La lluvia de Londres tenía la capacidad de lavar las calles, pero no la deshonra. Vania se encontraba frente al espejo del tocador en el Hotel Claridge's, observando cómo una gota solitaria recorría su pómulo. No era una lágrima; era un rastro del aguacero que la había recibido a la salida de Sotheby's. Con un movimiento seco, se la limpió. El azul de su vestido seguía intacto, pero su espíritu se sentía como si hubiera sido arrastrado por el fango.
—Treinta millones —susurró para su reflejo. La cifra sonaba obscena.
Edward Bosh no había comprado un cáliz; había comprado el derecho a verla romperse. Pero si él esperaba que ella se escondiera en su habitación a lamerse las heridas, es que no la conocía en absoluto. Vania retocó su carmín, eligiendo un rojo tan oscuro que bordeaba lo violáceo. Era el color de la sangre seca. Era el color de la guerra.
La gala benéfica de la Fundación St. Jude se celebraba en el Museo Británico. Era el evento donde la élite se reunía para fingir filantropía mientras cerraba acuerdos que hundirían a pequeñas naciones. Vania llegó tarde, a propósito. Sabía que la noticia de la subasta ya habría corrido como la pólvora entre los invitados. Sería la comidilla de la noche: la heredera caída que intentó desafiar al titán y salió con las manos vacías.
Al entrar en el Gran Atrio, el estruendo de los violines y el tintineo de las copas de cristal la golpearon. La luz se reflejaba en el techo de cristal, creando un patrón de sombras que recordaba a una telaraña.
—¡Vania, querida! —una mujer de mediana edad, cubierta de diamantes que parecían pesar más que su propia conciencia, se le acercó con una sonrisa de lástima—. Sentimos mucho lo de esta tarde. Un precio... exorbitante, ¿verdad?
—El arte no tiene precio, Lady Ashcroft —respondió Vania con una sonrisa gélida—. Solo tiene dueños temporales.
Se alejó antes de que la mujer pudiera soltar otro comentario condescendiente. Su objetivo estaba al fondo de la sala, cerca de la Piedra de Rosetta. Allí, rodeado de un círculo de aduladores y políticos, estaba Edward. Y junto a él, sobre un pedestal de terciopelo custodiado por dos guardias, brillaba el Cáliz de los Medici.
Era un desplante absoluto. Mostrar la pieza apenas unas horas después de adquirirla no era un gesto de aprecio artístico; era un trofeo de caza expuesto ante la presa.
Vania tomó una copa de champán de una bandeja que pasaba y caminó con paso firme. La multitud parecía abrirse a su paso, no por respeto, sino por la curiosidad morbosa de ver el choque de trenes.
Edward la vio venir. No interrumpió su conversación con el Ministro de Cultura, pero sus ojos se anclaron en los de ella. Tenía esa mirada que parecía desnudar no el cuerpo, sino las intenciones. Cuando Vania llegó a su altura, él se despidió del grupo con un gesto elegante y se quedó a solas con ella, a escasos centímetros de la reliquia en disputa.
—Has venido —dijo él. No era una pregunta. Había una nota de satisfacción en su voz—. Algunos dirían que es valentía. Otros, masoquismo.
—He venido a ver de cerca lo que te ha costado treinta millones de libras, Edward —Vania miró el cáliz, ignorando la presencia física del hombre que la superaba en altura—. Me pregunto si el oro se sentirá más frío ahora que sabes que te lo vendí yo, indirectamente.
Edward soltó una risa corta, un sonido seco que no llegó a sus ojos.
—Al contrario. Sabe mucho mejor. Las cosas que se arrebatan siempre tienen un matiz de victoria que las cosas que se compran por catálogo nunca tendrán.
Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Vania. Ella pudo oler de nuevo ese perfume a sándalo y cuero. Era una fragancia masculina, agresiva, que parecía reclamar el aire que la rodeaba.
—Míralo bien, Vania —continuó él, señalando el cáliz—. Es hermoso, ¿verdad? Representa una dinastía que creía que su linaje duraría para siempre. Los Medici cayeron. Tu familia cayó. Solo los que saben adaptarse a la nueva brutalidad sobreviven.
Vania sintió que la rabia le quemaba las entrañas, pero mantuvo la máscara de indiferencia.
—La brutalidad es solo la falta de imaginación, Edward. Tú tienes el dinero, pero careces de la historia. Ese cáliz en tu casa será solo un objeto. En la mía, era un legado.
—Tu legado está en una casa de empeños, querida —golpeó él con una crueldad quirúrgica—. Y yo soy el hombre que tiene la llave de la caja fuerte.
Vania dejó su copa en una mesa cercana con un golpe seco. La distancia entre ellos era tan mínima que podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Edward. Era una tensión eléctrica, una mezcla de odio puro y una atracción oscura que ella se negaba a reconocer. Edward la observaba con una intensidad perturbadora, como si estuviera leyendo los latidos de su corazón en la base de su cuello.
—¿Qué quieres de mí, Edward? —preguntó ella en un susurro—. Ya me lo has quitado todo. El apellido, la empresa de mi padre, hasta los cuadros de mi habitación. ¿Por qué seguir con este teatro?
Edward extendió una mano y, con una audacia que la dejó sin aliento, le apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron su oreja, un contacto fugaz pero ardiente.
—Porque eres lo único que todavía no se ha roto —respondió él, su voz bajando a un tono peligroso—. Y me gusta ver cómo las cosas se rompen bajo mi presión. No quiero tu dinero, Vania. Quiero tu rendición absoluta.