De ceniza y fulgor

Capítulo 7 — Pelear mal

El norte se camina distinto cuando el país entero lleva tu descripción en la boca. Cruzamos los caminos reales de noche y los perdidos de día, dormimos por turnos en huesos que conozco, y he prohibido el fuego con humo. Bren obedece como si recibir órdenes fuera una forma de descanso. Quizá lo sea. Los silencios son gratis, le dije, y él los gasta como un rico.

Al tercer día, desde un espinazo de rocas, vemos trabajar al diezmo.

Así lo llaman los soldados en los cruces, nos lo dijo un carbonero con más miedo que dientes: el diezmo de la caza. La corona está exprimiendo a los pueblos del sur para pagarse las patrullas, las teas y las preguntas. Abajo, en la aldea sin nombre, un recaudador de capa buena hace números delante de una fila de campesinos con las manos vacías, y dos soldados suben un cofre a lomos de una mula. Nos buscan a nosotros y la factura la firman ellos.

Se me pone la avaricia fría, la de trabajo.

—Ese cofre duerme mañana en Vaelgar —digo—. Hay una estación de portal a día y medio, en el Puente Roto. En cuanto la plata cruce esa luz, no hay flecha que la alcance.

Bren no contesta. Está mirando la línea del horizonte, hacia el norte, con la cabeza un poco ladeada, como quien oye llover lejos. Todavía no hay nada que ver. Lo apunto en mi lista de cosas suyas sin explicar, que ya va necesitando pliego propio.

—Entre la aldea y la estación hay un vado hundido entre taludes —sigo—. Una hora de niebla al alba. Ahí.

—Somos dos —dice—. Llevan ocho.

—Somos doce. —Sonrío—. Aún no lo sabes porque los otros diez hay que coserlos esta noche.

Los fabricamos con lo que da el monte: capas viejas sobre estacas entre los árboles, cordeles atados a los matorrales para sacudirlos desde lejos, mi voz lanzada a gritar órdenes a flancos que no existen. Una banda grande es la mejor máscara: nadie que busque a dos mira dos veces a doce. Y luego le explico a Bren su papel, que es el difícil.

—Tú cortas el camino y peleas. Pero escúchame bien: peleas mal. Como un hombre grande y fuerte y nada más. Te alcanzan. Tropiezas. Sudas. Nada de esquivar lo que no se puede esquivar.

Me mira con esa cara suya de puerta cerrada.

—¿Sabes pelear mal? —insisto.

—No.

—Pues tienes hasta el alba. Ensaya.

—¿El qué?

—Que te peguen.

Juraría que algo se le mueve en la comisura. Con este hombre, eso es una carcajada.

La niebla del vado huele a barro y a suerte. Vienen ocho y el recaudador: seis lanzas, un sargento, y un chico de ballesta con la nuez bailándole en el cuello. Mi primera flecha le lleva el sombrero al recaudador. La segunda le clava la manga al cofre. Grito al flanco derecho que aguante, a la izquierda que espere mi señal, y los matorrales se sacuden llenos de bandidos de cordel mientras Bren sale de la niebla como un problema del tamaño del camino.

Y pelea mal de maravilla. Recibe un culatazo que le habría partido la cara a un hombre —lo he visto esquivar flechas, sé lo que le cuesta quedarse quieto—, gruñe, tambalea, agarra a dos y los cansa despacio, como un oso torpe. Yo fallo dos tiros a propósito, cerca de las orejas, que es donde los fallos dan más miedo. El sargento calcula doce enemigos, un monstruo y una arquera con suerte, y hace la cuenta que haría cualquiera.

Casi sale limpio.

El chico de la ballesta no huye con los demás. Se queda clavado en los juncos, blanco, y me apunta al costado ciego mientras corto la mula. No lo veo. Lo que veo es el aire moverse: Bren está en un sitio y luego está en otro, sin nada en medio, y el virote que era para mí le abre el brazo a él mientras desvía el arma del chico hacia el cielo. El disparo se pierde en la niebla.

El chico lo mira desde abajo, moviendo los labios sin sonido. No puede ser. Bren le quita la ballesta, la parte contra la rodilla, y le dice, bajito, casi amable:

—Corre.

Corre. Corren todos. Para mediodía habremos sido veinte; para la cena, cuarenta y con un oso amaestrado. Los hombres derrotados engordan al enemigo por vergüenza: es la única ayuda gratis que existe en Kaia.

El cofre paga el ojo que le echo: plata menuda del sur, sudor de aldeas. Esa misma noche, en un hueso pequeño que conozco, la cuento a la luz mala de una vela y la parto en montones: camino, sobornos para el norte, y el tercero.

El tercero cae, moneda a moneda, en la bolsa de bramante que llevo al cinto.

Bren me mira hacerlo y no pregunta. Es de los que saben cuándo no hablar. Empieza a preocuparme lo mucho que me gusta eso.

Lo que no está en el cofre está en la alforja del recaudador: un paquete de hule con el sello del rey. Lo abro con el cuchillo y leo despacio, porque hay cosas que conviene leerse dos veces.

Nos describen. A él, entero: la altura, las dos hojas, la cicatriz que le parte la ceja derecha. Viajó seis días a cara descubierta con ese convoy y los que sobrevivieron tenían memoria. A mí, a medias: arquera, veintitantos, habla del sur. Y debajo, en tinta de escribano, las tres líneas que me dejan la boca seca:

Responde al nombre de Vaelia.

Vivos y sin daño. Quinientos radiales por cabeza.

Entréguense al Custodio del Fragmento, en Vaelgar.

Mi nombre en tinta de la corona. Krev gritándolo en mitad de una batalla llena de orejas, y ahora escrito camino de todos los cruces del reino. Lo miro y siento algo absurdo y frío, como a mi madre gritándome desde debajo de la tierra.

—Vivos —dice Bren, y en su boca la palabra pesa el doble—. Los muertos no contestan preguntas.

—¿Y qué pregunta vale quinientas caras?

No contesta. Pero se queda mirando el sello con un odio tan viejo y tan educado que me guardo la siguiente pregunta para otra noche.

—La única puerta que nadie vigila es la boca del lobo —digo, por decir algo con forma de plan—. Seguimos al norte.

Le coso el brazo antes de dormir. El virote le abrió un palmo de carne limpia, y digo limpia con toda la intención: ni una vena azul, ni una sombra, ni una marca, nada. Canaliza como un Faro y tiene la piel de un niño de teta. Si el Custodio ese supiera lo que valen de verdad estas quinientas caras.




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