De ceniza y fulgor

Capítulo 18 — El único silencio

La del añil nos hunde los brazos en la cuba una hora antes del alba, sin ceremonia, como se bautiza a los que no tienen tiempo.

—Tintoreros —dice, mirándonos secar el índigo a la luz del candil—. Ahora tenéis oficio, gremio y dos nombres que me debéis. Los tintoreros son gente vacía de toda la vida; nadie que arda tiene que meter los brazos en lejía doce horas al día. —Y ya en la escalera, lo más parecido a una bendición que sabe dar—: No parpadeéis.

La plaza del Diezmo al alba es un rebaño de espaldas anchas. Doscientos aspirantes para cuarenta cordones, funcionarios de gris, la piedra de contacto — más grande que nuestra lágrima, del tamaño de un huevo — sobre su paño negro. Y a tres pasos de la mesa, quieto como un ídolo mal apagado, el Faro de la Grava.

No mira las caras. Mira las manos. Toda la mañana, aspirante tras aspirante: los nudillos, la muñeca, el segundo exacto en que los dedos se cierran sobre la chispa. Los mentirosos viven en las manos, y este hombre lleva media vida cobrándoles el alquiler.

Vaelia pasa primero.

La veo avanzar con su andar de peregrina cansada, los brazos azules hasta el codo, y envolver la piedra con la misma naturalidad con que anoche envolvió la lágrima: diez cuentas, la piedra muerta como el paño y un bostezo que no se molesta en ocultar. El funcionario le anuda el cordón trenzado a la muñeca. El Faro no le dedica ni un latido de más.

A mí me lo dedica.

Noto su atención posarse en mis manos antes de tocar la piedra, un peso frío y paciente, y hago lo único que sé hacer con el peso: administrarlo. Cierro los dedos sobre la chispa.

Y la puerta empuja.

Empuja el doble que la lágrima, y detrás de la puerta — debajo de la plaza, debajo de la ciudad, debajo de todo — el Fragmento ruge su nota de siempre, y la parte de mí pequeña, educada y paciente se pone en pie y dice ahora, aquí, delante de todos, bebe.

Anoche compramos cincuenta cuentas para pagar estas diez. Empiezo.

Uno. Dos, y aprieta. Tres, cuatro, y la piedra no pesa: tira, hacia dentro, con una paciencia que reconozco. Cinco. La ceniza no arde dos veces. Seis, siete, y el sudor me baja por la columna como agua de deshielo. Ocho. Nueve…

Diez.

Abro la mano y la chispa cae al paño, oscura, ordinaria y aburrida.

—Vacío —dice el funcionario, y busca un cordón.

—¿Oficio? —dice otra voz.

El Faro. A tres pasos que de pronto son uno. De cerca es peor que en el desfiladero: la piel más luz que piel, los ojos de un pálido de años quemados, y esa transparencia azulada de los que pagan con el cuerpo.

—Tintorero —contesto, y levanto los antebrazos azules, y algo se me ríe por dentro sin ningún respeto: el cazador de marcas escondidas escrutando unas marcas de tinte puestas a propósito.

Los brazos. Los nudillos.

—Cuarenta hombros para una estrella —dice a nadie—. Que no tropiece ninguno.

Me suelta con la mirada. El funcionario me anuda el cordón y camino hacia Vaelia midiendo los pasos para no correrlos.

Llego a su lado, y lo primero que me llega es un apretón seco en mi antebrazo, sus ojos clavados a mi izquierda. Peligro.

Y ahí está, abriéndose paso entre el rebaño con un sargento y cuatro lanzas detrás: un hombre de mediana edad y ropa mediana, con la cara encendida de quien ha pasado la noche atando cabos y ha venido al alba a cobrar. No lo he visto en mi vida. Ella sí.

Nos movemos antes de que abra la boca. Sin correr — correr en una plaza con un Faro es ponerse en la fila que no es —, en diagonal, rebaño adentro, dos tintoreros con su cordón, de vuelta al tajo. A mi espalda lo oigo subir la voz: esa, la de la trenza, la del edicto, os digo que es—, y detrás, el ruido que hace la gente cuando la apartan.

Vaelia corre la ciudad como me juró que sabría: a ciegas. Llegamos a un patio de lavanderas con dos salidas. Cruzamos un andamio por debajo mientras la patrulla pasa al otro lado. Entramos en una iglesia del Fulgor abarrotada de vigilia, nos mezclamos con la cabeza gacha, como dos devotos más. No mostramos dones ni gestos imposibles. Solo oficio, sudor y la ciudad en vísperas prestándonos su tamaño.

Los perdemos en el barrio del añil, a dos calles de la tintorería, entre el vapor de las cubas. Pero perderlos no es borrarlos: la duda sigue sembrada, y el barrio va a estar mirando hasta el anochecer.

—Al desván no subimos —resume Vaelia contra la pared de un callejón, con el pecho yendo y viniendo—. Hasta la hora de la procesión, arriba no hay sitio para nosotros.

Abajo sí. Abajo siempre.

La pared falsa gira, el sótano nos traga, y bajamos a los huesos con una lámpara y el corazón todavía al galope. Y en la oscuridad de las costillas de hierro me pasa una cosa que no le confieso ni al eco: mis pies saben adónde van. No hacia la nota. Por primera vez, mis pies tiran en contra de la nota, hacia el único lugar del reino que llevo dos días guardando en el bolsillo del pecho como se guarda la última moneda.

La galería dieciocho. La Puerta.

El silencio llega como aire a quien se ahoga.

Un paso y la nota sigue en mis huesos. El siguiente, y se corta.

Nada. Mi cabeza es una habitación con una sola persona dentro.

Me apoyo en la piedra y respiro como no sabía que se me había olvidado respirar.

Vaelia deja la lámpara en el suelo y comprueba la galería con el oficio de siempre.

Y la galería contesta.

Voces. Una luz de aceite creciendo al fondo de las costillas. Gente de la Llave moviendo sal, o una patrulla con suerte. Hoy da igual: nuestras caras están en todos los postes.

Vaelia ahoga la lámpara y el mundo se borra. Un tirón en mi manga, dos pasos a ciegas, y al tercero tropiezo. No me deja caer — siempre ella —, una sola mano clavada en mi brazo, y el impulso lo decide por nosotros: acabamos los dos en el hueco de la Puerta, pensado para uno, ocupado por dos, como el fondo de aquel carro. Mi espalda da contra el metal gris; ella, entera, contra mí; los brazos se me cierran solos.




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