos ni muertos. Seguramente lo sabes bastante bien.

Luego de eso, percibí como en vez de ayudarla a desatar el nudo que provocaba estragos en su interior, le cree otro más, sintiéndome la más tonta del planeta. Los recuerdos se plantaron en sus facciones. Reviví su pasado.

Por más que la haya incitado a alzar la barbilla y confrontar los problemas, a resolver los paradigmas y derrotar las inquietudes, terminó por dejarme a mí sola en la cocina, comiendo mi sánguche con culpa encima.

Lo siento, amiga, pero intenté hacerte sentir bien. Supongo que las palabras sonaban mejor en mi mente.

Al estar afuera de la cocina, después de haber apagado las luces asumiendo que nadie iría al estar tan oscuro afuera, me fijé en el reloj y eran las 2:45 de la madrugada. Con mucha razón la sede era un cementerio, ya que no había ni siquiera un ronquido que se oyera por parte de alguno de los chicos. Eso sí, seguramente podría escucharlo si me acercaba a la puerta de Rafael.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.