De Dama A Reina

Capítulo 1 - Lady Patrizia

—¡Ah!

Patrizia despertó gritando.

Su cuerpo se incorporó violentamente sobre la silla, como si una fuerza invisible acabara de arrancarla de un sueño profundo.

Durante varios segundos no pudo respirar.

Sus manos se aferraron con desesperación a los bordes del escritorio frente a ella.

Madera.

Sintió madera bajo sus dedos.

Madera lisa.

Pulida.

Tibia.

No las tablas ásperas del patíbulo.

Patrizia abrió los ojos completamente.

Frente a ella había un oscuro escritorio de caoba.

Sobre él descansaba un libro abierto.

Varias páginas estaban cubiertas de anotaciones escritas con una letra que conocía demasiado bien.

La suya.

Había una pequeña lámpara sobre uno de los extremos del escritorio, aunque estaba apagada porque la luz del día entraba abundantemente por las ventanas.

Una cortina blanca se movía suavemente con la brisa.

Patrizia permaneció inmóvil.

No entendía nada.

Miró sus manos.

Después el escritorio.

Después la habitación.

Y finalmente a sí misma.

Estaba sentada.

Viva.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Yo...

La voz apenas consiguió salir de su garganta.

—Yo estaba...

Muerta.

La palabra apareció inmediatamente en su mente.

Muerta.

No inconsciente.

No dormida.

No herida.

Muerta.

Por fin había muerto.

Patrizia cerró los ojos.

Y entonces lo recordó.

El patíbulo.

El viento frío contra su rostro.

Los gritos de la multitud.

El olor a sangre.

La voz del Emperador.

La marquesa Phelps sentada junto a él.

El cuerpo de Petronilla.

La guillotina.

La madera fría bajo su cuello.

El sonido del mecanismo.

El acero descendiendo.

Un silbido.

Luego...

Nada.

Patrizia llevó ambas manos hasta su cuello.

—¡Ah...!

Retrocedió bruscamente.

Su espalda chocó contra el respaldo de la silla.

Los dedos recorrieron desesperadamente su garganta.

No había herida.

No había sangre.

No había corte.

Su cabeza seguía unida a su cuerpo.

Patrizia comenzó a temblar.

—Estaba muerta...

Murmuró.

Su voz sonó extraña dentro de aquella habitación silenciosa.

Demasiado real.

Demasiado viva.

El recuerdo regresó con una precisión aterradora.

Podía recordar perfectamente la frialdad de la madera.

El peso de las ataduras.

El miedo que había tratado desesperadamente de controlar.

Y, por encima de todo, el instante en que la hoja cayó.

Patrizia volvió a llevarse una mano al cuello.

Su corazón latía tan rápido que parecía querer romperle las costillas.

—No...

Sus dedos presionaron la piel.

Nada.

Ni siquiera una cicatriz.

Lo que más la desconcertó no fue la ausencia de una herida.

Fue el miedo.

Sentía miedo.

Miedo auténtico.

Profundo.

Incontrolable.

Y el miedo era una emoción que solo los vivos podían sentir.

Los muertos no temblaban.

Los muertos no jadeaban.

Los muertos no sentían que el corazón se les escapaba del pecho.

Los muertos no podían recordar la muerte y aterrorizarse por ella.

Patrizia observó lentamente la habitación.

—Pero... ¿Cómo?

La pregunta salió sola.

El sonido de su propia voz perforó el silencio.

Patrizia se quedó congelada.

Había escuchado su propia voz.

Otra imposibilidad.

Los muertos tampoco oían.

Al menos eso creía.

Entonces...

¿Qué era aquello?

¿El más allá?

¿Una ilusión?

¿Un sueño?

¿Alguna clase de castigo?

Patrizia miró a su alrededor con mayor atención.

Conocía aquella habitación.

Por supuesto que la conocía.

Pero su mente estaba demasiado confundida para identificarla inmediatamente.

Las paredes estaban cubiertas con un papel tapiz color marfil.

Una estantería ocupaba casi toda la pared izquierda.

Había libros de historia, política, literatura clásica y tratados económicos cuidadosamente ordenados.

En el alféizar de la ventana había una pequeña maceta que reconoció vagamente.

Un reloj marcaba la hora desde una mesa lateral.

Y frente al escritorio había una alfombra azul oscuro.

Patrizia sintió un escalofrío.

Aquello no podía ser el cielo.

Y definitivamente no parecía el infierno.

Era...

Familiar.

Demasiado familiar.

Bajó la mirada hacia el libro.

Estaba abierto por la mitad.

Patrizia pasó lentamente un dedo por el borde de una página.

La textura del papel era real.

Su respiración volvió a detenerse.

Movió la página.

El número marcado en la esquina cambió.

Patrizia lo observó fijamente.

Una página.

Después otra.

Volvió hacia atrás.

El papel obedecía.

Podía tocarlo.

Podía moverlo.

Pero aquello todavía no era suficiente.

Quizá estaba soñando.

Un sueño podía sentirse real.

Patrizia apretó los labios.

Necesitaba una prueba.

Algo que un sueño no pudiera reproducir.

Al menos eso quería creer.

Levantó lentamente una mano.

La observó durante un segundo.

Después se golpeó la mejilla.

—¡Jiag!

El sonido resonó en la habitación.

Patrizia abrió mucho los ojos.

Una punzada aguda atravesó su rostro.

—Duele...

Murmuró.

Se llevó inmediatamente la mano a la mejilla.

La piel ardía.

Patrizia se quedó en silencio.

Duele.

El dolor.

También era real.

Sus dedos recorrieron la zona enrojecida.

—Estoy...

No pudo continuar.

Inspiró profundamente.

—Estoy viva.

Decirlo en voz alta no hizo que sonara más razonable.

Todo lo contrario.

Patrizia miró sus manos otra vez.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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