De ceniza y fulgor

Capítulo 3 - Los huesos del mundo viejo

Cuento. Es lo que hago cuando el mundo se acaba: contar.

Doscientos jinetes, puede que más, derramándose por la cresta como tinta volcada. Seis salidas tiene el desfiladero; cuatro ya están cortadas. Un Faro bajando la ladera con la calma de quien no ha tenido que darse prisa en toda su vida.

Y los míos ahí abajo, entre los carros, mirándome a mí.

—¡A los huesos! —grito, y el eco me devuelve la orden que ningún capitán quiere dar: dispersión, cada rata a su grieta.

Krev escupe tierra y se levanta a medias.

—Capitana…

—Tam no puede correr solo. Llévatelo. —Y como duda—: ¡Es una orden, Krev!

Se lo lleva. Los demás ya se deshacen entre las rocas como se deshace la sal en el agua; para eso somos bandidos: nadie conoce estas piedras mejor que quien duerme en ellas. Van a conseguirlo. Casi todos. Me lo repito dos veces para creérmelo.

El Faro llega al fondo del paso y hasta sus propios soldados le abren un pasillo, como si diera miedo rozarlo. De cerca es peor que de lejos: una persona —si todavía es eso— con la piel más azul que piel, y una luz debajo, constante, la luz de quien lleva años quemando vida como se quema leña mojada: sin pena.

Sarn y los suyos trepan por el flanco este. El Faro los mira. Levanta una mano, casi con pereza.

Y la ladera se mueve.

No estalla: se mueve, una ola dentro de la roca, como si la montaña fuera agua y alguien hubiera tirado una piedra. La ola alcanza la cornisa por la que trepaba Sarn y la cornisa deja de existir. El polvo lo traga todo. No sé si ha saltado a tiempo. No lo sé, no tengo tiempo de saberlo, y hay una parte de mí —la que cuenta— que archiva el dato con frialdad de usurera: ese gesto le ha costado semanas de vida. Y le ha dado exactamente igual.

Eso es un Faro. Eso es lo que media Kaia venera de rodillas.

Los virotes empiezan a caer a nuestro alrededor, y digo “nuestro” porque el hombre de los ojos de tormenta sigue aquí, a tres pasos, en el centro exacto de la trampa. Y no corre.

Peor: da un paso hacia la caja.

Hacia la caja. Hacia el ataúd encadenado del rey, con doscientos jinetes cerrándose y un semidiós de luz azul cruzando el valle. Lo agarro de la muñeca y tiro con todo lo que tengo, que contra él no es nada.

—¿Estás loco? ¡No hay botín en toda Kaia que valga esto!

Me mira, y por un instante hay algo en su cara que no entiendo. No es codicia. Se parece más al dolor de quien entierra algo vivo.

—No es botín —dice.

Un virote le pasa a un dedo de la sien y se clava en la madera del carro. Eso decide por él. Suelta la caja con los ojos —la suelta como se suelta una mano en un funeral— y echa a correr conmigo.

Y correr con él es… No tengo la palabra. Llevo la vida entera frenándome para que los demás puedan seguirme. Abro la brasa, el mundo se vuelve lento y nítido y mío, y él está ahí, zancada por zancada, dentro de mi instante, esquivando lo que yo esquivo, girando donde yo giro. Recojo mi arco del polvo sin dejar de correr. Los bueyes, enloquecidos, embisten contra la línea de jinetes, y nos pegamos a la estampida para que el caos nos preste su tamaño.

Un virote que no llego a ver. Él sí: su mano me cierra sobre el hombro y me arranca del sitio medio latido antes de que el hierro ocupe el aire donde estaba mi cuello. No me da tiempo ni a odiarle el gesto.

Dos jinetes nos cortan el recodo sur. No llego a preocuparme: pasa entre los dos como pasa el frío por una rendija, y cuando miro atrás los caballos ya no llevan a nadie. No los ha matado. Empiezo a sospechar que no matar es su manera de presumir.

—¡Aquí!

Detrás del pliegue de roca, donde la pared parece entera y no lo está, aparto la cortina de raíces con el hombro.

Los huesos del mundo viejo.

Una boca cuadrada, de piedra gris que no es piedra, hundida en la ladera: un túnel de los de antes, de cuando la gente de las leyendas movía el agua por dentro de la tierra. Los bandidos conocemos estos huesos. Dormimos en ellos, escondemos en ellos, rezamos en ellos cuando no queda otra. Este lo cerró un derrumbe hace dos veranos: una losa que cuatro hombres con palancas no lograron ni inclinar.

—Ábrelo.

No pregunta. Mete los dedos en la juntura, apoya el hombro, empuja — y por primera vez en toda la noche, algo le cuesta. Los tendones del cuello se le marcan como cuerdas de arco a punto de romperse, el aliento se le quiebra entre los dientes, y durante un latido larguísimo la piedra no cede. Luego la losa que humilló a cuatro hombres se alza con un gemido de piedra vieja, y él se queda debajo, sosteniéndola sobre el hombro, temblando. Lo archivo en la lista de cosas imposibles que lleva haciendo desde el crepúsculo, con una nota nueva al pie: puede hacerlas, pero las paga.

Miro atrás una última vez antes de agacharme.

Los soldados hormiguean ya sobre los carros. Vuelven a encadenar la caja, la cubren, la rodean: el tesoro vuelve a casa. Y el Faro, quieto en mitad del valle, entre todo ese polvo, no mira la caja.

Mira hacia aquí.

Hacia esta grieta exacta, hacia esta sombra exacta, desde demasiado lejos para poder vernos. Me digo que es casualidad. Me lo digo dos veces, como lo de Sarn, y me lo creo igual de poco.

Y él, con media montaña mordiéndole el hombro y el cuerpo pagando cada segundo de espera, no mira el agujero por el que cabe la vida. Mira la caja. Y entonces lo oigo. Bajito. En un tono que no es para mí, gastado como se gastan las cosas que se repiten desde niño:

—El cielo cae sobre quien lo adora.

Se me hiela algo que ni el Faro había conseguido helar.

Conozco esas palabras. Todo el mundo las conoce. Son de los que maldicen la estrella —los del cielo roto, los llaman en las tabernas—, los que predican que el lázuli es la herida y no el don, los que no roban esquirlas: las destruyen. Y no les tiembla la mano con la gente marcada. Con los que canalizan.




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