De ceniza y fulgor

Capítulo 12 — Un imposible por otro

¿Qué fue de tu madre?

La pregunta se queda en el aire de la sala como se queda el humo: sin ninguna prisa por irse.

—Muerta —dice Vaelia.

Una moneda pequeña, gastada de tanto pagar con ella. Lo sé porque yo tengo una igual. La Llave la recibe con un asentimiento lento, sin regatear, y por un momento las tres balanzas vacías de su mesa parecen pesar algo.

—No le pregunté nada en seis días —dice la vieja—. En mi oficio las preguntas se cobran, y aquella mujer ya no podía pagar más. Solo sé tres cosas: que salió de noche, que miraba atrás como se mira un incendio, y que el bulto que llevaba era lo único en este mundo que le importaba más que el incendio.

Vaelia está muy quieta. Reconozco la quietud: es la mía delante de la Criba.

—La sortija —dice al fin, y la voz de contar le tiembla en la última sílaba, solo ahí, solo un pelo—. ¿La vendiste?

—La guardo. —La Llave se mira las manos—. Venderla era enseñarla. Y hay cosas que una enseña una vez y las paga toda la vida. —Levanta los ojos, y por primera vez desde que entramos parecen los de una persona y no los de un inventario—. Sal viva de Vaelgar, niña, y ven a buscarla. Va siendo hora de que pese en otro cinto.

Después, negocio. La vieja despliega el problema sobre la mesa como quien despliega un mapa:

—Las puertas de Vaelgar tienen tres bocas: la grande para los carros, la santa para los peregrinos, la de la sal para quien paga. Las tres tienen mesa de Criba desde hace un mes. No prueban a todos, ni el rey tiene tantas chispas, pero prueban a los que les huelen raro. Y vosotros dos oléis a poste de edicto desde aquí.

—¿Y el imposible? —pregunta Vaelia.

—El imposible es que Vaelgar tiene sótano, como todo lo viejo. —Se inclina—. Mi sal sale en tres días hacia la capital. Viajaréis dentro de ella hasta el Roquedal, y del Roquedal, para abajo: hay una boca antigua que baja a los huesos y sale dentro de la muralla, en el barrio de los tintes. Sin puerta, sin mesa, sin piedra que tocar.

—¿Y el precio?

—El viaje y la boca valen plata: ochenta radiales. —Los dedos secos tamborilean una vez—. El mapa de los huesos, no. Los imposibles no se venden, niña. Se truecan. Me deberéis uno. Uno, a mi elección, cuando yo lo diga.

Una deuda abierta es una correa, y las correas las sostiene siempre el otro extremo. Voy a decirlo y no me hace falta: Vaelia ya está negociando, con la barbilla alta y el oficio encendido.

—Con tres cercas. Nada contra los míos. Nada de niños. Y caduca: un año y un día.

La Llave sonríe por primera vez con los dientes, que son pocos y buenos.

—Sabes comprar. Hecho. —Y añade, empujando de vuelta dos de nuestras monedas—: Y os sale a cuenta: tu madre me pagó de más hace veintitrés años. Considerad esto el cambio.

Escupen y estrechan. Casi hemos acabado, y entonces la vieja hace lo que hacen los buenos mercaderes: guarda lo mejor para la puerta.

—Una cosa más, peregrinos. —No se levanta. No le hace falta—. No sois los únicos que me habéis comprado Vaelgar esta luna. Hace ocho días vendí la misma boca a tres hombres del sur. Rezaban bajito, pagaban en hierro viejo y no regatearon nada.

Me mira a mí al decirlo, porque esta mujer no mira nada por casualidad.

—¿Amigos tuyos?

Me gasto un silencio. Los tengo pagados, pero este cuesta más que todos los anteriores juntos.

—Ya —dice la Llave—. Pues rezad por no cruzaros.

Hierro viejo. Rezos bajos. Tres, y sin regatear. El que me crió no manda a tres hombres a mirar: manda a tres hombres a terminar. La Estirpe viene al Asiento a hacer lo que yo no hice, y va a entrar por la misma puerta que yo, y si me ven — si nos ven, a ella y a mí, juntos, ardiendo los dos sin marca a la luz de cualquier vela—

Cuarto silencio. La lista de lo que no le cuento ya pesa más que el hato.

Dormimos sobre el almacén de la sal, en una azotea que la Llave alquila a los que no deben tener ventanas, y al caer el sol subo a hacer la guardia que nadie me ha pedido. Vaelia sube detrás, descalza, con dos escudillas de sopa, y se sienta a mi lado en el pretil como si lleváramos años repartiéndonos los tejados del mundo.

Come tres cucharadas. Deja la escudilla.

—Veintitrés años —dice, mirando al noroeste— creyendo que mi madre me escondía de algo. Y resulta que me sacó de dentro. —Una pausa del tamaño de una infancia—. ¿Tú crees que se puede huir de un sitio que te sigue?

No sé contestarle nada que no sea otra pregunta, así que hago lo que ella me enseñó sin saberlo: me quedo, que a veces es la única respuesta que no miente.

Y mientras el sol se acaba hago la cuenta que no me toca hacer: una mujer que sale de la capital de noche, mirando atrás como se mira un incendio, pagando con una calle entera en el dedo. Una hija que suena a campanas de Vaelgar, que arde sin piedra y muere sin marca, con un nombre escrito ahora en la tinta de la corona. No sé qué da esa suma. Sé que da miedo. Y sé que la ciudad adonde vamos guarda la respuesta, y que las ciudades que guardan respuestas suelen guardarlas con dientes.

Entonces, con la última luz, la oigo.

Al principio la niego, como negué cuatro días la nota de la Durmiente. Pero esta no se deja llamar horizonte: una segunda voz debajo del mundo, al noroeste, tan honda que el oído la rechaza y la recoge el esternón. Cinco días de marcha, muros, leguas de piedra por medio, y aun así llega, ancha como un río bajo hielo.

El Fragmento.

La Durmiente cantaba dormida. Esto no duerme. Esto lleva diez mil años despierto debajo de un trono, y canta como cantan los que saben que alguien viene.

Y lo peor no es oírlo. Lo peor es la parte de mí — pequeña, educada, paciente — que se pone en pie para contestar.

Vaelia mira al noroeste pensando en lo que la rompió. Yo miro al noroeste oyendo lo que vengo a romper. Y por primera vez desde el poblado de piedra gris, el verbo me queda grande en la boca: romper era sencillo cuando lo roto no tenía cara. Ahora la misión y la mujer miran al mismo noroeste, y ya no sé cuál de los dos juramentos estoy alimentando con estas leguas. Los llevo a los dos. Pesan como dos.




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