Llevo seis días caminando junto a lo que he venido a destruir, y cada noche me cuesta más no hacerlo antes de tiempo.
Va en el segundo carro, encadenada como una fiera: una esquirla en bruto del tamaño de un ataúd pequeño, y aunque la madera y tres vueltas de cadena me la tapan, la siento igual. Siempre la siento. Es lo que soy y es lo que odio, y las dos cosas tiran de mí como el mismo anzuelo clavado en distinto sitio.
Aprieto los dientes y sigo caminando junto a la rueda, con la capucha calada y las manos donde un carretero honrado tendría las suyas. Nadie mira dos veces a un espadachín de alquiler más de los muchos que la corona compra para estas rutas. Eso es lo bueno de ser nadie: te dejan acercarte.
Mi gente tiene un rezo para esto. El cielo cae sobre quien lo adora. Lo aprendí antes que a andar, en un poblado de piedra gris donde a los niños se les enseña que la estrella que partió el mundo no fue un don sino un castigo, y que cada esquirla que arrancan de la tierra es una astilla de una herida que se niega a cerrar. Quemé la mitad de mi vida creyéndolo. Sigo creyéndolo. Por eso estoy aquí. No vuelvas, Bren, hasta que no quede ni una astilla, me dijo el que me crió antes de mandarme al sur. Y pienso volver.
Lo que no sabe mi gente —lo que no puede saber nunca— es que la herida que odio también me corre por las venas. Que yo ardo por dentro igual que arde el rey en su trono de Vaelgar. Que soy, en carne y hueso, la misma maldición que he jurado borrar del mundo.
Si lo supieran, me quemarían a mí primero.
Cabalga junto a la caja un Ardiente con la cara escrita en azul. Lo vigilo de reojo desde hace días. Él es el problema: mientras respire, no hay forma de tocar la piedra sin que me parta en dos. Así que espero. Rezo. Cuento los pasos que faltan para el desfiladero de la Grava, donde el camino se hunde entre paredes y la fila tiene que romperse, y me digo, como cada noche, que esta vez lo hago.
Y entonces, antes de que yo mueva un dedo, el Ardiente se muere.
Una flecha. Del filo de la ladera, de un sitio imposible, con una luz detrás que no debería existir. El canalizador se dobla sobre el cuello del caballo sin un grito y su marca azul se apaga de golpe, y yo me quedo mirando esa flecha clavada como quien ve al destino cambiar de bando delante de sus narices.
No he sido yo. Alguien acaba de matarme el único obstáculo por mí.
La ladera revienta en gritos. Bandidos. Caen del cerro como piedras sueltas y en un instante el convoy es polvo y hierro y bueyes enloquecidos, y yo —que llevo seis días esperando este caos— echo a correr hacia la caja.
Saco las hojas. No me gusta matar a gente que solo tiene hambre; estos ladrones y yo, si el mundo fuera justo, estaríamos del mismo lado. Pero se cruzan entre la piedra y yo, y no me sobra el tiempo, y la disciplina de quince años se me impone en las manos antes que la conciencia. Un hombre corpulento me sale al paso con una ballesta. Se la quito y lo tumbo sin matarlo, más por costumbre que por piedad. Otro. Otro. Dejo de contar. Dejo respirar la brasa —solo un poco, lo justo para moverme más rápido de lo que un cuerpo debería— y el mundo se vuelve lento, y me abro paso hacia el carro como un cuchillo por el agua.
Estoy a diez pasos de terminar con esto para siempre.
Y algo me corta el camino.
Un tajo a la garganta, rapidísimo, de los que no ves venir. Lo paro por instinto, acero contra acero, y levanto la vista esperando otro bandido más al que apartar de en medio.
No es otro bandido más.
Es una mujer con un pañuelo cubriéndole media cara y los ojos ardiendo por encima de la tela, y se mueve dentro de mi instante lento conmigo. A mi paso. En el sitio donde el tiempo se arrodilla y donde yo, siempre, siempre, he estado solo.
Sin piedra en las manos.
Sin una sola vena azul en la piel.
El mundo entero se me para en el pecho. Veinticinco años creyéndome el único monstruo de mi especie, la única grieta imposible en un mundo de gente que paga su magia con la cara y el cuerpo, y aquí está, empujando su hoja contra la mía, ardiendo por dentro exactamente igual que yo.
—Tú tampoco ardes —digo. La voz me sale rota. No la reconozco.
No es una pregunta. Es lo más parecido a un rezo que he dicho en años.
Ella abre la boca. Y no llega a hablar.
Porque el suelo tiembla, y sobre el filo del desfiladero se enciende una luz azul del tamaño de una hoguera con forma de hombre, y detrás, coronando la cresta, los estandartes de Vaelgar y una columna que no termina.
No vienen ocho jinetes. Vienen cientos.
Y lo entiendo todo de golpe, con el asco frío del que ve la trampa justo cuando ya la ha pisado: la esquirla nunca iba a Vaelgar. La esquirla era el cebo. Alguien sabía que vendrían a por ella —mi gente, estos bandidos, quién sabe cuántos más— y montó este convoy para que corriéramos todos a la boca del lazo a la vez.
Un Faro baja por la ladera envuelto en su propia luz, y con él baja el final de todo el que siga aquí abajo cuando llegue.
Miro la caja. Diez pasos. Mi misión, la razón por la que existo, a diez pasos de mi mano.
Miro a la mujer que arde como yo. La única prueba, en toda mi vida, de que no estoy solo.
Y por primera vez desde que tengo memoria, no sé cuál de las dos voy a elegir.