De ceniza y fulgor

Capítulo 9 — La gente de humo

La Vidriada empieza donde se acaban los pájaros.

Llevan dos días acompañándonos, cuervos y milanos, ladrones honrados de nuestras sobras. Esta mañana, al coronar la última loma de tierra de verdad, giran todos a la vez, como obedeciendo a un pastor que no vemos, y se quedan trazando círculos a nuestra espalda. Ni uno cruza la línea. Los pájaros no cobran peaje aquí, dicen. Lo que no dicen es que los pájaros son más listos que nosotros.

Delante, hasta donde alcanza el ojo, el suelo es vidrio.

No como el de las ventanas ricas de las villas: vidrio viejo, verdinegro, en olas paradas, como si un mar entero se hubiera quedado quieto a medio enfadarse y alguien le hubiera robado el azul. La luz del alba lo enciende por dentro y por un momento el mundo entero parece una joya rota puesta del revés.

—Cuatro pellejos llenos —cuento en voz alta, porque los números en voz alta pesan menos—. Tres días de cruce, si el mapa de los rumores no miente. Los números justos son los que matan, así que andando.

El vidrio viejo corta igual que el nuevo; solo que con más paciencia. Aprendemos rápido: se pisa la panza de las olas, nunca el filo; se camina con el sol bajo y se busca sombra cuando sube, porque a mediodía este país es un horno con espejos. Envuelvo las botas en tiras de manta antes de la segunda legua. Bren me copia sin preguntar. Aprende como pelea: sin desperdiciar un gesto.

Y a media mañana caigo en la cuenta de lo que este país maldito nos está regalando.

No hay nadie. Ni ojos, ni postes con nuestra cara, ni mesas con piedras que no nos atrevemos a tocar. Por primera vez desde la Grava, el mundo no mira.

Lo hago sin pensarlo, como quien se quita una bota que aprieta: dejo respirar la brasa. No para pelear, no para huir. Para nada. Solo para sentir el mundo volverse lento y nítido y mío, aquí, a la luz, delante de alguien. El vidrio brilla más despacio. El viento se peina. El hambre me muerde puntual — hasta el alivio cobra — y la pago contenta. Y Bren, a mi lado, ladea la cabeza y me mira hacerlo con algo en la cara que no tiene nombre en ningún registro.

—¿Hasta la ola grande? —digo.

No contesta. Ya está corriendo.

Corro sin frenarme por primera vez en la vida delante de otra persona, y es como quitarme una ropa mojada que llevaba cosida a la piel. El mundo se arrodilla para los dos a la vez y lo cruzamos de rodilla en rodilla, zancada contra zancada, dos imposibles corriendo por un mar parado. Me gana por una mano. Exijo la revancha. La Vidriada me oye reír, y peor sitio para estrenar una risa no lo hay en toda Kaia.

Coronamos la ola grande.

Y dejamos de reír.

Al otro lado el vidrio se aplana en una llanura lisa como agua de pozo, y dentro del vidrio hay gente.

Gente dibujada con humo. Figuras oscuras fundidas en el cristal, quietas para siempre en mitad de un gesto: una que anda, una con el brazo alzado como quien saluda o se protege, una pequeña encogida sobre algo más pequeño todavía. No son cuerpos. No hay huesos, no hay ropa, no hay nada que un carroñero pudiera nombrar. Son las sombras de alguien, bebidas por el suelo, guardadas en vidrio como se guarda una flor entre dos páginas.

Empiezo a contarlas por oficio y por primera vez en mi vida dejo una cuenta a medias. Hay cuentas que no quiero saber cerrar.

—¿Qué fuego hace esto? —me sale, bajito—. He visto arder aldeas. El fuego deja huesos. No deja dibujos.

Bren no contesta. Se ha quedado muy quieto delante de la figura pequeña, la encogida, y despacio, como quien se descubre en un templo ajeno, baja la cabeza.

El cielo cae sobre quien lo adora —dice.

Y por primera vez su plegaria no me suena a amenaza ni a fanático. Me suena a epitafio. Aquí el cielo cayó de verdad, sobre gente de verdad, hace tanto que ni el vidrio recuerda el grito. Su fe entera cabe en esta llanura y ninguno de los dos sabe qué hacer con eso.

Cruzamos la llanura por el borde, sin pisarles la sombra a los de humo, sin hablar. Hay silencios que son de la Estirpe, y silencios que son de bandidos, y este es de los dos.

El viento llega a media tarde oliendo a pedernal.

Lo veo venir por el sur: una pared parda y baja, y delante de la pared el aire brillando. No es polvo. Es arena de vidrio, un millón de cuchillas del tamaño de un suspiro, y viene hacia nosotros con la prisa tranquila de lo que no ha perdido nunca.

—¡Ahí! —Una ola parada a medio romper, vieja como todos los nombres, con el vientre hueco. Nos metemos debajo cuando las primeras agujas empiezan a cantar contra el cristal, sellamos el hueco con las capas y las mantas de las botas, y el mundo de fuera se convierte en un enjambre.

Cabemos, si no nos importa caber.

Quedo con la espalda contra su pecho, sus rodillas flanqueándome, su barbilla a un dedo de mi coronilla, y durante la primera hora ninguno de los dos dice nada porque el viento lo dice todo, chillando su idioma de cuchillas contra nuestra ola muerta. El corazón le va despacio, terco, como todo él. El mío no me lo miro.

—Tú oyes cosas —digo al fin, porque a oscuras las preguntas caras salen más baratas—. No es pregunta. Desde el Puente Roto te vuelves hacia las luces antes de que existan. Y llevas días ladeando la cabeza al noreste como un perro bien educado. ¿Qué oyes, Solo Bren?

La pausa que hace es de las caras.

—Las esquirlas grandes suenan —dice—. Para mí. Siempre lo han hecho. El ataúd del rey me royó los huesos seis días. —Respira—. Y hay algo delante. Bajo. Constante. Lleva así cuatro días. Lo llamaba horizonte para no pensarlo.

—¿Y ahora?

—Ahora está más cerca. Y los horizontes no hacen eso.

El viento chilla más alto, la ola entera vibra, y su brazo me cruza por delante y me asienta contra él, firme, sin pedir permiso ni disculpas, como se asegura una carga que importa. Me quedo donde me pone. Se me desordenan los números y esta vez los recojo casi todos: hay uno que se queda donde ha caído y ya no vuelve, con el viento fuera y su calor detrás y su aliento moviéndome el pelo de la nuca a un ritmo que podría contarse, si una quisiera contar.




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