No me sale una palabra. La voz se me debilita, como si algo adentro hubiera decidido callarse. Silencio. Silencio. Busco el silencio y ahí empieza la noche. De esas que uno no quiere que terminen, aunque intuye que algo va a romperse. —Hola, Naty. Estoy abajo. —Hola, Dani. Ya bajamos. —Dale. No se demoren. La espera se estira. Todo se estira. El aire pesa distinto. —¿Te puedo pedir un favor? —Sí, decime. —Ponete la mayor cantidad de prendas posibles. —¿Para? —Para disfrutar el momento en que te quedes sin ellas. Silencio incómodo. No responde enseguida. Nunca responde enseguida cuando sabe que tiene el control. —Dani, somos amigos. —Amigos… —repito—. Amigos y algo más. Me mira como quien mide hasta dónde puede tensar una cuerda sin que se corte. —Te gusta insistir.
—Hoy insisto —digo—. Después existo. Cecilia observa. Calla. Aprende. Ella siempre entiende antes. —¿A dónde vamos? —pregunta. —No te dijo nada, ¿no? —le digo a Naty. —No. —Cómo te gusta hacerte la desentendida. Decido por los tres. Siempre alguien decide. El Faraón aparece como un testigo involuntario. No juzga. No interviene. Solo observa. Cecilia se esconde detrás de los asientos. Natalia está tensa. Yo me río por dentro. No de ellas. De la escena. De lo inevitable. Al encender la luz, algo se disipa. Un presentimiento. Pero ya es tarde. Creo el clima con precisión quirúrgica: música, luces, temperatura. El jacuzzi espera. El ambiente es perfecto… demasiado perfecto. Natalia se mueve mejor en el borde previo a la oscuridad. Ahí toma ventaja. Empiezo a desvestirme. Las noto distantes. No están sincronizadas. Algo no encaja. Natalia me mira. Solo me mira.
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Editado: 12.03.2026