La clase de Español nos quitó unos minutos del descanso. No puedo quejarme, al menos los pasillos no estarán tan llenos cuando salga, eso ya es ganancia. Siento mi garganta seca, busco mi botella de agua pero no encuentro nada. Carajo, ya decía yo porqué sentía que había olvidado algo. Al parecer el cerebro es tan bueno para decirte que olvidaste algo, pero es tan cruel como para decirte el qué.
No quiero hacerlo, aunque me veo en la necesidad de comprar algo de tomar, maldigo a mi cerebro inútil, justo cuando pensé que inicié bien el día me viene con esto. Me dirijo a la cafetería rezando a que no haya mucha gente. No es la más grande de las cafeterías, aun así hay un ambiente bullicioso. Pensándolo bien, no tanto como creía, igual no pienso en renunciar en la tranquilidad de la biblioteca. Voy al área de la comida, tomo una botella de agua, la más barata, y la pago.
—¿Así que decidiste cambiar de opinión?—La voz de Iker me sorprende. Doy la vuelta para comprobar que realmente sea él, si algo sé, es que ya no puedo confiar tanto en mi cerebro. Mi bola de grasa y agua no me falló esta vez, lleva un poco de dinero en efectivo en su mano.
—Solo vine por algo de tomar y-
Antes de que pudiera decir algo más, Iker ya me está guiando hacia su mesa, quiero ceder, pero mis piernas me ignoran. Está situada en el lado de la pared, no es precisamente la zona donde mucha gente venga a comer. No es un mal lugar.
En la mesa están sentados un chico y una chica. Me examinan sin decir nada. Siento mi respiración pesada, esto no me agrada para nada.
—Chicos, él es Alex—dice con su tono energético habitual—. Alex, ella es Abril—señala a una chica morena quien me dedica una sonrisa. Su blusa ajustada revela el relieve de su cintura—. Y él es Santiago—es moreno, de cabello corto rizado.
—Mucho gusto—dicen al unísono.
Iker hace un gesto hacia la silla libre, está a lado de Abril. Tomo asiento. Mis manos empiezan a sudar por lo que las froto en mis pantalones. ¿Por qué no me negué desde un inicio? Ojalá lo supiera.
¿Y ahora qué sigue? Los demás están teniendo una conversación animada, de no sé qué tema, ¿debería de prestar atención? Si soy nuevo con ellos ¿o les incomodaría? Acaricio las yemas de mis dedos. La idea de tener sed, de repente, no sonaba tan mal. Pienso en una excusa creíble para irme de aquí, no se me viene ninguna en mente.
Miro alrededor para simular que hago algo. Abril tiene las manos manchadas de tinta azul, dibuja un planeta sobre una servilleta. Los trazos los hace con delicadeza, pero con mano firme. No me sorprendería si fuera capaz de dibujar con los ojos cerrados.
—¿Qué les parece?—dice una vez termina. El planeta esta adornado por un anillo y, al rededor, hay puntos que simulan ser constelaciones. Siento la necesidad de ir a un planetario.
—¿Y el cuaderno me lo imagino?—dice Santiago con una pizca de burla—Quedó increíble, Aps.
—Se canso de que le fuera infiel con otros cuadernos y servilletas.
—Entonces tu cuaderno se perdió de otra obra de arte—. Parece que a Iker le gusta desafiar la gravedad al balancearse con la silla.
—¿Tú qué opinas?—Abril voltea hacia mí. Me quedo callado por un par de segundos.
—Esta bonito—. Fue lo primero que se ocurrió decir. ¿Ya la cagué, verdad?, ¿o estuvo bien?
—Gracias, chicos—una sonrisa cálida se hace presente en su rostro.
Rasco con suavidad las yemas. Ya estoy aquí, supongo que, lo menos que puedo hacer, es intentar iniciar una conversación. Me preparo mentalmente.
—¿Te gusta la astronomía?—Abril se me queda viendo. No tardo en darme cuenta de mi error. De verdad que soy bien idiota, por algo dibujó un planeta.
—¡La amo!—Sus ojos brillan como si tuviera algunas estrellas en su interior—Solo buscaba ideas de dibujo y me parecieron bonitas las del espacio, las empecé a dibujar seguido al punto que me empezó a gustar. ¿Y qué hay de ti?
—Igual, es interesante.
Se hace un silencio. Abril vuelve su mirada hacia la servilleta, Santiago e Iker no dicen más. Yo tampoco. Observo el borde desgastado de la mesa, ahora ya no sé qué decir o hacer.
—Hablando de eso,—un pequeño golpe se hizo presente cuando las patas delanteras, de la silla de Iker, volvieron a tocar el suelo—creo que habrá una Luna llena mañana. ¿Qué dicen si vamos? Sería viernes y, también, es una buena forma de descansar.
—¡Me encanta!—Abril se acomoda su cabello ondulado, deja ver rastros de tinta en su rostro.
—Depende, ¿si habrá comida o neh?—inquiere Santiago.
—Si mañana amanezco con ganas de alimentar hambreados,—Iker hace una pequeña pausa para recuperar el aliento—les invitaré algo de comer a los tres.
—Mientras no termine como la otra vez.
—¿Qué pasó?—No pude controlar mi lengua. Siento una oleada de calor repentino y mi corazón latir más fuerte. Me mudaré a otra ciudad lejos de aquí o me coseré la boca después de esto.
—Es una advertencia para que no vayas con Iker a una tiendita—dice Santiago entre risas.
—No fue mi culpa... Quizás un poco. Nada del otro mundo—Iker estira sus brazos—. No fue mi culpa que una cucaracha viera divertido treparse en mi pie,—un pequeño escalofrío recorre su espalda—y tampoco me culpen por haber tenido un jugo en botella de vidrio en ese momento.
No fue tan malo como pensé, aun así, preferiría no haber preguntado desde un inicio.
—No sé qué se decir—fue lo único que pude articular cuando sus miradas cayeron en mí.
—Tranquilo—dice Iker—yo tampoco supe en qué pensar esa vez. Me reí de los nervios y terminó peor.
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Lo prometido es deuda. Dani y yo nos fugamos a mi habitación a comer. Juro haber visto una pequeña sonrisa en mamá al enterarse que no la molestaremos en la hora de la comida. No sé qué pensar al respecto.
Dani me ofrece el aguacate que tiene su plato, lo acepto porque no soy tan cruel como para obligarlo a comer algo que no le gusta. Ninguno habla, solo se oye el sonido de los cubiertos y de cada bocado.