De enemigos a amantes.

El Intruso.

La propiedad de Edward Bosh en Surrey, conocida como Blackwood Manor, era una fortaleza de cristal y piedra oscura rodeada de hectáreas de bosque privado. No era una casa; era una declaración de principios sobre la soledad y el poder.

Vania se ajustó el auricular invisible mientras permanecía agachada tras una hilera de setos perfectamente podados. El traje táctico negro se sentía como una segunda piel, fresca contra el aire nocturno.

—¿Estado del sistema? —susurró ella.

—Los sensores de presión del perímetro están desactivados por un bucle de tres minutos —respondió la voz de Julian en su oído—. Tienes poco tiempo, Vania. Si la seguridad de Bosh detecta el parpadeo en el servidor, se acabó el juego.

—Tres minutos es una eternidad —replicó ella con una confianza que no sentía del todo.

Vania se movió con la gracia de un depredador. Cruzó el jardín trasero, evitando los haces de luz de las cámaras térmicas, y llegó a la terraza acristalada. Mientras en el salón principal se escuchaba el murmullo de la música clásica y las risas de los veinte invitados de élite, ella trepó por la celosía de hierro del ala este.

Su objetivo no era el salón. Conocía a Edward; él no dejaría el cáliz en medio de una fiesta sin una protección real. Sabía que el objeto estaría en su estudio privado, un santuario donde solo él entraba.

Logró forzar la cerradura de la ventana del segundo piso en cuarenta segundos. Al entrar, el silencio de la casa la envolvió como una mortaja. El aroma a sándalo era más intenso aquí. Era el rastro de Edward.

—Estoy dentro —informó.

—Cuidado. El estudio tiene un escáner de retina, pero según los planos, hay una derivación manual en el panel de mantenimiento del pasillo.

Vania avanzó por el corredor en sombras. Podía oír sus propios latidos. Al llegar a la puerta del estudio, no necesitó el escáner. La puerta estaba entreabierta. Una tenue luz dorada escapaba del interior.

Entró con cautela, con la mano buscando instintivamente la pequeña daga oculta en su bota.

Allí estaba. El Cáliz de los Medici reposaba sobre un escritorio de ébano, iluminado por un foco cenital que hacía que el oro pareciera latir. Estaba tan cerca que podía ver las intrincadas escenas de caza talladas en su base. Pero algo no encajaba. No había alarmas láser, no había vitrina. Estaba expuesto, como un cebo.

—Demasiado fácil —murmuró Vania para sí misma.

—Vania, sal de ahí —la voz de Julian sonó distorsionada por la interferencia—. Hay una señal de radio local que está bloqueando mi...

La comunicación se cortó con un chirrido estático.

—¿Julian? —nada.

Vania estiró la mano hacia el cáliz, pero antes de tocarlo, una voz profunda y aterciopelada surgió de las sombras del rincón más oscuro de la habitación.

—Es una pieza fascinante, ¿verdad? Casi pide ser robada.

Vania se giró en redondo. Edward Bosh estaba sentado en un sillón de orejas, oculto hasta ese momento por la penumbra. No llevaba el traje de la fiesta; vestía una camisa blanca desabrochada en el cuello y sostenía un vaso de whisky. No parecía sorprendido. Parecía aburrido.

—Sabías que vendría —dijo Vania, manteniendo la guardia alta.

—Te invité, Vania. Aunque esperaba que entraras por la puerta principal como una mujer de tu clase, no por la ventana como una delincuente común. Pero debo admitir que el traje negro te favorece mucho más que el vestido de gala.

Edward se puso de pie y caminó hacia ella. No había prisa en sus movimientos. La luz de la luna que entraba por el ventanal perfilaba su mandíbula cuadrada y sus hombros anchos.

—El cáliz es mío por derecho de sangre —dijo ella con voz firme, aunque él estaba ya a menos de un metro.

—El derecho de sangre murió con tu abuelo. Ahora solo existe el derecho del más fuerte —él dejó el vaso sobre el escritorio, justo al lado del cáliz—. Si lo quieres, tómalo. No voy a llamar a la policía.

Vania frunció el ceño.

—¿Cuál es el truco, Edward?

—No hay truco. Hay una apuesta —él se acercó tanto que ella pudo sentir el calor de su aliento—. Si te llevas el cáliz ahora, mañana enviaré las grabaciones de seguridad a Scotland Yard. Tu nombre, ya manchado, quedará destruido para siempre. Pasarás años en una celda pensando en el oro que tienes en las manos.

—¿Y si no me lo llevo?

—Si te quedas... si dejas de jugar a los ladrones y aceptas mi propuesta, te daré el cáliz. Y no solo eso. Te daré los nombres de los hombres que traicionaron a tu padre.

Vania se quedó helada. La mención de su padre era el único punto débil que Edward conocía, y lo estaba usando con una precisión cruel.

—¿Propuesta? —logró decir ella.

Edward extendió la mano y acarició la mejilla de Vania con el dorso de sus dedos. Ella no se apartó, atrapada en el magnetismo de su mirada oscura.

—Trabaja para mí, Vania. Necesito a alguien con tu linaje y tu falta de escrúpulos para recuperar algo que el dinero no puede comprar. A cambio, te devolveré tu imperio. Pieza por pieza.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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