De Dama A Reina

Capítulo 3 - Nombre Tabú

—La señorita Raphaella del marqués Bringstone, la señorita Greta del conde Arjeldo, la señorita Barbara del marqués D'ival, la señorita Patrizia del marqués Grochester y, por último, la señorita Tricia del duque Vasi.

El hombre terminó de recitar los cinco nombres y dejó escapar un suspiro.

—Ahí los tienes.

La mujer que permanecía recostada cómodamente frente a él sonrió con evidente satisfacción.

—Gracias.

Él la observó con desaprobación.

—Ahora explícame por qué querías saberlo.

Ella ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?
—Porque llevas toda la mañana insistiendo.
—¿No se me permite preguntar?
—No he dicho eso.
—Entonces no veo el problema.

El hombre entrecerró los ojos.

Aquella respuesta evasiva era demasiado propia de ella.

—Rosemond.

La joven sonrió todavía más.

—¿Sí, Su Majestad?

Lucio soltó una respiración y apoyó un brazo sobre el respaldo del diván.

La estancia privada del Emperador permanecía completamente aislada del bullicio del resto del Palacio Imperial.

Las pesadas cortinas mantenían fuera buena parte de la luz del día y el fuego bajo de la chimenea proporcionaba una temperatura agradable.

Allí no había consejeros.

Ni ministros.

Ni nobles buscando favores.

Ni funcionarios esperando una decisión imperial.

Solo Lucio.

Y Rosemond.

La joven había conseguido convertir aquellas habitaciones en un lugar casi exclusivamente suyo durante el último año.

—¿Por qué querías conocer los nombres de las candidatas a reina?

Preguntó nuevamente Lucio.

Rosemond jugó distraídamente con uno de sus mechones rosados.

—¿Por qué no?
—Esa no es una respuesta.
—A mí me parece perfectamente válida.
—Rose.

Ella sonrió.

—¿No debería la amante del Emperador conocer los nombres de las mujeres que podrían convertirse en su esposa?

Lucio se quedó observándola.

Ahí estaba.

Finalmente.

—Entonces sí estás celosa.

La sonrisa de Rosemond se debilitó apenas.

—¿Celosa?
—Eso parece.
—No seas absurdo.
—Me hiciste repetir los cinco nombres dos veces.
—Porque la primera vez hablaste demasiado rápido.
—Y preguntaste de qué familias provenían.
—Curiosidad.
—También sus edades.
—Más curiosidad.

Lucio comenzó a sonreír.

Rosemond frunció ligeramente los labios.

—No te burles.
—No me estoy burlando.
—Sí lo estás haciendo.
—Solo me resulta interesante.
—¿Qué cosa?
—Verte celosa.

Rosemond apartó la mirada con una pequeña mueca.

—No tengo derecho a estar celosa.

La sonrisa de Lucio desapareció un poco.

—¿Qué quieres decir?

Ella bajó los ojos.

Su voz se volvió deliberadamente más suave.

—Solo soy una amante sin nombre.

Lucio frunció el ceño.

Aquella frase consiguió exactamente el efecto que Rosemond esperaba.

Llevaba casi un año junto al Emperador.

Desde poco después de que Lucio hubiera ascendido al trono.

Pero aun así, oficialmente, Rosemond no era una concubina imperial.

Poseía su propio título.

Baronesa.

Tenía acceso a ciertas áreas privilegiadas del palacio gracias al favor de Lucio y prácticamente todos los residentes conocían la naturaleza de su relación.

Sin embargo, su posición seguía siendo irregular.

La razón era sencilla.

El trono de la reina permanecía vacío.

Y según las costumbres de la Corte, reconocer formalmente una concubina antes de seleccionar una reina podía interpretarse como una humillación contra la futura Emperatriz.

Lucio ya había prometido solucionarlo.

—Te daré el título de concubina en cuanto la reina sea elegida.

Rosemond no respondió.

Lucio inclinó ligeramente la cabeza.

—¿No será suficiente?

Ella continuó jugando con sus dedos.

—No lo sé.
—Rosemond.
—¿Qué?
—Mírame.

Rosemond levantó lentamente la mirada.

Su expresión parecía dolida.

Lucio no sabía que una buena parte de aquella tristeza era deliberada.

La verdad era que Rosemond no se encontraba particularmente incómoda con su situación actual.

Su título de baronesa le permitía conservar cierta independencia.

El favor imperial le abría prácticamente cualquier puerta importante.

Los nobles sabían perfectamente quién era.

Los funcionarios también.

Y ningún sirviente sensato se atrevería a tratarla mal sabiendo que dormía regularmente en las habitaciones del Emperador.

Pero aquello no significaba que no quisiera más.

Mucho más.

—Sabes que eres la única mujer que quiero.

Dijo Lucio.

Rosemond lo contempló.

—No lo sé.
—Claro que lo sabes.
—Entonces deberías expresarlo mejor.
—¿Cómo quieres que lo haga?

Rosemond se cruzó de brazos.

—Por ejemplo...

Hizo una pausa intencionada.

—Podrías empezar por evitar que todo el mundo recuerde constantemente que no tengo una posición oficial.

Lucio frunció el ceño.

—¿Quién hace eso?

Rosemond bajó la mirada.

—No importa.
—Rose.
—No quiero causarte problemas.

Aquellas palabras consiguieron que Lucio se incorporara.

—¿Quién?

Su tono había cambiado.

Ya no era el hombre relajado que conversaba con su amante.

Era el Emperador.

—¿Quién te ha faltado al respeto?

Rosemond tuvo que contener una sonrisa.

Exactamente como esperaba.

—No es necesario...
—Si alguien del palacio te ha tratado de manera inapropiada, quiero saber quién.

La voz de Lucio se endureció.

—Dímelo.

Rosemond dejó escapar una pequeña respiración.

—Algunas sirvientas me ignoran.

Lucio endureció la mandíbula.

—¿Qué sirvientas?
—Lucio.
—Nombres.

Rosemond lo miró con dulzura.

No había ninguna sirvienta.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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