Salimos de la Vidriada con el alba, y el mundo verde me duele en los ojos como una mentira bien contada.
Tres días llevándonos la muerte pegada a las botas, y sin embargo cruzo la línea donde vuelve la hierba con algo parecido al luto. El único país de Kaia donde pudimos ser nosotros es uno donde no vive nadie. Me lo apunto donde apunto lo que duele: en ninguna parte.
Los pájaros nos recuperan a la legua, sin rencor. El agua vuelve a sonar a agua. Y a media ladera, de cara al vidrio, encontramos un vivac: cenizas todavía tibias, hierba aplastada de una sola noche, y prisa por todas partes. Quienquiera que durmiera aquí anoche estaba mirando hacia la Vidriada, vio lo que vio, y no se quedó a desayunar.
No lo digo en voz alta. Bren tampoco. Hay cuentas que se hacen en silencio para que no den intereses.
El camino real aparece a media mañana, y viene cosido de gente como no he visto junta desde las ferias del sur: capas pardas, cordones azules al cuello, cuentas de vidrio ensartadas en las muñecas. Peregrinos del Fulgor, ríos de ellos, todos hacia el oeste, todos con esa cara de ir a cobrar algo que llevan pagando toda la vida.
—¿Tanta fe de golpe? —le pregunto a una vieja que descansa los pies junto a un mojón.
—¿De dónde salís que no lo sabéis, hermana? —Se besa la cuenta de vidrio—. La Estrella del Sur entró ayer en Vaelgar. El séptimo la va a sentar junto al Fragmento, como manda el credo: una estrella no se guarda, se asienta. El Asiento es en la luna nueva. Doce días. —Se le empañan los ojos de pura contabilidad celestial—. Dos estrellas juntas, hija. Quien lo vea queda visto.
Doce días. El ataúd que perseguimos ya duerme detrás de las murallas, y la corona va a celebrarlo con las puertas llenas de testigos. Miro a Bren de reojo. Tiene la cara de siempre, la de puerta cerrada, pero el cerrojo le baila: sea lo que sea el Asiento, acaba de convertirse en su fecha, y por el modo en que se le tensa la mandíbula, también en su problema.
La peregrinación, en cambio, es nuestro regalo. Nadie mira dos veces a dos peregrinos entre diez mil. En el primer mercadillo del camino cambiamos plata del diezmo por capas pardas, cordones azules y cuentas de vidrio, y entierro mi arco desarmado en el fondo del hato como se entierra a un pariente querido: con pena y con intención de desenterrarlo.
—Vas a tener que rezar al revés, Solo Bren —le digo, anudándole el cordón azul al cuello, y juro que aguanta el sacrilegio con más dignidad que yo el nudo: tenerle el pulso a dos dedos de la garganta me descubre cuentas que ni sabía que llevaba abiertas.
Puerto Seco nos traga a media tarde.
La llaman la ciudad de los carros: un puerto sin mar donde rompen todas las rutas del norte, oliendo a sal, a brea y a bestia cansada, con la torre de un portal asomando sobre los tejados y escupiendo su resplandor azul cada tanto: cada vez que alguien caro tiene prisa. Bren lleva todo el día con el cuello torcido hacia el noroeste, apenas nada, un dedo de ángulo que solo ve quien lleva días aprendiéndoselo. No pregunto. Su pliego de cosas sin explicar ya tiene mi letra en los márgenes.
En la puerta hay guardias, y en el poste de los guardias estamos nosotros, quinientos radiales la cabeza. El de la lanza nos repasa con el aburrimiento peligroso de las tardes largas, y hago lo que se hace: me cuelgo del brazo de Bren, redondeo la espalda de caminante cansada, y digo la palabra.
—Mi marido y yo venimos al Asiento, señor. ¿Falta mucho para un techo?
Mi marido. Me sale gastada, cómoda, como si la llevara en la boca desde hace años. Eso es lo que me asusta: no la mentira, sino lo poco que me cuesta.
El guardia nos hace un gesto de sigue-sigue, y Bren espera tres calles enteras antes de hablar.
—Podías haberme avisado.
—Los maridos no se avisan.
Asiente, muy serio, como quien archiva una regla de esgrima. Y una hora después, comprando sebo y pan, le dice al tendero “mi mujer prefiere el moreno” con una naturalidad tan absoluta que el tendero me cobra de más y no se lo discuto. A mí. De más.
Lo demás es oficio.
Krev decía que en el norte hay una mujer que pesa sin balanza y cobra sin mano. Que no tiene puerta porque todas son suyas. Que vende imposibles a precio de milagro y jamás ha dejado de entregar. La Llave, la llaman, y se la encuentra como se encuentran las cosas caras: haciendo la seña y dejándose ver.
A la Llave no se la elige. Todo lo que entra o sale de Vaelgar por debajo de los libros del rey — la sal, la gente, los nombres — pasa antes o después por su mesa, porque los caminos torcidos del norte desembocan todos en la misma mano. No es que vayamos a la Llave: es que no existe otro sitio adonde ir.
La seña, en Puerto Seco, es comprar sal negra donde no la venden. Elijo un puesto de salazones junto a los almacenes, pido dos onzas de sal negra con cara de saber lo que pido, y cuando el salinero me dice que eso no existe, pago igual: un radial partido por la mitad, cara abajo sobre la tabla.
—Por la molestia —digo.
El salinero hace desaparecer la media moneda sin mirarla. Esperar es lo único que queda, así que esperamos: sopa caliente en un figón, la primera comida sentados desde la Muela, jugando a los casados con una soltura que ya no sé cuánto tiene de juego.
El crío aparece al anochecer. Ocho años, pies descalzos, ojos de tasador. No dice nada: enseña la otra mitad de mi radial y echa a andar.
Nos lleva por el barrio de la sal, entre almacenes que sudan salmuera, hasta una puerta pequeña en un muro grande, y de ahí a una estancia con el techo bajo, iluminada por un solo candil, donde huele a lágrima vieja y a cuentas saldadas. Detrás de una mesa con tres balanzas que no pesan nada hay una mujer mayor, seca como el esparto, con el pelo gris recogido a lo soldado y unos ojos que hacen inventario más rápido que yo.
—Peregrinos —dice, y la palabra le sale con una sonrisa de prestamista—. Qué devoto se ha vuelto el camino.