El desfiladero de la Grava huele a piedra caliente y a la promesa de sangre.
Estoy agazapada entre los huesos de una torre que el mundo viejo dejó caer aquí, en tiempos que ya nadie sabe contar: una costilla de hierro rojo, retorcida, comida por el óxido hasta confundirse con el cañón. Apoyo el hombro en ella. Llevo quieta desde el mediodía, tan parte del metal que dos cuervos se han posado y han vuelto a marcharse sin verme. Mis piernas dejaron de quejarse hace horas. Aprendí muy pronto que la paciencia es la única virtud que le queda a quien roba para comer.
Abajo, en el fondo del paso, el convoy avanza.
Cuento los carros sin despegar los labios. Cuatro de carga, tirados por bueyes de estepa; ocho jinetes repartidos con el nerviosismo de quien teme perder lo que lleva. La última luz se muere sobre las lonas y las tiñe de ese azul enfermo del final del día, el color que el cielo se reserva para el ocaso, como si cada noche recordara de qué está hecho. Mejor. La penumbra es amiga mía. La penumbra y el hambre.
—Los bueyes clavan las pezuñas —murmura Krev a mi lado. Huele a cuero viejo y a la grasa con que unta la ballesta—. Van reventados. Eso no es grano, capitana.
No. No es grano.
Es lázuli. Lo sé por el segundo carro, el que va más despacio, el que lleva escolta doble y una caja del tamaño de un ataúd de niño encadenada a la madera. Una esquirla en bruto, tan grande que ni el rey se atreve a meterla por un portal: las puertas escupen la piedra sin pulir, y a quien viaje con ella, en mil pedazos. Así que el tributo del sur viaja a lomo de buey. Por caminos. Por mi camino.
Alguien en Vaelgar dormirá peor esta noche.
Distingo al canalizador antes de verle la cara: cabalga pegado a la caja y, aun a esta distancia y con esta luz, se le adivinan las venas. Le trepan por el cuello y la mandíbula como ríos dibujados con tinta azul bajo la piel, y una de ellas le cruza media mejilla. Un Ardiente. De los que han quemado ya tanto de sí mismos que brillan un poco en la oscuridad, y a los que la gente se aparta al pasar sin saber si por miedo o por reverencia. Da igual cuál de las dos. Si algo sale mal, será él quien nos mate a todos.
Tenso el arco. La madera cruje, familiar, contra mi mejilla.
—A mi flecha —digo, y la palabra corre por la ladera de boca en boca, de sombra en sombra. Nueve somos. Nueve contra dieciséis, pero ellos no saben que estamos aquí, y eso, en mi oficio, vale por diez espadas.
Respiro. El mundo se estrecha hasta la punta de hierro y el hueco blando entre el hombro y el cuello del Ardiente.
Y sí, aquí es donde debería doler. Aquí es donde, si yo fuera como Krev, como cualquiera de los que contienen el aliento ladera arriba, tendría que apretar una piedra en el puño y sentir cómo me bebe las fuerzas a cambio de prestármelas un instante. Pero yo no llevo piedra. Nunca la he llevado. Lo que arde, arde dentro de mí, siempre, como una brasa que ningún invierno apaga, y me basta con dejarla respirar un segundo para que el mundo se vuelva lento y nítido y mío.
La brasa se abre. El aire se espesa. Suelto.
La flecha cruza el desfiladero como una plegaria mala y encuentra su hueco. El Ardiente se dobla sobre el cuello del caballo sin un grito, y su luz azul se apaga igual que se apaga una vela cuando cierras la puerta.
Entonces la ladera entera se echa a gritar.
Caen mis flechas y las de Sarn desde el otro flanco. Estará silbando bajito entre tiro y tiro: Sarn silba cuando acierta igual que otros rezan. Caen los jinetes; los bueyes berrean y embisten, y todo es polvo y hierro y el chillido de las ruedas. Salto de mi torre muerta con el cuchillo ya en la izquierda y el arco en la derecha y me lanzo cuesta abajo. Dos guardias se vuelven hacia mí. Uno se lleva mi flecha en el muslo antes de dar el segundo paso. El otro me reconoce —lo veo en sus ojos, veo cómo se le rompe algo por dentro, cómo abre la boca para gritar un nombre de los que corren por las tabernas del sur—, y no le dejo terminarlo.
Va bien. Va demasiado bien. La caja está a treinta pasos. Ya huelo la plata que valdrá, el invierno entero que dará de comer al pueblo que me esconde, y estoy sonriendo como una idiota bajo el pañuelo cuando lo veo.
Un hombre.
Se ha bajado del último carro sin prisa, como quien se apea a la puerta de su casa, y camina hacia el centro de la matanza con las manos todavía vacías. Krev le sale al paso —Krev, que ha partido más cráneos que años tengo yo— y el hombre le arranca la ballesta de las manos con un gesto casi amable y lo tumba de un golpe que no llego a ver. No lo mata. Es peor: no le hace falta.
Después sí saca acero. Dos hojas cortas, una en cada mano, y se mueve.
He visto pelear a mucha gente. He visto a Ardientes abrir a un hombre en dos con una piedra apretada hasta sangrar en el puño. Esto no es eso. Esto es un cuerpo haciendo lo que ningún cuerpo debería: demasiado rápido, demasiado seguro, esquivando flechas que aún no han salido, apareciendo donde no estaba. Tam le tira una lanzada y él la desvía y le rompe el brazo con el canto de la mano, y el aullido de Tam me atraviesa como si fuera mío.
—¡Vaelia! —grita Krev desde el suelo, escupiendo tierra—. ¡Vaelia, la caja, deja la caja!
Pero yo ya no miro la caja.
Porque llevo veintitrés años buscando en cada rostro una señal de que no estoy sola, de que existe alguien más en este mundo roto hecho de mi misma materia imposible. Y ese hombre pelea como peleo yo cuando dejo respirar la brasa. Sin piedra. Sin esfuerzo.
Y su piel está limpia. Ni una vena azul. Ni una marca. Nada.
Suelto el arco.
Lo alcanzo entre dos carros volcados, donde el polvo lo tapa todo, y le tiro un tajo a la garganta que habría acabado con cualquiera. Lo detiene con una hoja a un dedo de su cuello y, por primera vez —lo juro, lo veo—, algo en su cara se detiene también. Me mira. De verdad me mira, como si yo fuera lo primero real que ve en toda la noche.