El mercado de la sal despierta antes que la ciudad, y vende de todo menos sal.
Está donde los mercados de verdad: detrás del mercado de mentira, en un patio de columnas comidas al que se llega preguntando por lo que no existe. Ayer fue sal negra; hoy es vidrio de lágrima, que es como llaman aquí a las chispas sin sello de la corona. Me atiende un viejo con mitones y ojos de tasador, en un puesto que vende botones por delante y reinos por detrás, y durante un rato todo va como debe ir: regateo, teatro, una lágrima de lázuli del tamaño de una uña envuelta en fieltro sobre el mostrador.
Y entonces el viejo me mira a la cara. A la cara de verdad, por primera vez, porque en su oficio mirar caras es de mala educación.
Y envejece.
Le pasa lo que le pasó a la Llave: años, de golpe, cruzándole el gesto como una corriente de aire. Se le van los ojos a mi frente, a mi boca, a algo en mi cara que yo no puedo ver porque llevo toda la vida mirándola desde dentro, y la mano con la que sostenía el fieltro se le queda quieta en el aire.
—Llévatela —dice, con otra voz—. Al precio que dijiste tú, no al mío. Llévatela, no vuelvas, y tápate más, muchacha. Esta ciudad tiene memoria de sobra y a ti te sobra cara.
Pago y no discuto, porque discutir es quedarse. Y al girarme lo veo por el rabillo del ojo hacer un gesto pequeño y viejísimo — dos dedos a la frente, el puño al pecho, medio segundo — que no es del Fulgor ni de la Ceniza ni de ningún credo que yo tenga en el registro. Un saludo. O un luto. O las dos cosas.
No es lo único que veo. En la sombra de las columnas hay un hombre de mediana edad y ropa mediana que lleva demasiado rato eligiendo botones, y que deja de elegirlos justo cuando el viejo envejece, y que se marcha del patio un instante antes que yo. Camina como quien no tiene prisa. La gente que no tiene prisa de verdad no lo demuestra tanto.
Doy tres vueltas de manzana, dos iglesias y un mercado de pescado antes de volver al añil, y no vuelvo a verlo. Eso no significa nada, y lo sé, y lo archivo: la ciudad me está reconociendo. El viejo, la Llave, el hueco donde debería estar mi memoria. Empiezo a entender que no vine a Vaelgar a esconderme.
Vine a que me encontrara.
Bren vuelve al anochecer con polvo de la vía Lumen en las botas y un silencio de los caros. No pregunto qué ha ido a buscar por la ruta de la procesión, porque los dos sabemos qué se busca por ahí: señales de ceniza, a la altura del hombro, en los ángulos muertos. Por su cara, no ha encontrado más. Por su cara, eso es peor.
Cenamos pan con queso, cerramos los postigos, y monto en el suelo del desván una mesa de Criba de juguete: un paño oscuro, una vela, y la lágrima de lázuli en el centro, pequeña y azul y quieta como un ojo que espera.
—Las reglas del ensayo —digo, con la voz de capitana, porque uno de los dos tiene que ponérsela—. Se empuña, se cuenta hasta diez, se suelta. Si parpadea, se apaga y se repite. Nadie toca a nadie: la piedra va y viene sola por el paño. ¿Entendido?
—Entendido.
Voy primero. Es mi plan; es mi mano.
Cerrar los dedos alrededor de la chispa es lo más raro que he hecho en veintitrés años de hacer cosas raras. No pesa; tira. No hacia abajo: hacia dentro. Es como apoyar la mano en una puerta entornada y descubrir una habitación entera de aire empujando desde el otro lado. La brasa se me revuelve, curiosa, y la aplasto con el mismo gesto con que llevo aplastándola toda la vida delante de la gente: quieta, abajo, no es contigo.
La piedra no despierta. Cuento hasta diez con el puño cerrado y sigue igual de apagada que en el paño. La suelto y respiro.
—Muerta —digo, y me sale un pelo de chulería, porque el alivio hay que gastarlo en algo—. ¿Ves? Ensayar.
Le toca. Empuja la lágrima por el paño hacia él sin rozarme, con ese cuidado de deudor que nos hemos puesto los dos desde el carro, y la envuelve en la mano.
Y la piedra respira.
Medio latido. Un resplandor azul colándose entre sus dedos, fino como un suspiro de vela. Tan rápido que si no llevara la vida contando cosas juraría que lo he soñado. No lo he soñado. Y lo que tampoco he soñado es lo otro, lo que le pasa por la cara el instante antes del esfuerzo, antes de la mandíbula y del sudor en la sien y de la cara que puso levantando la losa de los huesos:
Las ganas.
Un latido de hambre pura, vieja, educada, y los ojos puestos en la piedra como se mira un pozo desde el borde. Después llega el esfuerzo y lo entierra, y la chispa muere, y Bren cuenta hasta diez con la voz plana y la suelta en el paño y dice:
—Otra vez.
—Bren…
—Otra vez.
Otra vez. Y otra. Y otra. Le doy la piedra y la apaga antes de que nazca; se la doy y la luz le gana medio latido; se la doy y ni parpadea. Ensayamos como me enseñó a mí el hambre y a él su gente: hasta que el cuerpo lo haga solo.
A la décima le tiembla el pulso. A la vigésima tiene la camisa pegada a la espalda y la misma palidez que cuando levantó la losa de los huesos, así que paro el ensayo y le paso el pan. Lo devora como comía yo en mis peores noches.
A este hombre, contener una lágrima del tamaño de una uña le cuesta lo que mover una montaña.
Y pasado mañana — mañana — le vamos a pedir que lo haga con el Faro de la Grava a tres pasos. Y si sale bien, el premio es cargar al hombro, durante toda la vía Lumen, una piedra un millar de veces más grande.
—¿Qué sientes? —le pregunto en una de las pausas, bajito, sin voz de capitana. El aire del desván está espeso de añil y de vela y de todo lo que no nos decimos, y a oscuras las preguntas caras salen más baratas; eso ya lo aprendimos bajo tierra.
Se mira la palma. Tarda. Cuando contesta, me da un trozo de verdad con los bordes en carne viva:
—Una puerta. Que empuja del otro lado.
No pregunto qué hay al otro lado. Hay silencios que se compran y silencios que se respetan, y empiezo a saber distinguirlos.