Nada comenzó con una intención desmedida. Comenzó con una ayuda, con una confianza ofrecida sin reservas y con la certeza — equivocada— de que todo estaba bajo control. A veces el deseo no irrumpe: espera. Se acomoda en los gestos, en la cercanía, en la exposición. Y cuando aparece, no pregunta si es oportuno. Esa noche no prometía nada. Pero dejó marcas.
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Editado: 12.03.2026