De Dama A Reina

Capítulo 9 - ¿Quieres Hacer Un Trato?

—Sí.

La respuesta de Lucio fue breve.

Demasiado sencilla.

Patrizia permaneció sentada frente a él, observando detenidamente su expresión.

No había vergüenza.

Ni incomodidad.

Ni siquiera parecía molesto porque ella hubiera mencionado directamente el rumor sobre su amante durante la noche de bodas.

Simplemente lo había admitido.

—Entonces es verdad.

Dijo Patrizia.

Lucio sostuvo su mirada.

—Sí.

Otra vez.

Sin excusas.

Sin explicaciones.

Sin intentar fingir que Rosemond era una simple amiga o una noble favorecida por la Corona.

Patrizia no supo si aquello debía aliviarla o irritarla.

Por lo menos no era un hipócrita en ese aspecto.

Tenía una amante.

La quería.

Y no iba a negarlo.

Patrizia entrelazó lentamente los dedos sobre su regazo.

Una parte de ella podía comprender, aunque fuera mínimamente, la posición de Lucio.

Los emperadores no elegían libremente a sus esposas.

No de la misma manera que una persona corriente.

El matrimonio imperial tenía demasiado peso político.

Linaje.

Alianzas.

Sucesión.

Estabilidad.

Una reina no era seleccionada únicamente porque el Emperador se hubiera enamorado de ella.

Lucio tampoco había escogido realmente a Patrizia como un hombre elegía a la mujer con quien quería compartir su vida.

Existía una corte.

Una selección.

Familias nobles.

Evaluaciones.

Intereses.

En ese sentido...

Quizá también era prisionero de su posición.

Patrizia podía reconocerlo.

Pero comprender algo no significaba aceptarlo todo.

Porque si bien Lucio podía ser un hombre obligado a casarse por razones imperiales, Patrizia sería la mujer que pagaría parte del precio.

Ella tendría que ser reina mientras otra mujer poseía el corazón de su esposo.

Ella tendría que soportar los rumores.

Ella tendría que conservar su dignidad.

Y, si su vida anterior servía de advertencia, sería también ella quien terminaría en peligro si la amante imperial adquiría demasiado poder.

Así que no.

No sentía suficiente compasión como para bajar la guardia.

Lucio se reclinó ligeramente en la silla.

—Ahora que lo sabes, esto debería ser más sencillo.

Patrizia levantó una ceja.

—¿Más sencillo para quién?

Lucio no respondió inmediatamente.

Eso ya era una respuesta.

Patrizia casi sonrió.

Por supuesto.

Para él.

Todo aquel encuentro había sido para él.

Para asegurarse de que la nueva reina no interfiriera con Rosemond.

Para advertirle.

Para establecer límites.

Lucio no había ido a aquella habitación a conocer a su esposa.

Había ido a proteger a su amante.

Patrizia lo miró con recelo.

—Si has venido hasta aquí para hablarme de ella...

Hizo una pausa.

—Supongo que quieres que la trate con respeto.

Lucio levantó ligeramente las cejas.

—Eres bastante aguda.

Patrizia sintió una irritación inesperada.

Era probablemente la primera vez que Lucio la elogiaba.

Y había conseguido hacer que un cumplido sonara como un insulto.

Interesante habilidad.

—No era difícil deducirlo.

Respondió.

Lucio la estudió.

—Rosemond permanecerá en el palacio.
—Lo imaginé.
—Y recibirá una posición adecuada.

Así que también eso seguía el camino que Patrizia conocía.

Una concubina oficial.

Probablemente baronesa Phelps por un tiempo.

Luego...

Patrizia cortó el pensamiento.

No.

Esta vida no tenía por qué llegar tan lejos.

—No espero tu amor.

Dijo con calma.

Lucio se quedó inmóvil.

Quizá esperaba una reacción distinta.

Celos.

Protestas.

Lágrimas.

Patrizia no le daría ninguna.

—Tampoco pretendo interferir en tu relación con tu amante.

Los ojos de Lucio se estrecharon apenas.

—Mientras ella no interfiera conmigo.

Silencio.

Patrizia continuó:

—No levantaré una mano contra Rosemond mientras ella no haga nada contra mí, contra mi posición o contra mi familia.

Lucio sostuvo su mirada.

—Bien.

Solo eso.

Patrizia sintió que había llegado el momento.

Lucio había venido para imponer condiciones.

Pero una negociación en la que solo una parte exigía cosas no era una negociación.

Era obediencia.

Y Patrizia no había vuelto de la muerte para obedecer sin pensar.

—Entonces...

Lucio la miró.

Patrizia apoyó las manos sobre los brazos de la silla.

—¿Qué harás por mí?

El Emperador frunció el ceño.

—¿Qué?

Esa reacción provocó en Patrizia una satisfacción pequeña pero inmediata.

No se lo esperaba.

Bien.

—Has escuchado perfectamente.
—No comprendo qué estás insinuando.
—No estoy insinuando nada.

Patrizia habló con absoluta tranquilidad.

—Estoy proponiendo un intercambio.

Lucio se enderezó ligeramente.

—¿Un intercambio?
—Tú quieres que acepte la existencia de tu amante.
—...
—Quieres que no interfiera.
—Sí.
—Quieres que mantenga la dignidad de la Corona mientras tú continúas esa relación.

Lucio permaneció en silencio.

Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.

—Todo eso tiene un precio.

Por primera vez desde que había entrado en la habitación, Lucio pareció verdaderamente interesado.

—¿Estás intentando negociar conmigo?
—Sí.
—Soy el Emperador.
—Lo sé.
—Y tú acabas de convertirte en reina.
—También lo sé.

Patrizia no apartó los ojos.

—Precisamente por eso deberíamos entendernos desde el principio.

Lucio dejó escapar una pequeña risa sin humor.

—Hablas como si estuviéramos discutiendo un tratado comercial.
—En cierta manera lo estamos.

Aquello hizo que su expresión cambiara.



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En el texto hay: mentiras, renacimiento, amor celos

Editado: 05.09.2026

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