Patrizia no podía encontrar una explicación lógica para lo que había ocurrido.
Había intentado pensar en ello una y otra vez desde que comprendió dónde se encontraba.
Un sueño.
Una alucinación.
El último delirio de una mujer condenada.
Una ilusión creada por su mente durante el instante anterior a la muerte.
Todo aquello habría resultado más fácil de aceptar.
Pero no.
El dolor de la bofetada que ella misma se había dado todavía ardía ligeramente sobre su mejilla.
La habitación era real.
El aire era real.
La luz que entraba por las ventanas era real.
Y, sobre todo...
Petronilla era real.
Patrizia permaneció mirándola durante varios segundos.
Su hermana seguía frente a ella, con una expresión de preocupación que poco a poco comenzaba a convertirse en impaciencia.
Aquellos ojos.
Claros.
Vivos.
Brillantes.
No eran los ojos apagados de la mujer que había caminado hacia la guillotina.
No estaban llenos de resignación.
No estaban buscando desesperadamente a un esposo que jamás se levantaría para salvarla.
Eran los ojos de la Petronilla de diecinueve años.
De su hermana.
De Nilla.
Viva.
Respirando.
Completamente ajena al destino que, en otra vida, la esperaba tres años después.
Patrizia sintió que una presión dolorosa se formaba nuevamente en su pecho.
La imagen apareció sin que pudiera evitarlo.
Petronilla arrodillada.
El vestido blanco manchado.
La hoja suspendida sobre ella.
Su madre gritando.
Su padre intentando levantarse.
Y aquella mirada final.
Amor.
Incluso al final, su hermana había muerto amando al hombre que había permitido su ejecución.
Patrizia apretó lentamente las manos.
No.
Esta vez no.
No importaba cómo había ocurrido.
No importaba qué poder había hecho retroceder el tiempo.
No importaba si era voluntad de Dios, del destino o simplemente un milagro inexplicable.
Si aquella era realmente una nueva vida...
Entonces significaba que se le había concedido una oportunidad.
Una oportunidad que la Patrizia de veintidós años había deseado desesperadamente mientras la guillotina descendía sobre su cuello.
Si pudiera volver atrás...
Nunca dejaría que su hermana se convirtiera en reina.
Había pronunciado esas palabras dentro de su corazón.
Y ahora estaba allí.
Tres años antes.
Justo antes de la decisión que había cambiado todo.
Patrizia levantó lentamente la mirada.
Petronilla seguía hablando.
—Entonces podemos hacer algún juego sencillo. Podríamos lanzar una moneda, aunque eso sería demasiado aburrido. O quizá...
—Hermana mayor.
Petronilla se detuvo.
—¿Hmm?
Sonrió.
—¿Qué pasa, Rizi?
Patrizia observó su rostro.
Por un instante quiso simplemente abrazarla otra vez.
Quiso decirle que nunca entrara al Palacio Imperial.
Que jamás mirara al Emperador.
Que se mantuviera alejada de aquel hombre aunque tuviera que abandonar la capital.
Pero no podía.
¿Cómo iba a explicarlo?
¿Debía decirle que había muerto?
¿Que toda la familia había terminado ejecutada?
¿Que Petronilla se enamoraría del Emperador y que ese amor acabaría destruyéndola?
Nadie creería una historia semejante.
Quizá ni siquiera Patrizia habría creído algo así si otra persona se lo hubiera contado.
Por lo tanto, tendría que actuar sola.
—No tenemos que jugar ningún juego para decidir quién será la candidata a reina.
Petronilla parpadeó.
—¿Por qué?
La pregunta fue completamente inocente.
Patrizia sintió una punzada dolorosa.
¿Por qué?
Porque la última vez que jugaron, tú perdiste tu vida.
Porque terminaste enamorada.
Porque fuiste acusada.
Porque vi cómo te cortaban la cabeza.
Porque padre, madre y yo morimos después de ti.
Porque no pienso volver a verte sobre aquel patíbulo.
Pero nada de eso salió de sus labios.
En cambio, Patrizia dejó aparecer una pequeña sonrisa.
Una sonrisa amarga que Petronilla no comprendió.
—Seré yo.
Petronilla ladeó la cabeza.
—¿Qué?
Patrizia respiró profundamente.
Esta vez habló con mayor firmeza.
—Yo seré la candidata a reina.
El silencio cayó sobre la habitación.
Petronilla permaneció completamente inmóvil.
Patrizia pudo ver el momento exacto en que sus palabras fueron comprendidas.
Primero sorpresa.
Después incredulidad.
Y finalmente algo que Petronilla intentó ocultar, aunque no lo consiguió.
Alivio.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Tú, tú?
Patrizia levantó una ceja.
—No conozco otra Patrizia en esta habitación.
Petronilla abrió la boca.
Luego la cerró.
—Pero...
—¿Pero?
—Ayer dijiste que no.
Patrizia guardó silencio.
—No.
Continuó Petronilla.
—No solo dijiste que no. Dijiste que preferirías encerrarte durante veinte años en una biblioteca antes que convertirte en reina.
Patrizia recordó vagamente haber dicho algo semejante.
En aquella época odiaba las ceremonias.
Le desagradaban los eventos sociales demasiado largos.
Y la sola idea de vivir bajo las estrictas normas de la familia imperial le había parecido insoportable.
Qué pequeños habían sido sus problemas entonces.
—También dijiste.
Añadió Petronilla.
—Que la reina tenía que sonreír durante horas frente a personas que probablemente no soportaba.
—Eso sigue siendo cierto.
—Y dijiste que no querías casarte con un hombre que no conocías.
Patrizia sintió que algo frío atravesaba su pecho.
Lucio.
Ahora sí lo conocía.
Mucho más de lo que habría querido.
—También sigue siendo cierto.
Petronilla frunció el ceño.