De ceniza y fulgor

Capítulo 15 — Añil

El último día bajo tierra, el mapa se queda sin palabras.

La vieja nos lo hizo aprender y quemar, tramo a tramo, y hasta aquí cada legua tenía su seña: cal en las columnas, nudos en los respiraderos, sal en los umbrales. Pero en el trecho final, antes de la subida, lo aprendido dibujaba solo dos cosas: una línea recta, y a un lado, un círculo tachado.

De largo, dijo cuando pregunté. Lo que hay ahí no es mercancía mía, y no se pregunta.

Las bocas de las galerías hondas llevan todo el día bostezando a nuestros flancos, negras y pacientes, y yo llevo todo el día contándolas para no pensarlas. Diecisiete. La dieciocho es distinta.

La dieciocho tiene puerta.

Está al fondo de una galería corta, y la lámpara se queda pequeña delante de ella: una rueda de metal del alto de dos hombres, gris como ningún gris que yo conozca, sin óxido — después de todos los años del mundo, cuando aquí abajo hasta el hierro de las costillas se deshace en escamas —, encajada en la piedra como una moneda en su ranura. Alrededor del borde, signos del alfabeto muerto, en línea, ordenados, como una plegaria contada en vez de rezada. Ni bisagra, ni cerradura, ni asa. Una puerta hecha por gente que no pensaba volver a abrirla.

En el canto de la galería, a la altura del hombro, hay ceniza: un trazo cruzado. Bren me enseñó esa marca en los huesos: la Estirpe la deja donde no hay paso. Torin y el otro estuvieron aquí, midieron esta puerta, y siguieron. Hasta los fanáticos saben cuándo una cerradura les queda grande.

Y entonces me doy cuenta de lo que está haciendo Bren.

Nada. Eso es lo raro: nada. Lleva dos días bajo tierra con el cuello torcido hacia la nota que yo no oigo, con los hombros de quien camina contra una corriente, durmiendo a sorbos — y ahora está quieto delante de la puerta con la cara aflojada, los hombros bajos, respirando hondo como quien sale del agua.

—Aquí no la oigo —dice, muy bajo, casi con miedo de espantar el silencio—. La voz. Es el primer sitio desde el Puente Roto donde… calla.

Un palmo de mundo donde la estrella no canta. Archivo la puerta con letra gorda: la puerta que nadie vende, que no se pregunta, que la Estirpe midió y dejó, y que es el único silencio de verdad en todo el reino. No sé qué guarda. Sé que las cosas que callan tanto suelen tener mucho que decir.

De largo, dijo la vieja. De largo vamos. Pero me llevo el silencio conmigo, como una piedrecita en la bota.

La subida empieza media legua después: galerías que trepan en rampas y escaleras de piedra, aire que va perdiendo el frío de tumba, y de pronto —lo noto antes en las plantas de los pies que en los oídos— el mundo de arriba.

Vaelgar me llega primero por los huesos. Un temblor menudo y continuo: ruedas, miles de pies, martillos, campanas. Una ciudad no se oye, aprendí hoy: se siente desde abajo, como un tambor por dentro. Después llegan los olores colándose por las grietas — humo, caballo, pan, algo agrio — y al final, tras una pared falsa que gira sobre un eje engrasado con mimo de contrabandista, salimos a un sótano lleno de tinajas.

Y el sótano huele a añil.

La casa de arriba es una tintorería, y la tintorería es del color de mi vida entera: cubas de tinte humeando en fila, madejas chorreando índigo, vapor que sabe a planta hervida y a lejía. Nos recibe una mujer de edad indefinida con los brazos azules hasta el codo — azul viejo, azul de años, metido en la piel a fuerza de oficio — que nos mira dos segundos, dice “los de la sal” sin preguntar, y señala una escalera con la barbilla.

Subiendo al desván lo entiendo, y casi me río de lo redondo que es.

Todo el barrio tiñe. Todo el barrio tiene las manos y los brazos azules. El cordón de cada peregrino del reino, el paño de cada estandarte del Asiento, sale de estas cubas — y en estas calles, unas venas azuladas no le llaman la atención a nadie, porque aquí todo azul es tinte hasta que se demuestre lo contrario. La vieja no eligió esta salida por el túnel.

La eligió por la piel.

El desván es largo y bajo, con jergones, un ventanuco a cada punta y madejas secándose en cuerdas como banderas de un país pequeño. La del añil sube pan, queso y una jarra, lo deja todo sin una palabra y se va. La gente de la Llave cobra en silencios; empiezo a entender de dónde los saca Bren tan baratos.

Salimos al anochecer, una hora, a aprender las calles. Es oficio: nunca duermas en un barrio que no sepas correr a ciegas. Me cuelgo de su brazo en el portal — mi marido, otra vez, el gesto gastado de tantos mostradores — y noto el segundo exacto en que los dos recordamos el carro, el palmo de aire, la cara que se apartó. El brazo se le pone de madera. El mío también. Caminamos así, dos casados de mentira hechos de madera, por la ciudad más peligrosa del mundo, y es ridículo lo mucho que pesa un antebrazo.

Vaelgar en vísperas es una fiebre. Guirnaldas azules de tejado a tejado, andamios contra las fachadas, pregoneros cantando el orden del Asiento en cada plaza — ¡tres días, tres días para ver sentar a la estrella! —, peregrinos durmiendo en los soportales por miles, y patrullas, patrullas por todas partes, aburridas y bien pagadas. En una esquina, un poste. En el poste, nosotros: mi altura, mi arco, mi nombre. La tinta está fresca. Paso por delante de mi propio precio colgada del brazo del otro precio, con paso de peregrina cansada, y no me tiembla nada, porque temblar es de gente que puede permitírselo.

Lo que no esperaba es lo otro. Lo de dentro.

Nací aquí. En algún punto de este laberinto de piedra y añil hay una casa, o un cuarto, o un rincón donde mi madre me parió y decidió que este sitio nos mataría. He venido a un lugar del que no puedo acordarme y que no sabe olvidarme: mi cara llegó en sus carros de sal, mi nombre cuelga de sus postes, y sus campanas —ahora que las oigo— suenan a algo que no he oído nunca y que reconozco igual. No es memoria. Es la forma del hueco donde la memoria debería estar.




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