De ceniza y fulgor

Capítulo 6 — La parte del ausente

La Muela es un diente del mundo viejo: un muñón de piedra gris que no es piedra, roto a la altura de la raíz, hueco por dentro y más viejo que cualquier dios que siga cobrando rezos. Esta gente vive en el cadáver de un mundo y le ha puesto nombres de cuerpo — los huesos, la Muela, el Costillar, dice Vaelia que hay más al norte —, y hay algo en eso que me eriza y me cuadra a la vez. Mi gente reza contra lo que cayó del cielo. La suya hace despensa dentro de lo que quedó debajo.

Nos reciben tres arcos tensados desde la sombra, y bajan cuando la ven a ella. A mí no me bajan del todo.

—¿Y ese? —pregunta una voz.

—Mío —dice Vaelia, sin frenar el paso—. Mi contrato.

Mío. Lo dice como se dice de un cuchillo o de una deuda, y aun así la palabra se me queda dentro haciendo un ruido que no le corresponde. Lo administro, como todo.

Krev y el chico llegaron ayer. El chico, Tam, tendrá dieciséis inviernos mal contados y lleva el brazo que yo le rompí atado con una tablilla torcida que le va a soldar el hueso en desgracia. Me acerco despacio, con las manos a la vista. Se pone blanco. No lo culpo: la última vez que me vio, yo era lo que las madres de su mundo no saben ni describir.

—Fui yo —digo, porque las deudas se nombran antes de pagarse—. Y está mal entablillado. ¿Me dejas?

Mira a Vaelia por encima de mi hombro. Lo que sea que ella hace con la cara, funciona. Recoloco el hueso — grita, corto, con más vergüenza que dolor —, parto una vara nueva, ato firme. Sé componer lo que sé romper; en mi oficio, lo segundo es la mitad del aprendizaje que nadie presume.

—Vas a tirar lanzas mejor que antes —le digo.

—Antes las tiraba de pena —contesta, aún pálido, y alguien se ríe, y algo en el aire del campamento afloja un cuarto de vuelta.

Ella lo mira todo desde el fuego, contando, siempre contando. Ya sé leerle esa cuenta: siete de nueve. Los que faltaban han ido cayendo por la boca del refugio durante la tarde, de dos en dos, polvorientos y enteros, y con cada llegada a Vaelia se le afloja un tendón del cuello que debe de creer invisible.

Falta uno. Nadie dice el nombre. Lo rodean como se rodea un pozo.

Es el chico quien me lo explica, bajito, mientras le anudo el cabestrillo:

—Sarn habría entrado silbando. Se le oye antes de vérsele. Silba cuando acierta, silba cuando llega, silba cuando gana a los dados con trampa. —Traga—. La de la trenza gris iba con él en la cornisa. Dice que la montaña se movió y que después ya solo había polvo. No lo vieron caer. Tampoco lo vieron saltar.

Ni cuerpo, ni silbido. He visto duelos de todas las clases; este es el peor: el que no puede empezar.

La costumbre de esta gente tiene un plazo, me cuentan: tres amaneceres se espera al que falta, porque tres días aguanta un hombre perdido con las piernas enteras y miedo suficiente. Al tercer alba se le guarda la parte.

Esperamos. Y mientras esperamos, se reparte lo que hay, porque el sur está ardiendo y el invierno no espera a nadie: el escondrijo de la Muela entero — plata menuda, hierro, grano, dos mulas — irá al pueblo con Krev y con todos los demás. Vaelia no se queda nada. Ni una moneda. Solo raciones de camino, cuerda, flechas, y la promesa de una mitad que yo le he dejado creer.

La miro repartir el todo y quedarse el nada, apostando el invierno de su gente a la palabra de un hombre que no le ha dicho a qué va. Anoto la culpa en mi cuenta, debajo de las otras. La lista crece a un ritmo que empieza a parecerse al de la brasa.

Krev espera al anochecer para decir lo suyo, y lo dice delante de todos, que es como lo dicen los hombres que no piensan repetirlo:

—Ese hombre desarmó a tu banda entera sin sudar la camisa. —Me señala con la barbilla, sin mirarme—. Ahora dime otra vez, capitana, que te lo llevas al norte. A solas.

—Me lo llevo al norte —dice Vaelia—. A solas.

—Eso he oído. —Krev escupe al fuego—. Quería oírlo dos veces.

Nadie añade nada. En esta banda las cosas se dicen dos veces o ninguna.

El tercer amanecer llega limpio y frío. Nadie lo ha ordenado, pero al gris primero ya están todos de pie, de cara al este, callados con ese silencio de oficio que tienen los que han enterrado sin cura. Yo me descubro haciendo algo absurdo: escuchando. Buscando en el aire un silbido que no he oído nunca, de un hombre al que no conozco, con más fe de la que le pongo estos días a mis propias plegarias.

El sol despega del filo del mundo. No silba nadie.

Vaelia se adelanta al centro, y la de la trenza gris le pone en las manos una bolsa pequeña, atada con bramante: la parte de Sarn, contada moneda a moneda del reparto común, como si estuviera vivo. Porque para esta gente, hasta el tercer alba más un día, más un año, lo está.

—Se le guarda la parte —dice Vaelia.

—Se le guarda —responde la banda, a una voz, y es la liturgia más corta y más seria que he oído en mi vida.

Ella se ata la bolsa al cinto, junto al cuchillo. Y con la voz de contar dineros, esa que no se le rompe nunca, añade:

—Viaja conmigo. Cuando la reclame, que la reclame con intereses.

Se le rompe en la última palabra. Nadie lo menciona. Yo tampoco.

Los dos últimos llegan cuando el ritual acaba, como una burla del cielo: flacos, quemados de sol, vivos. Siete y dos, nueve de diez; la cuenta cierra en todos menos en el que importa. Traen los pies destrozados de rodear el país ardido, y traen algo peor que las ampollas.

—Hay soldados en cada cruce del sur —dice el mayor, entre dos tragos del odre—. Y no preguntan por la plata, capitana. Ni por la caja del rey. Preguntan por dos. —Le tiembla el pulso; no es de cansancio—. Una arquera que acierta a oscuras como a pleno sol. Un espadachín al que no se le puede tocar. Y preguntan raro. Preguntan… si llevaban piedra encima. Si se les vio la marca.

El fuego cruje. Vaelia me busca los ojos por encima de la llama y no hace falta hablar, porque los dos hemos hecho la misma cuenta a la misma velocidad: los muertos no describen, y los soldados rasos no saben qué preguntar. Si llevaban piedra. Esa pregunta solo la hace quien ya sospecha la respuesta. El de la luz azul miró nuestra grieta desde media legua, y lo que vio le gustó tan poco que lo ha convertido en orden.




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