De Dama A Reina

Capítulo 0 - Prólogo: Me Arrepiento De No Haber Sido Reina

Era el día de la ejecución de Petronilla.

Un amanecer gris había descendido sobre la capital del Imperio de Kadye, cubriendo sus tejados, torres y calles empedradas con una luz mortecina que parecía más propia de un crepúsculo que del comienzo de un nuevo día.

El sol había salido hacía horas, pero permanecía oculto detrás de una gruesa capa de nubes.

No llovía.

Todavía.

Sin embargo, el olor de la tierra húmeda impregnaba el aire, mezclándose con el humo de las antorchas que continuaban ardiendo en algunos postes de hierro forjado y con el sudor de los cientos, quizá miles, de personas que se habían congregado desde antes del amanecer.

Todos querían verlo.

El juicio ya había terminado.

La sentencia había sido dictada.

Los rumores habían recorrido las tabernas, los mercados y las mansiones aristocráticas durante días, deformándose cada vez que pasaban de boca en boca.

La reina había conspirado contra el Emperador.

La reina había intentado asesinar a una mujer embarazada.

La reina había tratado de acabar con el heredero imperial antes incluso de que naciera.

La reina había intentado matar a Su Majestad.

La familia Grochester había traicionado a la Corona.

Aquella mañana, la capital obtendría la conclusión de esa historia.

Sangre.

—¡Dicen que intentó envenenarlo!
—¡No! Mi cuñado trabaja cerca de las cocinas del palacio. Dice que contrató asesinos.
—¿A Su Majestad?
—A la marquesa.
—¡Es lo mismo! ¡La marquesa lleva al hijo imperial!
—¡Traidores!
—¡Que mueran todos!

Las voces se superponían unas con otras hasta convertirse en un rumor constante y desagradable.

Algunas personas gritaban con auténtica furia.

Otras lo hacían simplemente porque quienes estaban a su alrededor también gritaban.

Había comerciantes que habían cerrado sus establecimientos durante unas horas para asistir al acontecimiento.

Sirvientes que se habían escabullido de las mansiones de sus amos.

Artesanos, soldados retirados, ancianas, jóvenes, mendigos e incluso padres que habían llevado a sus hijos pequeños sobre los hombros para que pudieran ver por encima de la multitud.

Para algunos era justicia.

Para otros, entretenimiento.

Y para unos pocos que observaban en silencio, quizá era simplemente miedo.

Normalmente, los alrededores del Palacio Imperial estaban sumidos en una quietud casi solemne.

El sonido más frecuente era el de los cascos de los caballos de la Guardia Imperial o el lejano eco de los pasos de los sirvientes recorriendo los patios interiores.

Las enormes banderas doradas de Kadye ondeaban desde las torres del palacio y, durante los días tranquilos, parecían símbolos de una estabilidad imposible de quebrantar.

Aquella mañana parecían observar una sentencia.

A poca distancia de los muros del palacio se encontraba la plaza Gervianen.

Durante siglos había sido uno de los lugares más importantes de la capital.

Allí se habían celebrado proclamaciones.

Victorias militares.

Festividades.

Coronaciones.

También ejecuciones.

Y esa mañana nadie recordaba las fiestas.

En el centro exacto de la plaza habían levantado un patíbulo de madera.

Sobre él se erguía una guillotina.

Su estructura era alta, oscura y severa.

La madera, ennegrecida por los años y pulida en algunos lugares por el uso, contrastaba con el brillo limpio del acero suspendido sobre el cuello de madera.

La hoja parecía casi demasiado nueva.

Demasiado afilada.

Cada vez que un tenue rayo de sol conseguía atravesar las nubes, el metal devolvía un destello frío que hacía apartar la mirada a algunos espectadores.

Patrizia no podía apartarla.

No al principio.

Después había bajado la cabeza y se había obligado a observar las piedras.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Contó las grietas que atravesaban el pavimento.

Luego volvió a empezar.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Había descubierto durante las horas que pasó allí que resultaba sorprendentemente sencillo concentrarse en algo inútil cuando la alternativa era pensar en la propia muerte.

Estaba arrodillada sobre las piedras húmedas.

Tenía las muñecas atadas a la espalda con una cuerda gruesa que le había abierto la piel en varios puntos.

Cada pequeño movimiento hacía que las fibras ásperas se hundieran todavía más en las heridas.

Sus tobillos también estaban sujetos.

El vestido que llevaba puesto había sido azul alguna vez.

Un azul oscuro y elegante, apropiado para una joven noble perteneciente a la casa Grochester.

Ahora estaba cubierto de barro.

El dobladillo había sido rasgado.

Una de las mangas tenía una abertura desde el hombro hasta casi el codo.

Había manchas de humedad, polvo y lágrimas secas.

Patrizia volvió a contar las grietas.

Seis.

Siete.

Ocho.

No debía mirar a la guillotina.

No debía mirar a la multitud.

Y, sobre todo, no debía mirar a sus padres.

Fracasó.

Levantó lentamente la cabeza.

Su padre estaba arrodillado varios metros a su derecha.

Resultaba difícil reconocer en aquel hombre al noble que durante tantos años había dirigido la casa Grochester.

Siempre había sido un hombre de espalda recta y voz firme.

Patrizia lo recordaba dando instrucciones a los administradores de sus tierras, recibiendo invitados en el salón principal de la residencia familiar o reprendiendo con infinita paciencia a sus dos hijas cuando alguna travesura infantil terminaba con un jarrón roto.

Ahora tenía los hombros encorvados.

El cabello desordenado.

Los ojos enrojecidos.

A pocos pasos de él se encontraba su madre.

Ella tenía la cabeza inclinada y los labios se movían constantemente.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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