El reloj volvió a moverse.
No hizo falta un gran estruendo.
Solo un pequeño tic.
Y fue suficiente.
Ella abrió la mano.
No porque el dolor hubiera desaparecido.
No porque el pasado dejara de existir.
Sino porque comprendió que seguir aferrándose solo prolongaba el peso que cargaba desde hacía tanto tiempo.
La rabia cayó primero.
Después, el rencor.
Luego, la culpa.
No desaparecieron por completo; simplemente dejaron de gobernarla.
Sintió un vacío.
Pero, por primera vez, aquel vacío no daba miedo.
Era espacio.
Espacio para volver a respirar.
Cerró los ojos.
El silencio regresó, aunque esta vez no era un enemigo. Era un refugio.
Entonces ocurrió.
De entre las grietas de su pecho comenzaron a salir pequeñas mariposas.
No eran rojas.
No eran negras.
Sus alas brillaban con un profundo color morado, como el cielo justo antes del amanecer. Cada movimiento era suave, delicado, casi como una melodía que el viento había olvidado cantar.
Ya no goteaban.
Ya no pesaban.
Simplemente volaban.
Cada una llevaba consigo una parte de lo que antes había sido una herida.
El miedo se convirtió en prudencia.
La tristeza en sensibilidad.
La rabia en fortaleza.
Y el dolor...
El dolor dejó de ser una cadena para convertirse en una canción.
No una canción alegre.
Sino una de esas melodías que hacen llorar y sonreír al mismo tiempo, porque recuerdan que sobrevivir también puede ser un acto de belleza.
Ella permaneció inmóvil, con los ojos cerrados y una mano sobre su corazón.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentaba escapar de sí misma.
Estaba aprendiendo a quedarse.
A escucharse.
A tratarse con la misma compasión que siempre había reservado para los demás.
Las mariposas moradas siguieron elevándose hacia la luz, sin prisa, como si conocieran un camino que ella apenas comenzaba a descubrir.
Aún había cicatrices.
Aún existían noches difíciles.
La sanación nunca fue un viaje recto.
Pero ahora lo sabía.
Las cicatrices no eran prueba de que estuviera rota.
Eran la evidencia de que había sobrevivido.
Y mientras las mariposas desaparecían en el horizonte, una última nota resonó dentro de ella.
No venía del mundo.
Venía de su propio corazón.
Era la música de alguien que, después de perderse entre cristales, túneles, corsés, fuego y tiempo detenido...
Había decidido empezar a encontrarse.
Porque la transformación no consiste en olvidar quién fuiste.
Consiste en abrazar cada una de tus versiones, incluso las que más dolieron, y permitir que todas ellas vuelen juntas hacia un nuevo comienzo.