La prueba final estaba cada vez más cerca.
Desde que había llegado al Palacio Imperial, Patrizia había procurado mantenerse distante de todo lo que pudiera involucrarla demasiado en la selección.
Había cumplido con las reglas.
Había mantenido la etiqueta correspondiente a una hija de marqués.
Había evitado avergonzar a su familia.
Pero nada más.
La primera prueba había sido una molestia.
La segunda, una forma particularmente elaborada de perder tres horas.
Y ahora solo quedaba una.
Una última prueba.
Después de aquello, todo terminaría.
Al menos eso esperaba.
Patrizia se encontraba junto a las otras cuatro candidatas dentro del gran salón de evaluación.
El ambiente era distinto.
Más solemne.
Más pesado.
Incluso los nobles que ocupaban los asientos laterales parecían guardar mayor silencio que durante las pruebas anteriores.
Era comprensible.
Aquel día no se evaluaría simplemente una habilidad más.
Después de aquello se escogería a la mujer destinada a convertirse en reina.
La esposa del Emperador.
La futura madre, probablemente, del próximo heredero.
Patrizia respiró con calma.
No estaba nerviosa.
O, al menos, no de la misma manera que antes.
Después de sobrevivir a varios días dentro del palacio, encontrarse nuevamente con Rosemond, ver a Lucio y descubrir que algunos acontecimientos seguían repitiéndose exactamente como los recordaba, había comenzado a sentirse más firme.
Más segura.
Había aprendido una cosa importante.
El futuro podía cambiar.
Y ella ya lo había cambiado.
Petronilla estaba en casa.
Tricia había sido la única en resolver correctamente la segunda prueba.
Todo parecía indicar que la candidata del ducado Vasi recibiría la corona.
Patrizia solo necesitaba superar aquella última jornada.
Nada más.
Entonces Lucio se levantó.
El movimiento del Emperador hizo que el salón quedara completamente en silencio.
Patrizia levantó la mirada.
Por primera vez durante aquella selección, observó directamente a Lucio sin apartar inmediatamente los ojos.
Era exactamente como lo recordaba.
Cabello negro.
Postura impecable.
Rostro inexpresivo.
Y aquella mirada.
Fría.
Distante.
Como un océano en invierno.
Patrizia sintió una punzada desagradable.
Había visto aquellos mismos ojos mirar a Petronilla muchas veces.
Siempre con distancia.
Siempre sin otorgarle aquello que su hermana desesperadamente buscaba.
Calidez.
Afecto.
Amor.
Aquellas emociones parecían reservadas únicamente para otra mujer.
Rosemond.
El nombre surgió sin invitación.
Patrizia recordó a Petronilla esperando.
Una noche.
Después otra.
Preguntando si el Emperador acudiría a sus aposentos.
Escuchando siempre alguna excusa.
Su Majestad está ocupado.
Su Majestad tiene trabajo.
Su Majestad no podrá venir esta noche.
Y, mientras tanto, prácticamente todo el palacio sabía dónde estaba Lucio.
Con Rosemond.
Patrizia sintió rabia.
La emoción apareció rápidamente.
Demasiado.
Se mordió el labio.
Dolor.
Aquello bastó para devolverla al presente.
No.
No podía hacer eso.
Había demasiadas personas allí.
Un solo gesto mal interpretado podía provocar comentarios.
Patrizia relajó lentamente la mandíbula.
El pasado era el pasado.
Petronilla no era la reina.
No había sufrido nada de aquello.
Todavía no.
Y Patrizia haría todo lo necesario para que nunca ocurriera.
Lucio habló.
—Estoy a punto de anunciar la última prueba.
Su voz fue clara.
Serena.
Sin emoción.
Patrizia observó a las otras candidatas.
Tricia estaba recta y completamente atenta.
Barbara parecía contener los nervios.
Greta mantenía las manos juntas delante de sí.
Raphaella tenía una expresión sorprendentemente seria.
Ninguna recibió una palabra de ánimo.
Ni un reconocimiento por haber llegado hasta aquella etapa.
Nada.
Claro que no.
Patrizia sintió cierta ironía.
¿Qué esperaba?
¿Que Lucio sonriera y les agradeciera por competir por el privilegio de convertirse en su esposa?
Casi tuvo ganas de reír.
No lo hizo.
Lucio continuó:
—A lo largo de la historia del Imperio Mavinous, la reina ha sido uno de los principales pilares de apoyo del Emperador.
Patrizia escuchó en silencio.
—Su posición no se limita a acompañar al soberano. Existen responsabilidades administrativas, sociales y dinásticas que requieren una preparación constante.
Hasta ahí, Patrizia no podía discutir nada.
Era cierto.
La reina no era una simple esposa.
Tenía deberes.
Muchos.
Lucio hizo una breve pausa.
—Por esa razón, la salud de la reina es de suma importancia.
Patrizia casi soltó una carcajada.
Tuvo que bajar ligeramente la mirada.
Salud.
Qué magnífica preocupación.
Lucio hablando sobre la importancia de la salud de la reina.
Si la situación no fuera tan absurda, quizá le parecería divertida.
En su vida anterior, Petronilla había enfermado varias veces.
Nada especialmente grave al principio.
Fiebres.
Agotamiento.
Insomnio.
Más tarde, el desgaste emocional había hecho que su salud empeorara.
¿Cuántas veces Lucio había acudido personalmente?
Patrizia podía contarlas sin utilizar todos los dedos de una mano.
En cambio...
Rosemond tosía una vez.
El médico imperial aparecía.
Rosemond decía sentirse mareada.
El palacio entero parecía movilizarse.
Rosemond tenía dolor de cabeza.
Lucio cancelaba compromisos.
Patrizia sintió cómo la ira regresaba.