Patrizia permaneció observando las montañas de documentos que cubrían su escritorio.
Presupuestos.
Registros.
Correspondencia.
Inventarios.
Informes de mantenimiento.
Listas de empleados.
Gastos ceremoniales.
Solicitudes procedentes de las diferentes residencias pertenecientes a la Familia Imperial.
Aquello representaba solo una pequeña parte de la administración interna del palacio.
La duquesa Ephreney permanecía sentada frente a ella, completamente serena.
Un año.
Eso había propuesto.
Patrizia dedicaría aproximadamente un año a estudiar mientras la duquesa continuaba administrando los asuntos de la Casa Imperial.
A primera vista, la sugerencia era razonable.
Ephreney poseía una década de experiencia.
Patrizia llevaba apenas unos días siendo reina.
Retirar inmediatamente a una administradora competente únicamente para demostrar autoridad sería una estupidez.
Patrizia lo entendía perfectamente.
Pero había una diferencia enorme entre aceptar ayuda...
Y entregar su autoridad.
Levantó lentamente los ojos.
—Duquesa.
—Sí, Su Majestad.
—¿Eso es tradición?
Ephreney pareció desconcertada.
—¿Perdón?
—Lo que acaba de proponer.
Patrizia entrelazó los dedos sobre el escritorio.
—Que durante un año la reina permanezca prácticamente excluida de la administración mientras otra persona continúa tomando las decisiones.
La duquesa corrigió inmediatamente:
—No dije que estaría excluida, Su Majestad.
—Entonces quizá la entendí mal.
El tono de Patrizia era perfectamente cortés.
Precisamente por eso resultaba difícil saber cuánto había de desafío en sus palabras.
—Explíqueme cuál sería mi función.
Ephreney guardó silencio durante un instante.
—Su Majestad estudiaría los procedimientos correspondientes.
—Eso ya lo entendí.
—Podría observar el funcionamiento de la Casa Imperial y...
—¿Observar?
La duquesa se detuvo.
Patrizia no levantó la voz.
No era necesario.
—¿Las reinas anteriores también hicieron eso?
—La tradición es...
Ephreney dudó ligeramente.
Patrizia lo notó.
—¿Sí?
—Existen diversos precedentes.
—¿No asumieron las reinas, tarde o temprano, las responsabilidades dejadas por sus predecesoras?
—Sí, Su Majestad.
—Entonces estamos de acuerdo.
Ephreney respiró discretamente.
—Algunas asumieron las responsabilidades inmediatamente. Otras necesitaron un periodo de formación.
—¿Cuántas?
La duquesa pareció sorprendida por la pregunta.
—No tengo la cifra exacta en este momento.
Patrizia señaló uno de los libros.
—Estoy segura de que aparecerá en algún lugar de esos registros.
Ephreney permaneció en silencio.
Patrizia sostuvo su mirada.
No tenía ninguna intención de humillarla.
Tampoco quería crear una enemiga innecesaria.
La duquesa Ephreney era demasiado útil.
Pero precisamente porque era útil, Patrizia necesitaba dejar claro desde el principio dónde terminaba la autoridad de la duquesa y dónde comenzaba la de la reina.
Ephreney habló con mayor cautela.
—Mi única intención es hacer que la transición resulte más conveniente para usted, Su Majestad.
Patrizia sonrió.
—Por supuesto que sería conveniente.
La duquesa levantó apenas la mirada.
—Administrar la Casa Imperial no es un trabajo sencillo.
Patrizia apoyó una mano sobre la primera pila de documentos.
—Y estos papeles son una demostración bastante convincente.
Ephreney pareció relajarse un poco.
Demasiado pronto.
—Sin embargo...
Patrizia continuó:
—Que algo resulte difícil no significa que deba apartarme de ello.
La duquesa volvió a ponerse rígida.
—Su Majestad, no pretendía apartarla.
—¿No?
—En absoluto.
Patrizia inclinó ligeramente la cabeza.
—La administración de la Familia Imperial corresponde tradicionalmente a la reina.
—Sí.
—No solo como obligación práctica.
—...
—También es una representación visible de su autoridad.
Ephreney no pudo negarlo.
La Casa Imperial no consistía únicamente en organizar cocinas y salarios.
Había cientos de personas bajo su jurisdicción.
Residencias.
Presupuestos.
Proveedores.
Nobles vinculados directamente a las actividades de la corte.
Damas de compañía.
Ceremonias.
Patronazgos.
Fundaciones.
Obras caritativas.
La reina que controlaba aquellos asuntos poseía una red de influencia considerable.
Y eso era precisamente lo que Patrizia necesitaba.
—Entonces pregunto otra vez, duquesa.
Su voz se volvió algo más fría.
—¿No está tratando de limitar mi autoridad?
Ephreney abrió ligeramente los ojos.
—¡No, Su Majestad!
La respuesta fue inmediata.
—Lo ha entendido mal. Yo únicamente pretendía...
Se detuvo.
—Quería facilitarle la adaptación.
Patrizia la observó.
La mujer parecía genuinamente alarmada.
Pero eso no significaba necesariamente que fuera inocente.
Patrizia había aprendido demasiado bien que dentro del Palacio Imperial las intenciones rara vez podían juzgarse únicamente por expresiones.
—Comprendo.
Dijo.
Después añadió:
—Pero debe comprender también mi posición.
Ephreney bajó ligeramente la cabeza.
—Naturalmente.
—Ya existen rumores desagradables.
Silencio.
La duquesa supo inmediatamente de qué hablaba.
No era necesario pronunciar ningún nombre.
Todo el palacio conocía las historias acerca del Emperador.
La amante.
La mujer que había ocupado su atención mucho antes de que Patrizia fuera escogida.
Una reina recién coronada, ignorada por su esposo y sin autoridad efectiva sobre su propia Casa Imperial...