Lo primero que vuelve es el temblor.
Me sube por los brazos como agua sucia y me llena las manos. Aprieto los puños por costumbre, aunque aquí no hay luz que pueda delatarme: la oscuridad de este sitio es total, antigua, de las que pesan. Respiro despacio, por la cuenta de siete, como me enseñaron. El miedo se administra. El dolor se administra. Todo lo que uno lleva dentro se administra, o te administra a ti.
La brasa no quiere dormirse. La he dejado respirar demasiado esta noche —la pelea, la carrera, la losa— y ahora es un fuego al que le han pateado los troncos: removido, alto, buscando aire. Recito la letanía en silencio. El cielo cae sobre quien lo adora. La ceniza no arde dos veces. Funciona a medias. Siempre funciona a medias. Los que me la enseñaron no tuvieron que rezar nunca contra su propia sangre.
Y debajo del temblor, más honda, la otra herida: la esquirla se aleja. La siento como se siente un diente arrancado, un hueco con la forma exacta de lo que falta, tirando hacia el norte. Camino de Vaelgar. Envuelta en cadenas, en lonas, en un ejército. Seis días caminando a su lado, midiendo guardias, contando pasos, y la trampa me la ha quitado de las manos en una sola hora.
He fallado.
Dos palabras que pesan más que la losa. El que me crió me despidió con una orden y una bendición, y las dos eran la misma frase: no vuelvas hasta que no quede ni una astilla. No puedo volver. Puede que no pueda volver nunca. Mastico eso a oscuras, despacio, como se mastica el vidrio.
La mujer respira a tres pasos. No ha enfundado el cuchillo; lo sé por cómo se mueve, por el cuidado con que no hace ruido. Bien. Yo tampoco lo enfundaría.
Lo extraño es el silencio. Una esquirla del tamaño de un puño me despierta a través de un muro; el ataúd del rey me ha estado royendo los huesos seis días con sus noches. Ella, que arde como yo, no me suena a nada. Ni un eco. Ni una llamada. Sea lo que sea lo que llevamos dentro, no se busca. La reconocí con los ojos, con el acero, con la manera en que el tiempo se arrodilló para los dos a la vez — no con esto que me habita. No sé por qué esa idea me alivia y me duele en el mismo sitio.
—El cielo cae sobre quien lo adora —dice la oscuridad.
Mi plegaria. Mi infancia entera, devuelta en la boca de una ladrona con el filo bien afilado. Así que lo oyó.
—¿Cuántos? —sigue, y la voz da un paso hacia mí—. ¿A cuántos marcados ha quemado tu gente?
—No lo sé. —Es la verdad, y suena a confesión.
—Tu dios nos quiere ver arder. A los dos. —Una pausa del grosor de un cuchillo—. ¿Lo sabe tu dios, guerrero? ¿Sabe lo que eres?
Veinticinco años esquivando esa pregunta, y viene a alcanzarme bajo tierra, a oscuras, en la voz de la única persona con derecho a hacerla.
—Nadie lo sabe —digo—. Nadie vivo.
La oigo moverse. No hacia mí: hacia la pared. Palpa las piedras con método, como quien conoce el orden de las cosas, y algo raspa, y un hueco se abre, y de pronto hay un chasquido de pedernal y una luz pequeña y amarilla se hace sitio en medio de toda esta noche vieja. Un cabo de vela. Un escondrijo: yesca, un odre, carne seca envuelta en tela. Los suyos guardan despensas en los huesos del mundo viejo.
Se ha bajado el pañuelo. La miro a la cara por primera vez sin acero de por medio.
No es la cara lo que me detiene. Es que sostiene la mirada como quien lleva la vida entera esperando que alguien la reconozca, y odiándose por esperarlo. Sé exactamente cómo se hace esa cara. Me la he puesto cada mañana durante veinticinco años.
—Vaelia —digo.
Se queda muy quieta. La mano del cuchillo, quietísima.
—El grandullón de la ballesta lo gastó a gritos —explico—. Media batalla lo oyó.
No contesta enseguida. En mi tierra los nombres se guardan como el grano: se dan pesados, no se prestan nunca. Por cómo aprieta la mandíbula, en la suya también.
Vaelia. Suena a la ciudad del rey. A campanas de la capital. Un nombre extraño para una ladrona de caminos, y lo guardo con todo lo demás, en el sitio donde guardo lo que aún no entiendo.
—Bren —ofrezco, porque las deudas se pagan.
—¿Solo Bren?
—Solo Bren.
La vela tiembla entre los dos. Ella se sienta sobre los talones, fuera de mi alcance, el cuchillo cruzado sobre las rodillas, y me estudia como se estudia un puente podrido: calculando cuánto peso aguanto antes de partirme.
—¿Qué somos? —pregunta al fin. Bajito. Como si la pregunta también llevara veintitrés años guardada.
—No lo sé.
—¿Eso también es verdad?
—Últimamente no digo otra cosa.
Y como no me cree, o justo porque no me cree, le doy lo único que tengo:
—Los marcados llevan la cuenta en la piel. Cada vena azul es un pago apuntado: saben lo que han gastado, calculan lo que les queda, deciden si el próximo fuego vale su precio. Nosotros no. Nosotros pagamos a ciegas. Puede que me queden cincuenta años. Puede que me esté muriendo ahora mismo, delante de esta vela. Nadie ha escrito el libro donde eso se explique. —Me miro las manos; ya casi no tiemblan. El hambre llegará luego; siempre llega, feroz, cuando la brasa ha comido—. Llevo la vida entera buscándolo.
Ella no dice nada. Pero baja el cuchillo dos dedos, y en su idioma eso debe de ser un discurso.
Me cuenta lo que necesito sin que se lo pida: el túnel sigue el agua muerta hacia el este —media noche a pie— y sale por la boca de un arroyo seco, lejos de los caminos. Al alba, cada uno por su lado. Lo dice mirando la llama, y dos veces se le escapa la vista hacia el fondo oscuro del pasadizo, hacia el peso de los que dejó arriba. Cuenta a los suyos igual que yo cuento mis culpas: moviendo los labios, sin ruido.
Al alba, cada uno por su lado. Es lo sensato. Es lo limpio.
Y mientras la vela se come su cera, hago lo que mejor sé hacer: darle vueltas a la piedra. La esquirla llega a Vaelgar en veinte días, quizá menos si el rey le abre a su ejército la puerta grande. Y detrás de esas murallas, en el corazón de la corona, donde cada portal, cada moneda y cada guardia le pertenecen, se acabó: nadie entra en Vaelgar sin que la corona lo quiera dentro.