De enemigos a amantes.

El Martillo de Marfil.

El aire en la sala principal de Sotheby's, en el corazón de Londres, era denso, impregnado de una mezcla de perfumes franceses prohibitivamente caros, cera para muebles antiguos y la electricidad invisible que solo el dinero antiguo y la ambición nueva pueden generar. Vania se ajustó el guante de seda negra, sintiendo cómo el tejido acariciaba sus nudillos con una frialdad casi mecánica. Sus ojos, de un gris tormentoso que a menudo se confundía con el acero, recorrieron la sala sin detenerse en los cuadros de la escuela flamenca que colgaban de las paredes. Ella no estaba allí por el arte; estaba allí por el poder, o más específicamente, por el rastro del hombre que se lo había arrebatado todo.

A sus veintisiete años, Vania se movía con la gracia de una depredadora que ha aprendido a mimetizarse con el lujo. Su vestido de noche, de un azul tan oscuro que parecía negro bajo la luz de las arañas de cristal, caía sobre su cuerpo como una segunda piel, ocultando la rigidez de su postura. Cada respiración era calculada. Sabía que en ese círculo, la debilidad se olía antes de que se mostrara.

—Lote número 42 —anunció el subastador con una voz monótona que contrastaba con la magnitud de lo que estaba por ocurrir—. El "Cáliz de los Medici". Oro macizo, incrustaciones de lapislázuli y una historia de sangre que se remonta al siglo XV. Precio de salida: cinco millones de libras.

Vania sintió un ligero temblor en la punta de los dedos. No era miedo. Era la anticipación de la caza. El cáliz era la pieza central de la colección de su padre, la joya que había sido subastada ilegalmente después de que el imperio de su familia fuera desmantelado pieza por pieza. Recuperarlo no era solo una cuestión de orgullo; era el primer ladrillo en la reconstrucción de su venganza.

—Cinco millones quinientos —dijo una voz a su derecha. Un coleccionista ruso, probablemente comprando para lavar culpas o dinero. —Seis millones —respondió un tejano con demasiado bronceado.

Vania esperó. El arte de la subasta, al igual que el arte de la traición, consistía en saber cuándo golpear. Dejó que la cifra subiera hasta los ocho millones. Los competidores menores comenzaron a retirarse, susurrando entre ellos. Fue entonces cuando ella levantó su paleta con una elegancia que hizo que las cabezas se giraran.

—Diez millones —dijo ella. Su voz fue un hilo de seda cortante que silenció el murmullo de la sala.

El subastador asintió, apenas sorprendido. En ese mundo, diez millones era una cifra respetable, pero no definitiva. Vania mantuvo la mirada fija en el estrado, pero su visión periférica buscaba una sombra específica en la tercera fila de la sección VIP. Sabía que él estaba allí. Podía sentir la presión atmosférica cambiar, ese peso opresivo que siempre acompañaba la presencia de Edward Bosh.

—Diez millones a la dama del fondo —dijo el subastador—. ¿Alguien da más por esta pieza única?

Un silencio sepulcral descendió sobre la estancia. Durante un segundo, Vania permitió que la esperanza floreciera en su pecho. Tal vez él no estaba interesado. Tal vez su espionaje había fallado. Pero entonces, una mano se levantó con una parsimonia insultante. No era una paleta de subasta; era simplemente un gesto, una orden silenciosa.

—Quince millones —dijo una voz barítona, profunda y cargada de un cinismo que a Vania le revolvió el estómago.

Vania se tensó. Giró la cabeza lentamente, encontrándose con el perfil de Edward Bosh. Estaba sentado con una pierna cruzada sobre la otra, su traje de Savile Row sin una sola arruga, el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás. No la estaba mirando a ella. Miraba el cáliz con la misma indiferencia con la que un niño mira un juguete que sabe que va a romper. Edward Bosh, el hombre que había orquestado la caída de su padre desde las sombras, estaba allí para arrebatarle lo único que le quedaba de su pasado.

—Dieciséis millones —respondió Vania, apretando los dientes. —Veinte millones —replicó Edward de inmediato, sin siquiera mirar al subastador.

La sala estalló en susurros. Veinte millones era el doble de la valoración máxima estimada. Vania sintió el calor subir por su cuello. Sus fondos eran limitados; el préstamo que había conseguido para esta operación no pasaba de los veinticinco millones. Estaba jugando contra un hombre cuya fortuna era un pozo sin fondo, un hombre que compraba gobiernos por el desayuno.

—¿Veinte millones? —preguntó el subastador, su voz temblando ligeramente por la emoción de la comisión—. Veinte millones a la oferta del señor Bosh.

Vania se puso de pie. Fue un movimiento impulsivo, una ruptura del protocolo que atrajo todas las miradas. Caminó unos pasos hacia la fila de Edward. Él finalmente giró la cabeza. Sus ojos eran de un marrón oscuro, casi negro, tan impenetrables como una noche sin luna. Había una leve sonrisa en la comisura de sus labios, una burla apenas perceptible que solo ella estaba destinada a ver.

—Esa pieza no te pertenece, Edward —siseó ella, lo suficientemente bajo para que solo él la oyera, pero con la fuerza de una maldición.

Edward arqueó una ceja. Su mirada recorrió a Vania de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en el escote de su vestido y luego subiendo hacia sus ojos con una intensidad que la hizo retroceder mentalmente.

—En este salón, querida Vania, las cosas le pertenecen a quien puede pagarlas —respondió él. Su tono era suave, casi íntimo, como el de un amante compartiendo un secreto—. Y tu familia, si mal no recuerdo, dejó de pagar sus deudas hace mucho tiempo.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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