Lo miro el tiempo que tarda la vela en escupir dos gotas de cera.
—Hay maneras más baratas de morirse —digo al fin—. Si tienes prisa, te mato yo aquí mismo. Gratis.
No sonríe. Empiezo a sospechar que no sabe.
—Vaelgar no es una ciudad, Solo Bren. Es una trampa con templos. Cada portal del reino pasa por sus llaves, cada moneda lleva la cara del que las acuña, y hasta los mendigos cobran por contar quién entra. Ya conoces el dicho: nadie entra en Vaelgar sin que la corona lo quiera dentro.
—Lo sé.
—¿Y aun así?
—Aun así.
Me echo atrás contra la piedra fría y hago lo que hago siempre: contar. Cuento lo que lleva encima. Dos hojas buenas y gastadas, botas de siete inviernos, ni un anillo, ni una hebilla de plata, ni el bulto de una bolsa en el cinto. Cuento lo que vale. Esta noche lo he visto desarmar a Krev con dos dedos, romperle el brazo a Tam sin querer del todo, vaciar dos sillas de montar sin matar a nadie y levantar la puerta de una montaña.
Cuento lo que me ofrece: nada. Todavía.
—Los milagros se pagan —digo—. ¿Qué llevas, Solo Bren? ¿Plata?
Silencio.
—Ya me parecía.
La vela chisporrotea. Y entonces junto las piezas que llevan toda la noche pidiéndomelo: un hombre infiltrado seis días en un convoy de la corona, que camina hacia el ataúd encadenado cuando el mundo entero corre en dirección contraria, y que ahora necesita entrar justo donde ese ataúd va a dormir.
—Vas a por la esquirla del rey.
No lo niega. Tampoco lo afirma. Se queda quieto de esa manera suya, como una puerta que no sabes si está cerrada con llave.
Me río. De verdad. Me sale del pecho, corta y ronca, y rebota por el túnel como una moneda tirada a un pozo.
—Robarle al rey su estrella. —Muevo la cabeza—. Estás loco. Me gusta la locura cara: es la única que paga inviernos.
Hago números sin querer, deprisa, con la avaricia fría que me enseñó el hambre: una esquirla de ese tamaño no se vende entera; no hay comprador en toda Kaia, ni bolsillo, ni agallas. Habría que partirla y colocarla en pedazos, despacio, en tres reinos distintos.
—Habría que partirla para venderla —digo en voz alta.
—Partirla no será problema.
Lo dice sin parpadear, con una seguridad tan tranquila que la archivo como arrogancia. Todos los hombres buenos con la espada se creen buenos con todo lo demás.
Y aquí está la pregunta, claro. La que me mira desde el fondo del túnel con los ojos de su dios. Su gente no roba esquirlas: las rompe. Lo lógico sería escupírsela a la cara — ¿robarla o romperla, guerrero? — y ver cuál de sus silencios me toca.
No la hago.
Porque si la respuesta es la mala, no hay mitad que valga, no hay invierno pagado, no hay grano en el pueblo que me esconde. Y el hambre de los míos no se paga con respuestas. Decido creerme la versión que alimenta. Sé exactamente lo que estoy haciendo mientras lo hago, que es la manera más vieja de mentirse.
—Mis condiciones —digo, y levanto un dedo—. Primero, la Muela. Dos días al este. Es donde mi gente se junta cuando el mundo se rompe, y no doy un paso hacia el norte sin contar a mis vivos. Si tengo muertos, los lloro. Después hablamos de reyes.
Asiente. Segundo dedo.
—Tu acero es mío hasta las murallas. De aquí a Vaelgar hay peajes que cobrar, y esta noche la corona me ha costado una fortuna. Trabajarás.
—No mato por plata.
—Ya lo he visto. No te pido que mates: te pido que asustes. Se te da de miedo. —Tercer dedo, y este lo acerco un poco más a su cara—. Y la última. Puedes callarte lo que quieras, Solo Bren. Los silencios son gratis y todos cargamos los nuestros. Pero si me mientes, una sola vez, una sola palabra torcida, te dejo tirado donde estés. O algo peor. ¿Entendido?
Tarda un latido de más en contestar.
—Hecho —dice.
Lo archivo también, ese latido. Los hombres honestos tardan en prometer, me digo. Es la lectura amable. Elijo lecturas amables esta noche; ya me cobraré el error si lo es.
Escupo en la palma y se la tiendo. Si le da asco, se lo guarda. Su mano es áspera, caliente, del tamaño de un problema, y me envuelve la mía con un cuidado que no le pega, como quien sujeta algo que no sabe si muerde.
Las sociedades se fundan comiendo: le tiro la mitad de la carne seca del escondrijo y mato la vela de un pellizco. La oscuridad vuelve a tragarnos, pero ya no pesa igual. Ahora tiene un rumbo.
Seguimos el agua muerta hacia el este durante lo que queda de noche. Él camina detrás, a tres pasos exactos, ni uno más ni uno menos, y su paso no suena: lo siento, como se siente una puerta abierta a la espalda. Toda mi vida he caminado delante de gente que tenía que frenarse para no perderme. Es la primera vez que sé, sin mirar, que si echo a correr no me quedo sola.
No sé qué hacer con eso. Lo guardo con lo demás.
La boca del arroyo seco nos escupe al mundo cuando el cielo empieza a ponerse gris. Salgo primero, arco a medio tensar, y el alba me da en la cara como una bofetada limpia: matorral, piedra clara, el frío bueno de la mañana. Detrás de nosotros, muy lejos, sobre el filo del desfiladero de la Grava, una columna de humo sube recta en el aire quieto.
La corona no persigue: escarmienta. Van a quemar el paso, los refugios, cualquier choza que haya dado pan a un bandido. El sur va a pagar nuestra noche. Otro número para mi cuenta, y este lleva intereses.
Lo miro a él por primera vez a la luz del día. El polvo, la sangre seca de otros, la cicatriz partiéndole la ceja, los ojos de tormenta más claros al sol, vueltos hacia el humo con esa quietud suya de puerta cerrada. Le cuento los defectos con oficio de usurera, para tenerlo medido, y en algún punto de la lista se me desordenan los números. Lo dejo. Hay cuentas que es mejor no terminar.
—La Muela —digo, y señalo el este con la barbilla—. Dos días. Camina.
Camina. Y yo camino, y el sol sube, y me sorprendo a mí misma haciendo la cuenta que nunca hago: la de las razones.