De Asesino A Asesino, Hay amor

CAPÍTULO 1 ¿Puedo amar con un corazón que no siente?

Todo comenzó en una tarde de tormenta.

No era una lluvia cualquiera. Era de esas tormentas que parecen anunciar que algo malo va a pasar. El cielo estaba tan negro que parecía de noche a las tres de la tarde. Tan bajo, que sentías que si estirabas la mano podías tocarlo. El viento soplaba tan fuerte que los árboles se doblaban y todo afuera se veía borroso, como si el mundo estuviera llorando y no pudiera parar.

Las gotas no caían, golpeaban. Golpeaban el pavimento con rabia, los techos de lámina de las casas, las ventanas del salón. Se escuchaba como si alguien estuviera aventando piedras contra los vidrios.

Afuera era un caos. La gente corría con bolsas en la cabeza, resbalando en los charcos. Los coches tocaban el claxon desesperados, algunos chocaban porque no veían nada. El agua se metía a las tiendas, a las casas. Se escuchaban gritos, ambulancias a lo lejos. Todo olía a tierra mojada y a angustia. Eran de esos días en los que sientes que la ciudad se va a acabar.

Pero dentro del salón 3-B, todo seguía igual, como si nada pasara. La maestra, una mujer de voz grave y seria, escribía en el viejo pizarrón que rechinaba con cada trazo. Nadie se atrevía a hablar. Solo se escuchaba el plumón y la lluvia.

En la tercera fila, junto a la ventana empañada, estaba ella.

Dieciséis años. Piel blanca, tan blanca que parecía que nunca le había dado el sol. Ojos rasgados de un color rosa extraño, como dos amatistas vacíos que siempre miraban hacia otro lado. Delgada, pequeña, siempre con la misma sudadera gris aunque hiciera calor. Con una personalidad un poco fuerte. La rara del salón. A quien le obsesionaba la perfección y el silencio.

En la escuela todos decían que era fría, que era creída, que no le importaba nada. Pero no era eso.

La verdad era más dolorosa: a ella le costaba sentir.

Cuando su equipo ganaba en educación física y todos gritaban de emoción, ella solo aplaudía porque los demás lo hacían, pero por dentro no sentía nada. Cuando en una película todos lloraban, ella se quedaba mirando la pantalla con un nudo en la garganta, preguntándose por qué a ella no le salían las lágrimas. Sentía un vacío. Un hueco enorme en el pecho que no sabía cómo llenar. No era que no quisiera querer, es que no sabía cómo se hacía.

Por eso dibujaba.

Dibujar era su única forma de sentir algo sin tener que sentirlo de verdad. Era como si prestara su corazón a otros para que sintiera por ella.

Y ese día, en su libreta de rayas, a todo color con plumones que ya casi no tenían tinta, había creado a dos personas.

Un hombre alto, de cabello negro y desordenado, con una katana negra en la espalda y una cicatriz en la ceja. Se veía peligroso, de esos que matan sin pestañear. Y a su lado, una mujer. Hermosa, pero con una mirada tan fría como la suya. Llevaba una katana igual, pero con un listón rojo atado en la empuñadura. Se tomaban de la mano con fuerza, pero entre ellos, en el suelo, había dibujado un charco de sangre.

En su cabeza ya les había inventado toda una vida. Eran los dos mejores asesinos del mundo. Trabajaban para agencias enemigas. Su trabajo era matarse entre ellos, pero el día que se encontraron en una azotea, bajo la lluvia, no pudieron hacerlo. Algo les tembló en el pecho. Algo que ninguno de los dos había sentido nunca. Algo que les daba miedo.

Eran como ella. Tenían el corazón apagado.

Se mordió el labio, concentrada. Tomó el plumón negro y, con letra pequeña y temblorosa en una esquina de la hoja, escribió una frase que llevaba días rondando su cabeza. Una frase que no era para la tarea, era para ella:

_“¿Puedo amar con un corazón que no siente?”_

Se quedó mirando esa frase por mucho tiempo. La releyó una, dos, tres veces. Y por primera vez en sus dieciséis años, sintió algo parecido a un dolor en el pecho. Como si esa pregunta la hubiera escrito su yo del futuro. Como si ya supiera que algún día tendría que hacerse esa misma pregunta, pero no con dibujos, sino con sangre real en sus manos.

Se sintió tonta. Cerró la libreta de golpe.

...tenía una pequeña obsesión con escuchar casos de asesinos seriales y aquellos que hacían las peores cosas. Sin embargo, le llamó bastante la atención el pensar en la posibilidad del amor. Si bien sabía que aquellos seres dejaban de ser humanos al no sentir remordimiento, incluso no temían asesinar a su propia familia...

¿entonces realmente nunca podrá alguien poseerlos y destruir el mundo juntos?

Levantó la vista a la ventana. La lluvia seguía cayendo, ahora más lenta, más triste, como si también estuviera cansada. Todo estaba gris. Todo estaba solo.

Apoyó su frente contra el vidrio frío y susurró, con una voz tan bajita que solo ella se escuchó:

“Hoy sí que hace mal clima...”

Y en ese exacto segundo, como si la tormenta la hubiera escuchado y le quisiera contestar, su celular, que estaba en silencio dentro de su mochila, vibró.

No fue una vibración normal. Fue fuerte, seca, larga. Tanto que hizo que su mesa de madera retumbara y que los treinta alumnos del salón, incluida la maestra, voltearon a verla al mismo tiempo.



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En el texto hay: lenguaje adulto, violencia, romance oscuro

Editado: 19.09.2026

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