Después de tanto romperse, aprendió una lección que nunca quiso aprender:
Sentir dolía demasiado.
Así que dejó de mostrarlo.
Poco a poco construyó una versión de sí misma que nadie pudiera volver a herir. No nació de la confianza, sino del miedo.
Se pintó las uñas de negro.
Llenó sus manos de anillos, como si cada uno pudiera protegerla de un nuevo golpe.
Apretó el corsé hasta que apenas podía respirar, porque era más fácil soportar la falta de aire que dejar escapar lo que llevaba dentro.
Por fuera, parecía inquebrantable.
Su mirada era fría.
Su postura, firme.
Su silencio imponía distancia.
Nadie imaginaba que aquella fortaleza era solo una armadura.
Debajo del corsé seguía latiendo un corazón lleno de grietas.
Las mariposas rojas dejaron de sangrar.
Pero no porque hubieran sanado.
Simplemente cambiaron.
Sus alas se volvieron negras, pesadas como el hierro, incapaces de volar. Ya no dejaban caer gotas de sangre; ahora permanecían inmóviles, aferradas a su pecho como cadenas invisibles.
Cada una representaba una emoción que decidió encerrar.
El miedo.
La tristeza.
La culpa.
La rabia.
Pensó que controlándolo todo lograría sobrevivir.
Controlar sus palabras.
Controlar sus lágrimas.
Controlar sus gestos.
Controlar a quién dejaba acercarse.
Y durante un tiempo funcionó.
Nadie volvió a verla romperse.
Pero tampoco volvieron a verla realmente.
Porque la armadura que la protegía también la aislaba.
El corsé no solo sostenía su cuerpo.
También mantenía prisionero su corazón.
Y la mariposa negra, atrapada entre las costillas, batía las alas con un esfuerzo silencioso, recordándole que ninguna jaula, por elegante que parezca, deja de ser una jaula.
Ella seguía de pie.
Seguía respirando.
Seguía sobreviviendo.
Pero sobrevivir nunca fue lo mismo que vivir.