La duquesa Ephreney dejó que el silencio se prolongara durante unos segundos.
Las cinco candidatas permanecían de pie frente a ella, vestidas con el mismo blanco impecable, rodeadas por las miradas inquisitivas de los nobles y funcionarios reunidos en el salón.
Patrizia ya sabía qué iba a escuchar.
O, al menos, creía saberlo.
Había recuperado aquel recuerdo apenas unos momentos antes.
Una conversación con su padre.
Una explicación casual sobre la primera prueba que Petronilla había enfrentado tres años atrás.
Si realmente todo continuaba siguiendo el mismo curso...
La duquesa habló.
—Tendrán tres horas para bordar algo que exprese su verdadero ser.
Hubo un pequeño murmullo entre los espectadores.
Patrizia permaneció inmóvil.
Después sintió que las comisuras de sus labios amenazaban con elevarse.
Así que era verdad.
Exactamente la misma prueba.
No una variante.
No una temática parecida.
La misma.
Un concurso de bordado.
Patrizia bajó discretamente la mirada para ocultar cualquier reacción innecesaria.
No debía sonreír.
Si alguien interpretaba aquella expresión como exceso de confianza, podría atraer una atención que no deseaba.
Pero no podía negar que sentía cierta satisfacción.
Había predicho correctamente el futuro.
Eso significaba que, al menos hasta ese momento, los acontecimientos que no había alterado continuaban desarrollándose de la misma forma.
Era información importante.
También peligrosa.
Porque si las pruebas eran iguales...
Quizá muchas otras cosas también podían serlo.
Patrizia levantó nuevamente la mirada.
No.
Eso no tenía por qué preocuparla ahora.
Petronilla no estaba allí.
Solo aquello ya había cambiado demasiado.
—Pueden comenzar.
Ordenó la duquesa.
Las candidatas fueron conducidas hacia cinco mesas separadas.
Sobre cada una habían dispuesto un aro de bordado, agujas, telas y una amplia selección de hilos.
Patrizia tomó asiento.
Apenas lo hizo, las otras cuatro jóvenes comenzaron a trabajar.
Tricia examinó los hilos durante unos segundos y escogió varios con sorprendente seguridad.
Greta también pareció tener una idea clara.
Barbara comenzó a dibujar discretamente unas líneas sobre la tela.
Raphaella observó los materiales con una expresión peculiar y después tomó una aguja.
Patrizia, en cambio, no hizo nada.
Se quedó mirando el círculo vacío de tela blanca.
¿Qué expresaba su verdadero ser?
Aquella pregunta le habría resultado interesante en otra situación.
Quizá incluso habría disfrutado analizándola.
Pero no allí.
No cuando cada puntada podía acercarla o alejarla de una corona que no quería.
Patrizia apoyó ligeramente los dedos sobre la mesa.
Era buena bordando.
Muy buena, de hecho.
Su madre se había asegurado de que ambas hermanas recibieran la educación correspondiente a jóvenes nobles.
Música.
Historia.
Literatura.
Administración doméstica.
Etiqueta.
Bordado.
Petronilla siempre se había aburrido antes que ella.
Patrizia había desarrollado bastante habilidad simplemente porque tenía más paciencia.
No significaba que disfrutara hacerlo.
Precisamente por eso debía tener cuidado.
Si deliberadamente producía un trabajo mediocre, los evaluadores podían notarlo.
Y una cosa era perder una selección.
Otra muy distinta era hacer quedar mal a la casa Grochester frente a buena parte de la aristocracia imperial.
Su padre no merecía eso.
La familia tampoco.
Debía ser competente.
Pero olvidable.
Aceptable.
Pero nunca extraordinaria.
Una candidata respetable que nadie recordaría después de la coronación de otra mujer.
Ese era el equilibrio.
Patrizia miró nuevamente la tela.
—Qué complicado...
Murmuró apenas.
No porque bordar lo fuera.
Fracasar correctamente sí.
Durante varios minutos se limitó a observar los hilos.
Rojo.
Azul.
Verde.
Dorado.
Violeta.
Blanco.
Nada le inspiraba.
Las demás candidatas ya habían avanzado considerablemente.
Patrizia no tenía prisa.
Tres horas eran más que suficientes.
Incluso podía permitirse perder tiempo.
Quizá eso ayudara.
Levantó la mirada discretamente.
Y, por accidente, sus ojos encontraron al Emperador.
Lucio.
Patrizia sintió que el cuerpo se le endurecía.
Él estaba sentado en el lugar reservado para Su Majestad, observando el desarrollo de la prueba con una serenidad casi distante.
Desde aquella posición podía estudiarlo mejor que el día anterior.
En su primera vida lo había visto muchas veces.
Como cuñado.
Como Emperador.
Como esposo de su hermana.
Y finalmente...
Como el hombre que había ordenado su muerte.
Corten sus cabezas.
La voz reapareció en su memoria.
Patrizia apretó ligeramente los dedos bajo la mesa.
Lucio era apuesto.
Negarlo sería absurdo.
Poseía facciones fuertes y bien definidas, cabello negro y unos ojos profundos que, vistos desde cierta distancia, parecían casi azules bajo determinada luz.
Entendía perfectamente por qué muchas mujeres podían sentirse atraídas por él.
Petronilla lo había hecho.
Demasiado.
Patrizia desvió la mirada durante un segundo.
Aquello seguía resultándole extraño.
Mirar a Lucio y recordar que en otra vida aquel hombre había sido parte de su familia.
Su cuñado.
Había compartido mesas con él.
Había acudido a eventos donde él estaba presente.
Había observado a Petronilla intentando desesperadamente llamar su atención.
Ahora Lucio ni siquiera sabía quién era Patrizia más allá de un nombre dentro de una lista.