De Dama A Reina

Capítulo 7 - ¿Le Gustas Al Emperador?

La respuesta de Patrizia llegó a la residencia Grochester aquella misma mañana.

Petronilla apenas terminó de leerla.

—¿Puedo ir?

Volvió a mirar la carta.

Después otra vez.

Una sonrisa comenzó lentamente a extenderse por su rostro.

—¡Puedo ir!

La doncella que se encontraba frente a ella dio un pequeño respingo.

—¿Mi señora?

Petronilla ya se había levantado.

—Dile al cochero que prepare el carruaje.
—Pero...
—Y dile a Marie que traiga mi vestido azul.

La criada parpadeó.

—Lady Petronilla, ¿No desea terminar primero el desayuno?

Petronilla miró hacia la mesa.

Después hacia la carta.

Después nuevamente a la sirvienta.

—No.
—Mi señora...
—Comeré en el palacio.
—No creo que...
—Entonces comeré cuando regrese.

La criada suspiró.

Petronilla ya estaba caminando hacia la puerta.

—¡Mi señora, al menos termine el té!
—¡No tengo tiempo!

La joven salió de la habitación con paso apresurado.

La criada contempló la taza todavía humeante.

—Pero el Palacio Imperial no va a desaparecer...

Apenas unas horas después, el carruaje de los Grochester atravesó las puertas exteriores del Palacio Imperial.

Petronilla permaneció prácticamente pegada a la ventana durante los últimos minutos del trayecto.

Había sentido curiosidad por aquel lugar desde niña.

Naturalmente.

¿Quién no la sentiría?

Era el corazón político del Imperio Mavinous.

El lugar donde vivía el Emperador.

Donde se tomaban decisiones capaces de modificar la vida de millones de personas.

Y ahora...

El lugar donde viviría su hermana.

La idea seguía pareciéndole increíble.

Patrizia.

Su Rizi.

Reina.

Petronilla sonrió.

—Todavía no puedo creerlo.

El carruaje se detuvo.

Un sirviente abrió la puerta.

—Lady Petronilla Le Grochester.

Ella descendió.

Al principio contempló el palacio con admiración.

Después recordó para qué había ido y comenzó a caminar prácticamente antes de que la criada asignada pudiera indicarle la dirección.

—Mi señora.

Petronilla se volvió.

—¿Sí?
—Por aquí.
—Ah.

Sonrió avergonzada.

—Claro.

Siguió a la mujer.

A medida que atravesaba los corredores, su curiosidad aumentaba.

Todo era más impresionante de lo que había imaginado.

Los techos altos.

Las columnas.

Los cuadros.

Las enormes ventanas.

Las insignias imperiales.

También resultaba intimidante.

Demasiado formal.

Demasiado silencioso en algunos lugares.

Petronilla pensó que Patrizia probablemente encajaría mucho mejor allí que ella.

Rizi podía pasar horas en completo silencio.

Petronilla probablemente habría terminado hablando con las estatuas.

Finalmente llegaron a una puerta.

La sirvienta hizo una reverencia.

—Lady Patrizia la está esperando.

Petronilla ya estaba sonriendo antes de que la puerta terminara de abrirse.

Patrizia levantó la cabeza.

Durante un instante las dos hermanas simplemente se miraron.

Después ambas hablaron al mismo tiempo.

—¡Nilla!
—¡Rizi!

Toda dignidad imperial desapareció.

Petronilla prácticamente corrió hacia ella.

Patrizia hizo exactamente lo mismo.

Se abrazaron.

Con fuerza.

Demasiada, probablemente.

Mirya, que se encontraba a poca distancia, desvió discretamente los ojos con una pequeña sonrisa.

—¡Te extrañé!

Dijo Petronilla.

Patrizia soltó una risa contra su hombro.

—Solo fue una semana.
—¡Fue muchísimo!
—Siete días.
—Exactamente. Siete días enteros.

Patrizia se apartó apenas lo suficiente para verla.

Petronilla estaba bien.

Sin heridas.

Sin moretones.

Sin aquel vestido blanco manchado de sangre.

Patrizia sintió que el pecho se le aflojaba.

Todavía tenía momentos como ese.

Instantes en los que necesitaba verla de cerca para convencerse de que realmente seguía viva.

Petronilla tomó su rostro entre ambas manos.

—Mírate.
—¿Qué?
—¡Mi hermana es la reina!

Patrizia hizo una mueca.

—Todavía no.
—Futura reina.
—Eso es más correcto.

Petronilla abrió dramáticamente los ojos.

—Oh, Dios.

Retrocedió un paso.

Después realizó una reverencia exageradamente profunda.

—Saludos a Su Majestad Imperial.

Patrizia la miró inexpresivamente.

—Nilla.
—¿Sí, Su Majestad?
—Levántate.
—Como ordene Su Majestad.
—Petronilla.

La joven se incorporó riendo.

—Espera.

Se llevó una mano a la boca.

—¿Ahora debería llamarte Su Majestad la Emperatriz cada vez que te vea?

Patrizia extendió la mano y le dio un pequeño golpe en la frente.

—¡Ay!
—No.
—¡Golpeaste a una noble!
—Soy futura reina. Supongo que puedo permitírmelo.

Petronilla abrió la boca con indignación.

Patrizia finalmente comenzó a reír.

—Llámame como siempre.
—Pero...
—Nilla.

Su expresión se suavizó.

—Ser reina no cambia el hecho de que soy tu hermana.

Petronilla dejó de bromear.

Durante unos segundos observó a Patrizia.

Después sonrió.

—Está bien.
—Bien.
—Cuando estemos solas.

Patrizia suspiró.

—Eso puedo aceptarlo.
—En público tendré que comportarme correctamente.
—Gracias.
—Aunque quizá de vez en cuando olvide hacerlo.
—Eso también lo esperaba.

Petronilla soltó una risa.

Patrizia señaló uno de los sillones.

—Ven.
—¿Qué?
—Siéntate.
—¿Por qué?
—Has venido directamente desde casa.
—Estoy perfectamente.
—Nilla.
—Rizi.
—Siéntate.

Petronilla levantó ambas manos.

—Está bien.

Tomó asiento.

Patrizia se sentó frente a ella.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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