En su mirada no hay deseo: hay cálculo. Propongo un juego. Cartas. Reglas simples. Excusas prolijas para cruzar límites sin nombrarlos. Me acerco. Apoyo la mano sobre su pierna. Subo lento. Mido. Mi boca roza donde no debería. La reacción es inmediata. La mirada me atraviesa como un cuchillo. Entiendo. Me alejo. La escena se ordena sola: Natalia domina. Cecilia cede. Pero la noche gira cuando Natalia se duerme. El aire cambia. Lo oscuro queda inerte. Cecilia ilumina la habitación sin saberlo. Sus ojos no piden permiso. —¿Qué hacés ahí? —No quería incomodar. —Hiciste bien en alejarte. Eso habla de vos. Me mira distinto. No como se mira un cuerpo. Como se mira una salida. —Tenés algo… —dice—. No sé qué es. —Tenés libertad de atraparme cuando quieras —respondo. Se sonroja. Baja la mirada.
—¿Te puedo dar un abrazo? —Claro. —¿Y un beso? —Podés. —¿Elijo dónde? —No. Eso lo elijo yo. No nos damos cuenta cuando Natalia despierta. Está sentada. Observando. La mirada es otra. No es celos. Es posesión herida. Para ella, lo que ve es traición. Para mí, es revelación. La noche se agota. La mañana cae como una sentencia. Cuando Natalia baja del auto, Cecilia no se queda. —¿No vas a bajar? —No, Naty. Me voy a casa. —Pero íbamos a desayunar juntas… —Estuviste para el culo —dice Cecilia sin temblar—. Dani se comportó como un caballero. Vos no. Natalia no entiende. Nunca entendió cuando ya era tarde. El desayuno con Cecilia es completo. Demasiado completo.
#6135 en Novela romántica
#644 en Detective
#520 en Novela negra
darkromance, drama amistad romance, drama amor celos intrigas mentiras
Editado: 12.03.2026