La primera noche dentro de Vaelgar descubro algo que no le voy a contar a nadie, y menos a mí: duermo mejor.
No debería. El Fragmento está a veinte calles, gritando por debajo de la ciudad entera, y llevo desde Puerto Seco nadando contra esa corriente. Pero anoche, en el desván del añil, dormí cuatro horas seguidas por primera vez en dos semanas. Como duermen los borrachos junto al tonel: mal, pero acompañados.
La ceniza no arde dos veces, rezo, y la letanía me sabe a la frente fría de Osro. Todo se me está mezclando. Administro lo que puedo. Cada día puedo menos.
Salimos a trabajar la ciudad con la primera luz. Vaelia delante, capa parda, cuentas de vidrio, mi brazo bajo su mano — la madera de siempre, un grado más blanda desde el trago de agua que le dejó a mi muerto de la vía muerta —, y durante toda la mañana la veo hacer su oficio y entiendo por qué su banda la seguía cuesta abajo contra dieciséis lanzas. Lee la ciudad como yo leo una guardia: cuenta pasos entre patrullas, memoriza tejados, marca fuentes, prueba callejones con la mirada. Verla trabajar una ciudad es ver a un Faro gastar luz: caro y precioso a la vez.
La colina del trono se deja ver desde cualquier parte, que para eso la hicieron. Murallas dentro de murallas, tres anillos, y en la cima el palacio del séptimo Vaelgar abrazado al halo azul. La esquirla no está en el palacio: está debajo. Lo sabe cualquier peregrino y lo confirma mi esternón: el grito sube de la raíz de la colina, de un santuario excavado durante cien generaciones alrededor del Fragmento, allí mismo donde cayó. Le llaman la Cuna. Y la Cuna tiene una sola entrada, una boca de bronce en la falda sur de la colina, la Boca del Trono, que lleva cerrada desde el último Asiento — desde antes de que naciera el padre del rey.
Pasado mañana, al anochecer, se abre.
Los pregoneros cantan la fiesta en cada plaza, y nosotros lo aprendemos a fuerza de oírlo: la Estrella del Sur — mi ataúd, el que perseguí seis días y perdí en una hora — lleva desde su llegada expuesta en el templo del Fulgor, tras una reja, para que los peregrinos la veneren de lejos. La tarde del Asiento la sacarán en procesión por la vía Lumen, engalanada de añil de este barrio, hasta la Boca del Trono. Y allí, delante de cien mil almas, la Boca se abrirá, la estrella entrará a hombros hasta la Cuna, y el rey la sentará junto al Fragmento. Una estrella no se guarda: se asienta. La multitud no entra. Verá la luz de las dos piedras juntas salir por la Boca como un amanecer, y con eso se dará por bendita y contenta.
Una puerta. Un día. Una hora. Todo lo que quiere algo de la Cuna — yo, Torin, los ladrones del mundo entero — tiene que pasar por ese embudo, y ese embudo lo conocen también los que lo guardan: mesas de Criba en las tres puertas de la colina, patrullas dobladas, y arriba, repartidos por las murallas, no menos de cuatro fulgores de Faro que cuento sin querer, como se cuentan las tormentas.
Encuentro la señal de mi gente a media vía Lumen, en el ángulo muerto de un contrafuerte, a la altura del hombro: dos trazos y un punto. Camino probado. Torin ha medido la procesión. No la Boca, no la Cuna: la procesión. Va a golpear la estrella en la calle, a cielo abierto, delante de cien mil testigos, porque para la Ceniza los testigos no son un riesgo: son la congregación. Archivo el frío que me da y sigo andando.
La respuesta a nuestro embudo la encontramos a mediodía, en la plaza del Diezmo, y tiene forma de mesa con cola.
—Cargadores —lee Vaelia en el cartelón, bajito—. Buscan cargadores para la estrella.
La cola da la vuelta a la plaza: hombres y mujeres de espaldas anchas, esperando su turno delante de un funcionario de gris, un cordón azul de premio y una piedra de contacto sobre paño negro. Es la Criba vuelta del revés. Aquí no buscan la luz: la descartan. Cada aspirante empuña la chispa; si parpadea, aunque sea un suspiro de vela, fuera de la fila sin apelación. Solo los que dejan la piedra muerta —los Apagados de verdad, los vacíos comprobados— reciben el cordón trenzado de los Cargadores.
Un peregrino viejo nos lo recita con devoción de catecismo, encantado de instruir a un matrimonio de provincias:
—La estrella no se fía de quien puede beberla, hermanos. Solo el vacío carga la luz. Así fue en el primer Asiento y así será en el último. Cuarenta hombros la suben a la Cuna, y los cuarenta, limpios de fuego. —Y baja la voz, como quien comparte un prodigio—. Este año hasta el Custodio ha bajado de la colina a mirar las listas.
—¿Y eso es raro? —pregunta Vaelia, con su mejor cara de provincias.
—Hermana. —El viejo aprieta la cuenta de vidrio—. No bajó ni cuando enterraron al viejo rey.
Cuarenta Apagados con cordón azul. La única gente de todo el reino que cruzará la Boca del Trono sin ser rey, ni Custodio, ni Faro. La única puerta con el tamaño exacto de nosotros.
Si somos lo que la piedra diga que somos.
Se lo digo a Vaelia en un tejado del añil, con la ciudad rugiendo abajo y el halo encendiéndose con el anochecer, y la veo llegar a la esquina del problema dos palabras antes que yo:
—Ninguno de los dos ha tocado nunca una.
—No.
—¿Y qué haría la chispa en tu mano, Bren? ¿Nada, porque no la necesitas? ¿O amanecer dos veces, como dijiste en el Portazgo?
—No lo sé.
—Últimamente no dices otra cosa. —Pero no hay filo en la frase; hay cálculo. La veo darle vueltas a la moneda del riesgo y decidir lo que decide siempre el oficio—. Pues se acabó el no saber. Mañana consigo una chispa. Pequeña, de estraperlo, del mercado de la sal. Y la probamos aquí arriba, de noche, tú y yo solos, antes de apostarnos el cuello en una plaza llena. Se llama ensayar, Solo Bren. Te enseñé a dejar que te pegaran; ahora te enseño esto.
Tiene razón en todo, y por eso tardo dos latidos de más en asentir. Porque hay una cosa que ella no sabe y que la piedra sí va a saber: que una parte de mí, pequeña, educada y paciente, lleva desde la Durmiente esperando justo esto. Un motivo honrado para tocar una.