La boca de los huesos se esconde en la cantera más vieja del Roquedal, detrás de un desprendimiento que no es un desprendimiento: alguien apiló esas rocas con el arte de que parecieran caídas. Oficio de la Llave hasta en las piedras.
Bajamos con el alba gris, después de despedir al carretero con dos golpes en la tabla — el idioma del carro, que ya es un poco nuestro. Vaelia va delante, con el mapa de la vieja memorizado y la voz de capitana puesta desde anoche: seca, exacta, de oficio. Mi contrato, otra vez, con todas sus letras. Me hablo con la verdad porque es lo único que me queda barato: esta escarcha la fabriqué yo, en el carro, con un palmo de aire y una plegaria dicha a destiempo. Un hombre que calla cuatro cosas no tiene derecho a la boca de nadie. Apartarme fue lo decente.
Lo decente, he descubierto, también sangra.
El vestíbulo de la Llave es un túnel de mina apuntalado, con cuerda guía tensada a la altura de la mano, marcas de cal cada veinte pasos y una alacena con lámparas de aceite que pagamos con dos radiales bajo una piedra, según la costumbre. Hasta aquí, contrabando: ordenado, cobrado, humano.
Después la mina se acaba, el suelo baja en rampa, y entramos en los huesos de verdad.
No se parecen a nada que yo haya pisado. El túnel es enorme y recto, recto como no es recta ninguna cueva, recto como una decisión, y por el centro del suelo corren dos venas de hierro paralelas, comidas de óxido, que no se apartan ni se juntan nunca. Los huesos del sur eran conductos de agua. Estos tienen costillas.
—¿Qué llevaban por aquí? —murmura Vaelia, la primera frase entera que me regala en un día, y la lámpara le tiembla un punto.
No lo sé. Sé que a media legua el túnel se hincha en una caverna con andenes de piedra a los lados, altos como muelles de un puerto sin agua, y que en la pared, bajo diez mil años de mugre, sobrevive una flecha grabada señalando la oscuridad, rodeada de signos de un alfabeto muerto. Los muertos también señalaban caminos. Por algún motivo, eso me tranquiliza y me eriza en el mismo sitio, como casi todo, estos días.
Y debajo de todo, todo el tiempo, la voz.
Aquí abajo el Fragmento no suena: empuja. La piedra es una sola pieza desde mis botas hasta su trono, y la nota me sube por los huesos sin pedir permiso al aire, constante como una corriente, ancha como un río debajo del río. Camino dentro de ella. Duermo dentro de ella, las pocas horas que duermo. Y la parte de mí que se puso en pie en la azotea de Puerto Seco ya no está de pie: está caminando.
Lo descubro en la segunda bifurcación. El mapa de la Llave dice izquierda. Mis pies dicen otra cosa, y cuando quiero darme cuenta llevo tres pasos por la galería de la derecha, la que baja, la que apunta al corazón del resplandor, sin haber decidido darlos.
—Bren.
Una palabra. Plana como una tabla. Me detengo, vuelvo, paso por su lado sin mirarla, y ella no dice nada más, pero la oigo apuntar: otra línea en mi pliego, en la página nueva, bajo el miedo nuevo. Que apunte. Tiene razón en cada letra.
Las señales de mi gente aparecen a mediodía del primer día, si es que ahí abajo existe el mediodía.
Un pulgar de ceniza en la piedra, a la altura del hombro, en el ángulo muerto de una columna: dos trazos y un punto. Camino probado. Me enseñaron a leerlas antes que a leer, en el poblado gris, jugando a seguirlas por el monte. Verlas aquí, a dos jornadas del trono del rey, me hace el efecto de encontrarme mi propia letra en la celda de un condenado.
Vaelia me ve verlas.
—¿Qué es?
Podría gastarme un silencio. Llevo cuatro y me están saliendo caros, y esta vez el silencio no sería mío: sería suyo, porque ella va a caminar por donde caminaron ellos, y no avisar a quien comparte tu cuerda es otra manera de mentir.
—Señales de paso. De la Estirpe. —Le enseño la que tenemos delante—: Dos trazos y un punto, camino probado. Si ves un trazo cruzado, es lo contrario: por ahí no hay paso. —Trago—. Los tres del sur. Van por delante.
Se queda muy quieta. Después asiente una sola vez, despacio, y la voz le sale con esa calma que en ella es lo contrario de la calma:
—Lo sabías desde la mesa de la vieja.
—Sí.
—¿Y a qué vienen, Bren?
—A lo mismo que yo.
Es lo más cerca de la verdad que puedo ponerme sin quemarla entera. La veo recibirlo. La veo entender exactamente qué le estoy ofreciendo y qué le estoy negando, y la veo — esto es lo que no me perdono — decidir otra vez no preguntar. Aprieta la mandíbula, da media vuelta y echa a andar, y yo la sigo por el país de las costillas de hierro con la certeza de que acabo de gastar el crédito que no sabía que aún tenía.
A Osro lo encontramos al segundo día, al pie de un derrumbe viejo que el mapa mandaba rodear.
No hizo falta acercarse para saber que era de los míos: la capa parda, el cordón de cáñamo, las botas de suela cosida del poblado gris. Sí hizo falta acercarse para saber cuál. Tiene la pierna doblada donde las piernas no doblan, y a su alrededor el orden terrible de los que mueren despacio y con método: el odre a mano, la lámpara apagada para ahorrar, la espalda contra la piedra, de cara al camino por el que no iba a venir nadie.
Osro. Me enseñó a vendar. Tenía las manos más suaves del poblado y la fe más dura, y me llamaba chico de hierro porque nunca me veía un golpe morado.
Su carga no está. Los otros dos se la llevaron — la Estirpe no entierra lo útil con lo muerto — y le dejaron lo que la fe manda dejar: nada. Ni un signo, ni una piedra encima. La ceniza no carga con su ceniza. Torin iba con ellos, seguro; conozco esa manera de seguir adelante como se conoce una cicatriz propia. Torin no entierra: avanza.
Me arrodillo. No lo decido: me arrodillo, como se me doblaba la rodilla a los siete inviernos, y hago lo que se hace, porque las manos se acuerdan aunque el credo se me esté agrietando por seis sitios a la vez. Un pulgar de su propia ceniza de lámpara. La frente fría. Las palabras.