Vania lo vio al final de la cámara acorazada: el Cáliz de Constantino. No era de oro macizo, sino de un material mate que parecía absorber la luz. Al acercarse, notó que la superficie estaba grabada con micro-inscripciones que no eran latín ni griego, sino patrones de interferencia que recordaban a los circuitos modernos.
—Julian, estoy frente al objetivo —susurró Vania—. Preparando el escaneo de superficie.
—Conecta el enlace de datos, Vania. Necesito ver la estructura atómica de esa cosa.
Vania colocó un pequeño escáner láser sobre el pedestal. En la pantalla remota de Julian, las líneas de código empezaron a caer como una cascada. El silencio en el auricular se prolongó más de lo habitual.
—Vania... esto no es un mapa —la voz de Julian temblaba ligeramente—. Es una clave de cifrado física.
—Explícate, Julian. No tengo mucho tiempo.
—El Vaticano no solo guarda secretos espirituales. Durante décadas, han estado recolectando metadatos de todas las transacciones financieras y comunicaciones diplomáticas del mundo bajo el proyecto "Confessio". El Cáliz es el único dispositivo capaz de desencriptar la "Llave Maestra" de esa base de datos.
Vania observó el objeto con un nuevo sentido de horror.
—¿Me estás diciendo que quien tenga esto puede colapsar la economía global o leer cualquier mensaje privado en el planeta?
—Exactamente. Bosh no quiere el Cáliz por su valor histórico. Quiere lanzar un ataque de "Día Cero". Si lo consigue, tendrá el control total sobre la verdad. Puede borrar deudas, crear guerras, fabricar pruebas contra gobiernos... Es el fin de la privacidad tal como la conocemos.
De repente, una luz roja empezó a parpadear en el escáner de Vania.
—Julian, el escaneo ha disparado una contramedida. El Cáliz está emitiendo una señal de pulso electromagnético localizada. ¡Me está bloqueando!
—¡Sácalo de ahí ahora! —gritó Julian—. Si el pulso se expande, freirá mis servidores y te dejará ciega ahí abajo. Pero escucha bien: si te llevas el Cáliz, te conviertes en la persona más buscada del mundo. No por la policía, sino por los servicios de inteligencia de cada potencia nuclear.
Vania extendió la mano hacia la reliquia. Podía sentir una vibración estática en el aire. Sabía que si lo tomaba, ya no habría vuelta atrás. Su venganza contra Bosh acababa de transformarse en una misión para salvar el tejido de la sociedad moderna.
—Lo tengo —dijo Vania, sintiendo el frío metal en sus dedos—. Prepárate para el protocolo de extracción "Icarus".
—Vania, espera... detecto movimiento térmico justo detrás de ti. No es la Guardia Suiza. Es Marcus. Y no viene a arrestarte. Viene a terminar el trabajo que empezó con tu padre.
Vania giró sobre sus talones, con el Cáliz bajo el brazo y su arma en la mano, justo cuando una sombra se despegaba de las columnas de piedra de la catacumba.