De Dama A Reina

Capítulo 8 - Vive Como Si No Estuvieras Aquí

Patrizia permaneció inmóvil.

Lucio estaba frente a ella.

Había abandonado el lugar junto a la cama de Petronilla y ahora se encontraba a pocos pasos, mirándola con una expresión que Patrizia no consiguió interpretar del todo.

¿Molestia?

¿Impaciencia?

¿Desaprobación?

Tal vez las tres.

El Emperador extendió una mano.

—Levántate.

Patrizia bajó la mirada hacia ella.

Durante unos segundos no reaccionó.

Aquella mano.

La mano del hombre que, en otra vida, había firmado la sentencia de muerte de su familia.

La mano del esposo que Petronilla había amado durante tres años.

La mano del hombre que había permanecido sentado mientras la cabeza de su hermana caía bajo la guillotina.

Patrizia sintió que el estómago se le revolvía.

Pero aquel no era el momento para pensar en Lucio.

Miró nuevamente hacia la cama.

Petronilla seguía inconsciente.

Pálida.

Quietísima.

Demasiado.

El miedo volvió a atravesarla.

¿Qué había visto?

¿Qué había ocurrido realmente en aquel jardín?

Lucio había dicho que Petronilla había sufrido algún tipo de shock.

Pero ¿Provocado por qué?

Patrizia recordó súbitamente su propia experiencia en aquel mismo jardín.

Ella había visto a Lucio allí.

Solo.

Pero Petronilla...

Una idea apareció.

Patrizia palideció.

No.

No podía ser.

Sus ojos regresaron lentamente hacia Lucio.

¿Había encontrado a Rosemond con él?

La respuesta parecía demasiado probable.

Petronilla había permanecido en el palacio hasta el atardecer.

Rosemond vivía allí.

Lucio también.

Los rumores sobre ambos eran ciertos.

Y si Nilla había visto a su futuro cuñado acompañado de su amante...

Patrizia cerró los dedos.

Eso explicaría la indignación.

Quizá el impacto.

Pero no...

No explicaba del todo un desmayo.

No de aquella magnitud.

Petronilla no era tan frágil.

Podía ser sentimental.

Soñadora.

Romántica hasta lo absurdo algunas veces.

Pero no se desmayaría simplemente porque el futuro esposo de su hermana tuviera una amante cuya existencia ya conocía mediante rumores.

Entonces...

¿Por qué?

Patrizia sintió una inquietud todavía más profunda.

Una parte de ella quiso agarrar a Lucio por el cuello.

Exigirle que le dijera dónde había estado.

Con quién.

Qué había visto Petronilla.

Qué había sucedido exactamente antes de que la encontraran inconsciente.

La imagen fue tan absurda que casi consiguió devolverla a la realidad.

Ella no podía interrogar de esa manera al Emperador.

Mucho menos siendo su futura esposa.

Y aunque pudiera...

¿Qué le preguntaría?

¿Viste a mi hermana desmayarse después de contemplarte con la mujer que en otra vida destruyó nuestra familia?

Ridículo.

Lucio seguía esperando.

Su mano continuaba extendida.

—¿Vas a quedarte ahí?

Su voz sonó ligeramente más irritada.

Patrizia apretó la mandíbula.

Su parte racional habló antes que cualquier otra emoción.

No podía rechazarlo abiertamente.

Negarse a aceptar la ayuda del Emperador delante de sirvientes y miembros del palacio podía interpretarse como una falta de respeto.

Pronto sería reina.

Cada gesto suyo comenzaría a ser observado.

Analizado.

Comentado.

Y si quería sobrevivir dentro de aquel lugar, tendría que aprender algo que Petronilla nunca había conseguido dominar por completo.

Separar lo que sentía de lo que mostraba.

Patrizia volvió a mirar la mano de Lucio.

Después colocó lentamente la suya sobre ella.

—...Gracias.

La palabra le produjo una amargura inesperada.

Odiaba agradecerle.

Odiaba todavía más necesitar hacerlo.

Lucio cerró los dedos alrededor de su mano y tiró con firmeza.

Patrizia logró ponerse de pie.

El tobillo reaccionó inmediatamente.

—Ah...

Apretó los dientes.

Lucio bajó brevemente la mirada.

—Estás herida.
—No es importante.
—Eso parece bastante importante.

Patrizia levantó los ojos hacia él.

—Mi hermana está inconsciente.

Lucio guardó silencio.

Aquello fue suficiente.

Patrizia retiró la mano.

—Gracias, Su Majestad.

Lucio no respondió.

Ella tampoco esperaba que lo hiciera.

Comenzó a caminar hacia la cama.

Un paso.

Dolor.

Otro.

Mucho más dolor.

Cada movimiento parecía clavarle algo ardiente dentro del tobillo.

Pero siguió.

Mirya se acercó para sostenerla.

—Mi señora...
—Estoy bien.
—No lo está.
—Después.

Mirya entendió.

La ayudó a avanzar.

Finalmente Patrizia llegó hasta la cama.

—Nilla...

Su voz se quebró.

Se sentó con dificultad junto a ella.

La mano de Petronilla estaba fría.

Patrizia la tomó inmediatamente entre las suyas.

—Hermana...

Las lágrimas volvieron.

Había intentado detenerlas.

No pudo.

Cayeron sobre las sábanas blancas.

—Despierta.

Susurró.

No hubo respuesta.

—Por favor.

Patrizia inclinó la cabeza.

Sus dedos se aferraron a la tela.

—No me hagas esto otra vez.

Nadie entendió aquellas palabras.

Mirya pensó que hablaba del desmayo.

Lucio no preguntó.

Pero Patrizia sabía a qué se refería.

No mueras otra vez.

No desaparezcas otra vez.

No me obligues a verte así.

El silencio se prolongó.

Lucio observó a las dos hermanas durante algunos segundos.

Patrizia no le prestó atención.

Toda su atención estaba puesta sobre Petronilla.

Finalmente, escuchó pasos.

Lucio se dirigía hacia la puerta.

No dijo nada.

Ni palabras de consuelo.

Ni promesas.

Ni siquiera una despedida.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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