Edward se había marchado a atender lo que quedaba de su fiesta, dejando a Vania con la promesa de un contrato firmado y una habitación de invitados que parecía más una celda de lujo. Pero Edward había cometido un error fundamental: subestimar la curiosidad de una mujer que ha sobrevivido diez años en las sombras.
Vania no se desvistió. Esperó a que los ruidos de los motores de los invitados se desvanecieran y que el silencio de la madrugada se asentara sobre la mansión.
—Julian, ¿estás ahí? —susurró, probando el canal de radio.
—Casi me da un infarto, Vania —la voz de su socio regresó, cargada de estática—. El bloqueador de señal era de grado militar. ¿Estás bien? ¿Tienes el cáliz?
—Tengo algo mejor: una oferta de trabajo. Pero Edward oculta algo. No me sacó de la comunicación solo para asustarme; lo hizo porque había algo en esa habitación que no quería que detectaras.
—Vania, sal de ahí. Es una trampa.
—Todavía no. Voy a ver qué hay detrás de la máscara del coleccionista.
Vania salió de la habitación con el sigilo de un fantasma. No regresó al estudio principal; su instinto la llevó hacia la biblioteca personal de Edward, un espacio circular revestido de madera de cedro. Durante su breve estancia allí, había notado que el flujo de aire acondicionado era irregular en una de las esquinas.
Usando una linterna ultravioleta de bolsillo, rastreó las huellas dactilares en los lomos de los libros. Encontró un desgaste inusual en una edición de 1920 de La Divina Comedia. Al tirar del libro, un panel silencioso se deslizó en el suelo, revelando una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas de la casa.
—Estoy bajando a un sótano privado —informó Vania—. No figura en los planos que robamos.
Al final de la escalera, se encontró en una sala blanca, aséptica, que contrastaba con el estilo victoriano de la mansión. Era un centro de inteligencia. En las paredes, pantallas táctiles mostraban mapas de Roma y planos del Archivo Secreto Vaticano.
Pero lo que detuvo el corazón de Vania fue el panel central.
Había una red de hilos rojos que conectaban fotografías. En el centro no estaba el Cáliz de los Medici, ni el secreto del Vaticano. Había una foto de ella, de hace quince años, el día del entierro de su padre. Y junto a ella, una serie de documentos bancarios con el sello de la familia Bosh.
—Julian... Edward no solo sabía que mi padre iba a ser traicionado —dijo Vania, con la voz temblando de rabia contenida mientras escaneaba los documentos con su lente de contacto—. Él fue quien firmó las transferencias que vaciaron las cuentas de mi familia. Él no está recuperando mi imperio para mí... está usando mi ADN para abrir puertas que solo un Medici puede abrir, y luego planea deshacerse de mí.
—Vania, tienes que salir de ahí ¡YA! —gritó Julian—. Se acaba de activar un sensor de movimiento en la escalera.
Vania se dio la vuelta. En la pantalla principal, un archivo titulado "Proyecto Fénix" parpadeaba. Con un movimiento rápido, insertó un dispositivo de clonación de datos en el servidor central.
—Cinco segundos... —rogó.
La barra de progreso avanzaba con una lentitud agónica. 40%... 70%... 90%...
—¡Vania! —el grito de Julian fue interrumpido por el sonido de pasos pesados en los peldaños de metal arriba.
—¡Hecho! —arrancó el dispositivo y buscó una salida alternativa.
No la había. La única salida era la escalera, y el brillo de una linterna ya descendía por ella. Vania se pegó a la pared, justo al lado de la entrada, sacando su daga. El aire en la sala blanca se volvió denso.
La figura que entró no era Edward. Era su jefe de seguridad, un hombre de casi dos metros llamado Marcus, con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo. Sostenía una pistola con silenciador.
—El señor Bosh dijo que eras demasiado lista para tu propio bien, Vania —dijo Marcus, moviendo el arma en un arco lento—. Es una pena. Tenía ganas de ver cómo terminaba esta historia.
Vania sonrió, aunque sus ojos eran puro hielo.
—Oh, esto no es el final, Marcus. Es solo el prólogo.
En un movimiento borroso, Vania lanzó una pequeña esfera de magnesio al suelo. El destello blanco fue cegador. Marcus rugió de dolor, disparando a ciegas mientras Vania se lanzaba sobre él, no para matarlo, sino para usar su cuerpo como plataforma y saltar hacia la escalera.
Mientras corría por los pasillos de la mansión, oyendo las alarmas estallar a su alrededor, Vania solo tenía una cosa en mente: Edward Bosh la había subestimado. Él creía que ella era la llave. Pero ella era la cerradura, y estaba a punto de cambiar la combinación del juego.
Saltó por la ventana del primer piso, rodando sobre el césped húmedo mientras el motor de una moto oculta en el bosque rugía a lo lejos. Julian la esperaba.
—¿Lo tienes? —preguntó Julian cuando ella saltó al asiento trasero.
—Tengo su alma, Julian. Y ahora voy a quemar su mundo.