El viento de vidrio nos cobró un pellejo.
Lo descubrimos al alba: un tajo fino como un cabello, la mitad del agua bebida por la arena durante la noche. Vaelia hace la cuenta nueva en voz alta y la cuenta nueva dice lo que ya sabíamos con otras palabras: adelante, deprisa, y que la canción tenga la cortesía de estar de camino.
La canción está de camino. Ese es el problema.
Crece con cada legua. A mediodía ya no la oigo con los oídos: la oigo con los dientes, con el esternón, con las cicatrices. Una nota sola, paciente, enorme, como una campana que alguien hizo sonar hace diez mil años y nadie ha mandado callar. Y debajo de la nota, el cielo me perdone, hay otra cosa que no le he dicho a nadie y que apenas me digo a mí:
La deseo.
Nunca he deseado una piedra. He pasado la vida entre gente que se cuelga esquirlas del cuello como se cuelgan condenas, y jamás sentí otra cosa que el asco paciente del que espera para romperlas. Esto es nuevo. Esto tira de mí por dentro del pecho, bajito, con educación, como tira el vino del que ya bebió. Respiro por la cuenta de siete. La cuenta de siete se queda corta por primera vez desde los siete inviernos.
—¿Bren? —Vaelia me mira de reojo. Me lee demasiado bien y demasiado pronto.
—Camina —digo. Y me odio por el tono, y camino.
El cráter aparece a media tarde, y no hay nombre de la Estirpe ni plegaria del Fulgor que me hubiera preparado.
El vidrio baja en cuenco, leguas de anchura, olas paradas cayendo hacia el centro como un remolino que se arrepintió. Y en el fondo del cuenco, bajo brazas de cristal turbio, hay una luz.
Azul. Quieta. Del tamaño de una casa rica, o de una iglesia pobre. Una esquirla como no he sentido otra —ni el ataúd del rey, ni las columnas de los portales— enterrada donde cayó, cantando su nota desde el fondo del mundo como canta lo que no sabe que el tiempo existe.
Una estrella ahogada.
—Los dioses de todos los caminos —dice Vaelia, muy bajito. Se ha quedado sin números. Yo me he quedado sin letanías. La nota me llena el cráneo y el tirón ya no pide: sugiere, con la voz razonable de las peores ideas.
Y entonces la voz de verdad, la humana, nos llega desde la derecha:
—¿Venís andando hacia la nota?
Hay un cobijo entre dos losas caídas, y en el cobijo hay un hombre, y me cuesta un latido entero entender que lo es.
Está a medio volver vidrio. Los antebrazos le transparentan, con venas de luz lenta dentro, como ríos vistos bajo hielo. El Azulado le trepó hace años por donde trepa a todos y después siguió, más allá de las marcas, hasta el país del que las marcas son solo la frontera: piel que brilla sin sol, ojos con el iris pálido de tanto arder, dedos que ya no doblan. Un hombre en el último tramo de la cuenta, gastado hasta la transparencia.
—Nadie viene andando hacia la nota —dice—. La nota es el aviso.
—El aviso nos pillaba de camino —contesta Vaelia, porque ella siempre tiene una moneda pequeña a mano.
El viejo se ríe con un ruido de arena. Nos estudia sin prisa, con oficio, y hace lo que haría yo: prueba. Levanta con las dos manos un pellejo de agua y lo lanza mal a propósito, corto y torcido, un tiro que obliga a elegir entre dejarlo reventar contra el vidrio o moverse como no se mueve nadie.
Lo cojo como no lo coge nadie. Lo sé mientras lo hago. Él también.
—Sin piedras —dice, despacio, mirándonos las manos, los cuellos, la piel limpia—. Sin marcas. Andando derechos al sitio que más canta de toda Kaia. —Asiente para sí, como quien confirma un rumor caro—. Sé lo que sois.
La mano de Vaelia baja al cuchillo. La mía no, porque he visto morir a mucha gente y este hombre no va a matar nada más que a sí mismo, y no le queda mucho para eso.
—¿Y qué somos, viejo? —pregunta ella.
—Lo que los libros viejos del Fulgor llaman como nos llamábamos nosotros por vanidad. —Se acomoda contra la losa con un crujido que no hace la ropa—. Fui Faro, muchacha. Cuarenta años sirviendo al Fragmento, quemándome a la orden, con mi título bonito: Estrella Viva, nos decían, y nos lo creímos. Hasta que leí de dónde venía el nombre. No era nuestro. Estaba en los libros antes que nosotros, y no hablaba de los que arden con piedra y pagan con la piel.
Se mira los antebrazos de vidrio con algo que ya no es amargura, porque la amargura también cuesta y él ya no tiene con qué.
—Hablaba de los que arden sin piedra y mueren sin marca. De vosotros. Las Estrellas Vivas de verdad. Nosotros solo llevábamos el nombre puesto, como lleva un mulo el arnés de un caballo muerto.
El silencio que sigue tiene el tamaño del cráter. Vaelia me busca los ojos y no me encuentra, porque estoy en otra parte: estoy oyendo la palabra libros. Libros viejos. Órdenes viejas.
—El edicto —digo—. Nos quieren vivos.
—Claro que os quieren vivos. —Lo dice sin crueldad, como se dice el tiempo que hará—. Servid al Fragmento los años que yo, y aprenderéis lo único que hay que aprender allí dentro: el Fragmento no tiene guardián. Tiene coleccionista. Y las órdenes de colección que os tocan a vosotros son más viejas que el séptimo Vaelgar, más viejas que su padre y que el padre de su padre. El Custodio no os busca porque este rey lo mande. Os busca porque su oficio lleva esperándoos desde antes de los nombres.
Esperándonos. La palabra se me queda haciendo frío en un sitio donde ya hacía frío.
—¿Esperándonos para qué? —pregunta Vaelia, y por primera vez desde que la conozco la voz de contar le sale sin fondo.
El viejo se encoge de hombros, y el gesto le cruje.
—Eso no está en los libros que me dejaron leer.
Después nos da lo que tiene, que es lo que dan los que se van: agua de un manadero escondido bajo la losa norte —“nadie bebe en la Vidriada porque nadie sabe dónde”—, carne de lagarto seca, el camino de salida trazado con el dedo sobre el vidrio. Un muerto viaja ligero, dice. Y cuando ya creo que el precio de todo esto va a ser solo escucharle, pide lo suyo.