Cuatro días al norte del vado, el reino empieza a estrecharse.
En cada cruce hay un poste, y en cada poste estamos nosotros: mi altura, mis dos hojas, mi ceja partida en tinta de escribano. A Vaelia el edicto la despacha en tres palabras — arquera, veintitantos, del sur — y le ofende más la vaguedad que el precio.
—Veintitrés —le dice al poste—. Si vas a tasarme, cuenta bien.
Caminamos de noche y miramos de día. Y al quinto día, desde un olivar ralo sobre el cruce del Portazgo, vemos por fin en qué se ha convertido la caza.
Hay una mesa plantada en mitad del camino, y en la mesa, sobre un paño negro, una piedra.
Es pequeña, una chispa apenas, del tamaño de un huevo de perdiz. La siento desde aquí como se siente una avispa en la habitación: poca cosa, pero despierta. Detrás de la mesa, un funcionario de gris con un libro de registro. A los lados, soldados. Y sobre el paño, bordado en hilo azul, el sello: el fragmento coronado.
El sello del Custodio. La Criba.
—Toca la piedra —dice el funcionario, a cada uno, con la voz gastada de quien cobra portazgos—. Toca la piedra y sigue tu camino.
Y tocan. Un arriero la envuelve con la mano y la piedra apenas parpadea: Apagado, adelante. Una mujer con dos cabras la roza y algo tibio se enciende y se apaga: Chispa, la apuntan, adelante. Un mozo de mulas la agarra con fastidio y la piedra da luz de vela: lo apuntan dos veces. La fila avanza, mansa, y el libro engorda, y yo entiendo despacio, con frío, lo que estoy viendo: la corona ya no pregunta ¿llevaban piedra? de aldea en aldea. Ha plantado la pregunta en el camino y ha puesto un sueldo a vigilarla.
Esto es nuevo. La Criba de siempre venía cada tantos años, a por niños, con tambores y por sorpresa. Esta está sembrada en los vados como el trigo, y prueba a cualquiera que viaje con un arco o con dos espadas. La hemos sembrado nosotros.
Vaelia me mira de reojo. Ninguno de los dos lo dice en voz alta, porque decirlo sería regalárselo al aire: ni ella ni yo hemos tocado una piedra en la vida. No sabemos qué haría la chispa en nuestra mano. Puede que nada. Puede que amanezca dos veces.
No vamos a averiguarlo en un cruce con nombre de impuesto.
Y entonces le llega el turno a la niña.
Ocho inviernos, puede que nueve, la trenza a medio hacer, de la mano de su madre que va delante. La madre toca: nada. La niña estira el brazo con esa obediencia flexible de los niños a los que aún no les ha mentido nadie, pone la palma sobre la piedra—
—y la piedra amanece.
Luz de mediodía en pleno día, tan blanca en los bordes que los soldados se vuelven y el funcionario se pone en pie por primera vez en toda la mañana. La apuntan como se apunta el grano en año bueno. Hay una carreta esperando a la sombra, con toldo y con cadena larga, y hasta este olivar llega el grito de la madre, uno solo, porque el segundo se lo tapan.
Mi cuerpo decide moverse sin consultarme. La mano de Vaelia me cae en el antebrazo como una losa pequeña.
—Ni se te ocurra —dice, sin mirarme, con la voz de contar—. Doce soldados, un funcionario, la niña en medio. ¿Y después? ¿La devuelves a una aldea que la Criba visitará dos veces al año hasta encontrarla? Haz la cuenta, Bren.
La hago. Me sale lo mismo que a ella. Me quedo quieto, que es lo más caro que he pagado en todo el viaje, y veo cómo el toldo se traga la trenza a medio hacer.
Sé adónde va. Todo el mundo lo sabe; está hasta en las canciones de taberna, dicho bonito para que duela menos. Los que dan luz de vela, al servicio de los portales. Los que dan luz de hoguera, a la hueste. Y los que amanecen — los raros, los que la corona apunta en el libro con tinta buena — esos van al Fragmento. Al Custodio en persona. Vivos y sin daño, como dice el edicto que nos quiere a nosotros, porque esa frase no es clemencia y nunca lo fue.
Es cuenta de almacén. Las herramientas no se estropean antes de entrar en él.
Yo tenía siete inviernos cuando la Criba de los tambores llegó a mi pueblo de piedra gris.
Me acuerdo por pedazos, como se recuerda lo que uno era demasiado pequeño para guardar entero. La fila de niños en la plaza. La piedra sobre el paño negro, igual que esta, con el mismo fragmento coronado. Y las manos de mi madre sacándome de la fila sin correr, sin gritar, con esa calma que ahora sé que era la forma más pura del terror, porque ella era la única persona viva que sabía lo que la piedra habría dicho de mí.
Nos fuimos al monte por la tarde, como quien va a por leña. Los sabuesos de la Criba salieron detrás al anochecer, porque huir de la prueba es confesión.
Me escondió en una grieta entre dos rocas, tan estrecha que el frío no cabía conmigo. Me puso las manos en la cara. Respira por la cuenta de siete, me dijo. El miedo se administra. Tenía yo siete inviernos; nunca he sabido si el número era suyo o mío. Después echó a andar ladera abajo, haciendo ruido, que era lo único que le quedaba para darme.
Dos días respiré por la cuenta de siete. Me encontró el que me crió, medio azul de frío por fuera y ardiendo por dentro, como siempre. A ella la encontraron antes los sabuesos, y en el informe de la Criba pusieron lo que ponen: una hereje que huyó de la prueba.
En mi pueblo la llaman mártir. Rezan su nombre en la lista de los que murieron antes que dejar a la corona poner piedra en la mano de un hijo. Toda mi infancia oí honrar su fe.
Solo yo sé que no me estaba salvando de la corona.
Por eso, cuando Vaelia abrió el hule del recaudador y yo vi el fragmento coronado en el lacre, se me subió a la cara un odio con veinte años de modales. El Custodio no es un hombre para mí. Es un sello. Es una mesa en un camino, un paño negro, un libro de registro, y una cuenta que llevo abierta desde los siete inviernos.
Rodeamos el Portazgo por lo alto y esa noche acampamos sin fuego, mascando carne seca fría. Vaelia no come. Le da vueltas a su ración como a un número que no cuadra, y sé exactamente qué número es, porque a mí tampoco me cuadra: ocho inviernos, la trenza a medio hacer.