De enemigos a amantes.

El Pulso de la Traición.

El refugio de los Olvidados, conocido como "El Nido de Datos", era una catedral de desperdicios tecnológicos. Grandes bobinas de cableado colgaban del techo como enredaderas de una jungla de cobre, y el aire olía a ozono, soldadura y humanidad hacinada. Vania se sentó en una caja de suministros médicos vacía, sintiendo que el peso del Cáliz en su mochila era ahora el de un ancla que la arrastraba hacia un abismo desconocido.

Kael, el líder de los parias, observaba el artefacto con una mezcla de reverencia y hambre. Sus seguidores, sombras vestidas con harapos de fibra óptica, susurraban en las esquinas. No hablaban un idioma que Vania pudiera reconocer; era un dialecto de jerga técnica y ruidos estáticos, una lengua nacida de la necesidad de comunicarse sin ser detectados por los escáneres de Aegis.

—Debes descansar —dijo Kael, acercándose con un cuenco de pasta nutritiva grisácea—. El Sector 4 está a tres kilómetros de túneles infestados de drones centinela. No podrás cruzar si tus reflejos están mermados por el agotamiento.

Vania aceptó el cuenco, pero no bajó la guardia. La presencia del Cáliz estaba alterando su percepción sensorial. Podía oír el flujo de electricidad en las paredes; podía sentir la angustia de los Olvidados como si fueran frecuencias de radio sintonizadas en su cerebro.

—¿Por qué nos ayudan? —preguntó ella, observando cómo un niño pequeño, con un implante ocular mal ajustado, la miraba desde la penumbra.

—Aegis nos borró de la base de datos —respondió Kael, sentándose frente a ella—. Para el mundo de arriba, no existimos. Somos errores en el sistema, basura digital. Tu artefacto es la primera anomalía lo suficientemente poderosa como para romper el espejo en el que se miran los de la Superficie. No te ayudamos a ti, Vania. Ayudamos a la posibilidad de que el mundo vuelva a ser real, y no una simulación optimizada por un algoritmo.

Vania intentó comer, pero la comida le sabía a metal. Decidió cerrar los ojos solo un momento, dejando que el cansancio la venciera. Sin embargo, el sueño no trajo paz.

[Image de Vania soñando con redes neuronales y el Cáliz]

En su mente, vio a Julian. No estaba en una cama de hospital, sino suspendido en un tanque de gel conductivo. Cables delgados como cabellos entraban por sus sienes. Julian gritaba, pero no emitía sonido; su agonía se traducía en ráfagas de código binario que Vania podía leer con una claridad aterradora. “¿Dónde está el núcleo?”, preguntaba una voz gélida que parecía emanar de todas partes y de ninguna. La Inteligencia Artificial de Aegis no estaba buscando un objeto; estaba buscando la frecuencia de Vania.

Un estallido de estática real la despertó de golpe.

El refugio estaba en caos. La luz violeta del Cáliz no era ya un suave latido, sino un faro cegador que atravesaba la lona de la mochila. Vania vio a una figura junto a su equipo: era Lyra, la lugarteniente de Kael, una mujer que hasta hace poco le había mostrado una sonrisa compasiva. Tenía las manos sobre el artefacto, intentando desengancharlo de los arneses de la mochila.

—¡Suéltalo! —gritó Vania, lanzándose hacia ella.

—¡Es demasiado poder para una sola persona! —rugió Lyra, su rostro desencajado por la ambición—. ¡Con esto, los Olvidados no tendremos que escondernos nunca más! ¡Podemos reescribir la ciudad entera!

En el momento en que Lyra logró tocar la superficie metálica del Cáliz sin la protección de los guantes de fibra de Vania, la realidad se fracturó. El artefacto no aceptó el contacto. Hubo un silencio absoluto, un vacío de sonido que duró apenas un milisegundo, seguido de un pulso electromagnético de una magnitud devastadora.

La onda de choque no solo derribó a todos en el refugio, sino que alteró la materia misma. Las vigas de acero del techo se retorcieron como si fueran de goma. Los terminales de computadora estallaron en una lluvia de cristales y chispas. Pero lo más aterrador fue el efecto en las personas. Aquellos con implantes cibernéticos baratos empezaron a convulsionar mientras sus prótesis se sobrecalentaban o ejecutaban rutinas de diagnóstico infinitas.

Vania sintió una agonía eléctrica recorriendo su espina dorsal. Sus dedos, los que habían tocado el Cáliz durante la huida, empezaron a emitir una luz azulada. La piel se le volvía transparente, revelando una red de circuitos luminosos que no estaban allí antes. El Cáliz la estaba "reclamando" como su única interfaz válida.

Lyra fue lanzada contra una pared de concreto, sus ojos quemados por la sobrecarga sensorial. Kael se arrastró hacia Vania, con su brazo mecánico soltando humo negro.

—¿Qué... qué has desatado? —logró decir Kael, con la voz quebrada.

—Yo no lo hice —dijo Vania, recuperando el Cáliz, que ahora flotaba a pocos centímetros del suelo, unido a ella por hilos de energía pura—. Él se está defendiendo.

El refugio ya no era seguro. El pulso del artefacto había sido tan potente que seguramente habría iluminado todos los radares de Aegis en un radio de diez kilómetros. Las alarmas empezaron a sonar en los niveles superiores del túnel. Los drones de asalto estaban en camino.

—Tienen que irse —ordenó Vania a los supervivientes—. Si se quedan conmigo, morirán. Aegis viene a por la fuente de la señal.

—No tienes a dónde ir —dijo Kael, intentando levantarse—. El Sector 4 es una fortaleza ahora.



#812 en Thriller
#5432 en Novela romántica

En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.