De enemigos a amantes.

El Eco del Acero.

El siseo del vapor inundó la cámara en cuestión de segundos. El sistema de refrigeración, saboteado por Julian en su último acto de resistencia, convirtió la catacumba en un laberinto de nubes blancas y densas. La visibilidad era nula.

Vania soltó su rifle inteligente; el arma, ahora un trozo de metal inútil bloqueado por Aegis, cayó al suelo con un eco metálico que resonó en las paredes de piedra. Marcus estaba cerca. Podía oler el ozono de su equipo táctico y el aceite de sus articulaciones cibernéticas.

—No puedes esconderte para siempre, Vania —la voz de Marcus llegó distorsionada, rebotando en el techo abovedado—. Aegis me ha dado tus coordenadas térmicas antes de que el vapor enfriara la sala. Sé que estás a mi izquierda.

Vania no respondió. Se pegó a una columna húmeda, conteniendo la respiración. Desenvainó su cuchillo de combate, una hoja de carbono negro que no reflejaba la escasa luz de emergencia. Sabía que Marcus tenía la ventaja de la fuerza, pero ella tenía el control del entorno.

Un estallido de disparos de ráfaga corta rasgó la niebla a su derecha. Marcus estaba disparando al tanteo, buscando el sonido de su miedo.

Vania se movió. No hacia atrás, sino hacia él. Se deslizó por el suelo mojado, pasando por debajo de una tubería que goteaba. El sensor de movimiento de Marcus, confundido por las partículas de agua en suspensión, emitió un pitido errático.

—¡Maldita sea! —gruñó el mercenario.

Vania aprovechó el momento. Surgió de la niebla como un fantasma, lanzando un tajo ascendente que buscaba la unión desprotegida del cuello de la armadura de Marcus. El metal chirrió cuando el cuchillo encontró resistencia. Marcus reaccionó con una rapidez inhumana, golpeando a Vania con el dorso de su mano pesada y lanzándola contra un sarcófago de piedra.

El impacto le sacó el aire de los pulmones. El Cáliz, guardado en su mochila, emitió un pulso dorado repentino, una vibración que pareció disipar el vapor a su alrededor por un breve instante. En ese segundo de claridad, Vania vio los ojos de Marcus: dos lentes rojas que brillaban con una sed de sangre tecnológica.

Él se abalanzó sobre ella, pero Vania ya no estaba allí. Se había fundido de nuevo con la oscuridad, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos y una trampa de cables de alta tensión que había arrancado de la pared durante la caída.

Marcus pisó el agua electrificada. Un arco de energía azul recorrió su exoesqueleto, paralizando sus sistemas durante tres segundos cruciales.

—Ahora es mi turno —susurró Vania desde las sombras.



#812 en Thriller
#5432 en Novela romántica

En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.