De cristal roto a palomas blancas

Capítulo 5: Reloj de Bolsillo Suspendido

Después del incendio...

Llegó el silencio.

No uno tranquilo, sino uno tan profundo que parecía tragarse hasta el sonido de la propia respiración.

La rabia se apagó de golpe.

No porque hubiera desaparecido, sino porque ya no quedaban fuerzas para sostenerla.

Todo quedó inmóvil.

Como si el mundo hubiera dejado de avanzar.

En medio de aquella quietud, un reloj de bolsillo colgaba suspendido en el aire. Su cadena se balanceaba lentamente, sin caer jamás. Las agujas permanecían detenidas entre un segundo y el siguiente.

Nunca marcaban una nueva hora.

Nunca retrocedían.

Solo esperaban.

Frente a él había dos manos.

Una pertenecía al pasado.

La otra, a un futuro que todavía no existía.

Estaban tan cerca que parecía imposible que no llegaran a tocarse.

Pero siempre quedaba un pequeño espacio entre ellas.

Un vacío que solo podía cruzarse con una decisión.

Ella observó el reloj durante lo que parecieron días.

O quizá solo fueron unos segundos.

En aquel lugar, el tiempo había dejado de tener sentido.

Por primera vez desde que todo comenzó, no lloraba.

No gritaba.

No sentía rabia.

Solo existía una pregunta que pesaba más que cualquier otra.

¿Qué hago ahora?

Podía seguir aferrándose a todo lo que la había destruido.

A las palabras.

A los recuerdos.

Al dolor.

A la persona que ya no era.

O podía abrir la mano...

Y dejar que el peso cayera.

Pero soltar daba miedo.

Porque, cuando el sufrimiento te acompaña durante tanto tiempo, termina pareciendo parte de tu identidad.

¿Quién sería ella sin ese dolor?

No tenía la respuesta.

El reloj continuó suspendido.

Las agujas seguían inmóviles.

Esperando.

Porque hay momentos en los que la vida no avanza ni retrocede.

Solo contiene la respiración.

Y ese instante, aunque parezca eterno, es donde nacen las decisiones que cambian un destino.

Ella cerró los ojos.

Inspiró lentamente.

Sintió el peso del pasado en una mano...

Y la incertidumbre del futuro en la otra.

Todavía no eligió.

Pero, por primera vez, comprendió que la decisión siempre había estado en sus propias manos.

El reloj seguía suspendido.

Esperando el siguiente segundo.

Esperándola a ella.




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