De enemigos a amantes.

El Silencio de los Huesos.

El aire en la Necrópolis bajo la Basílica de San Pedro era pesado, cargado con el olor a tierra milenaria y piedra húmeda. Vania avanzaba en la oscuridad total, confiando solo en la visión térmica de sus lentes de contacto y en la voz de Julian, que le susurraba al oído a través del auricular óseo.

—Vania, detente —ordenó Julian—. A tres metros tienes un sensor de presión de fibra óptica. Si pisas esa baldosa, la Guardia Suiza sabrá hasta cuánto pesas antes de que lleguen a arrestarte.

Vania se quedó congelada, con un pie en el aire. Ajustó su traje de infiltración, una segunda piel de polímero negro diseñada para absorber el calor corporal.

—Dime por dónde, Julian. No tengo toda la noche.

—Izquierda, treinta centímetros. Luego salta sobre la losa con el relieve del crismón. El sistema cree que esa parte de la estructura es inestable y la ignora para evitar falsas alarmas.

Vania ejecutó el movimiento con la gracia de una acróbata. Se encontraba en el "Viale delle Tombe", un pasillo flanqueado por mausoleos romanos que habían estado sellados durante siglos. El contraste era absoluto: a pocos metros sobre su cabeza, el esplendor del Renacimiento; aquí abajo, el frío olvido de los primeros siglos.

—Estoy en la puerta de la Cámara de los Claveles —susurró ella, llegando a una reja de hierro reforzada con un teclado biométrico de última generación—. Edward me dio los códigos, pero no me fío. Compruébalos.

—Espera... —se oyó el tecleo frenético de Julian—. No los uses. Es una trampa de Marcus. Si introduces ese código, se activa un protocolo de sellado al vacío. Te quedarías sin oxígeno en sesenta segundos.

Vania apretó los dientes. Edward no solo quería el cáliz, quería eliminarla a ella una vez que le abriera el camino.

—¿Puedes puentearlo?

—Estoy en ello. Usa el dispositivo de clonación que "tomaste prestado" de la finca. Acércalo al lector. Voy a inyectar un bucle de datos que hará creer al sistema que el mismísimo Cardenal Camarlengo está entrando a rezar.

Vania apoyó el dispositivo sobre el sensor. Una luz roja parpadeó, luchando contra la intrusión, hasta que finalmente cedió y se tornó verde con un siseo hidráulico casi imperceptible. La pesada puerta se deslizó, revelando un descenso aún más profundo.

—Vania... —la voz de Julian cambió de tono, volviéndose sombría—. Mientras hackeaba el servidor de seguridad, encontré un archivo encriptado con el nombre de tu padre. "Operación Sepulcro, 2009".

Vania se detuvo en seco frente a una escalera de caracol que parecía hundirse en el abismo.

—¿Qué dice? —preguntó ella, con el corazón golpeando sus costillas.

—Edward no solo era el socio de tu padre. Era su oficial de enlace con una facción extremista que quería vender los secretos del Vaticano al mejor postor. Tu padre se negó a entregar la ubicación del Mapa de las Sombras. El informe dice que "el activo fue eliminado por insubordinación".

—¿Quién firmó el informe, Julian?

Hubo un silencio prolongado.

—Marcus. Bajo las órdenes directas de Bosh.

Vania cerró los ojos un instante. La sed de justicia que la había alimentado durante quince años se transformó en un frío glaciar. Ya no se trataba solo de un robo.

—Julian, olvida el virus financiero. Quiero que borres cada rastro de la existencia de Edward Bosh. Cuentas, identidades, registros de nacimiento. Déjalo como un fantasma. Y cuando encuentre ese Cáliz, me encargaré de que Marcus sepa lo que se siente al estar atrapado en una tumba.

—Entendido. Vania... ten cuidado. Hay movimiento en la superficie. Marcus ha dejado de vigilar el hotel. Creo que ya sabe que estás ahí abajo.

Vania desenfundó una pequeña pistola de dardos tranquilizantes y se internó en la oscuridad de la cámara acorazada. El vals de los traidores estaba llegando a su clímax, y ella no pensaba perder el ritmo.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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