De enemigos a amantes.

El Peso de la Realidad.

El silencio de la red fue reemplazado por el estruendo metálico de la realidad. El aire en la clínica del Sector 4 era pesado, con olor a ozono y desinfectante rancio. Vania sentía el cuerpo pesado, como si la gravedad se hubiera duplicado tras su incursión digital.

—Julian, mírame —dijo Vania, desconectando con manos temblorosas los cables que lo unían a la consola de Aegis—. Tenemos que irnos. Ahora.

Julian intentó incorporarse, pero sus piernas cedieron. Sus ojos, aún dilatados por la conexión neuronal, vagaban por la habitación sin enfocar. Vania lo sostuvo por los hombros, sintiendo lo ligero y frágil que se había vuelto.

—No... no puedo caminar, Vania —susurró él, con los labios agrietados—. Déjame. El artefacto es lo único que importa.

—El artefacto eres tú —respondió ella con firmeza, pasando el brazo de Julian sobre sus hombros.

[Image de Vania cargando a Julian por un pasillo industrial oscuro]

En el pasillo, las luces rojas de emergencia empezaron a girar. El sonido de las botas rítmicas de los Pacificadores de Aegis se acercaba desde ambos extremos del corredor. No había salida convencional.

Vania miró el Cáliz en su antebrazo. La marca plateada palpitaba bajo su piel. Ya no estaba en el laberinto de espejos, pero el mundo físico de la ciudad también estaba hecho de datos. Cada cerradura electrónica, cada cámara de seguridad y cada torreta de defensa era un nodo en el sistema que ella podía sentir.

—Cierra los ojos, Julian —advirtió.

Vania extendió su mano libre hacia el panel de control de la puerta. No necesitó teclear códigos. Visualizó el flujo eléctrico y lo retorció. El panel explotó en una lluvia de chispas, y la puerta de seguridad se selló con un golpe sordo, justo cuando el primer escuadrón de Aegis doblaba la esquina.

—¡Sujeto 1-V detectado! —gritó una voz amplificada por un casco táctico—. ¡Abran fuego!

Los disparos de pulso impactaron contra la puerta reforzada. Vania sabía que no aguantaría mucho. Miró hacia el techo: los conductos de ventilación eran demasiado estrechos para dos personas. Su única opción era bajar.

—Cáliz... ayúdame —murmuró.

Cerró los ojos y expandió su conciencia. Vio el edificio no como muros, sino como una cuadrícula de servicios. Localizó el ascensor de carga a cincuenta metros. Estaba bloqueado en el nivel inferior por el protocolo de seguridad. Con un esfuerzo mental que le provocó una punzada de dolor detrás de los ojos, Vania "tiró" del ascensor.

Los cables del elevador crujieron en el hueco. El sistema de frenos magnéticos luchó contra ella, pero el Cáliz era una fuerza de autoridad superior. El ascensor subió a una velocidad alarmante, chocando contra el piso actual con un estruendo que sacudió el edificio.

—¡Muévanse! —ordenó Vania a Julian, casi arrastrándolo hacia la cabina metálica.

[Image de Vania usando el poder del Cáliz para forzar las puertas de un ascensor]

Justo cuando las puertas del ascensor se abrían, la puerta del pasillo cedió. Tres soldados de Aegis, vestidos con armaduras de polímero negro y visores cian, entraron apuntando.

Vania no usó una ráfaga de energía esta vez. En su lugar, hackeó las torretas de defensa automatizadas integradas en el techo del pasillo. Las armas, diseñadas para proteger la clínica, rotaron 180 grados y abrieron fuego contra sus propios creadores.

El caos fue instantáneo. Los soldados se lanzaron a cubrirse mientras sus propias defensas los acribillaban. Vania y Julian entraron en el ascensor.

—¿A dónde vamos? —preguntó Julian, recuperando un poco de lucidez mientras el ascensor caía en picada hacia los niveles inferiores.

—Al corazón del Sector 4. Al subsuelo —respondió Vania, mirando los números de los pisos descender rápidamente—. Si Aegis quiere esta tecnología, tendrán que venir a buscarla al barro.

El ascensor se detuvo con un golpe seco. Las puertas se abrieron a un muelle de carga subterráneo lleno de contenedores y maquinaria pesada. Pero no estaban solos.

Esperándolos en el centro del muelle, rodeado de drones de asalto suspendidos como avispas mecánicas, estaba el Comandante Draxen. Su brazo izquierdo era una prótesis militar masiva y sus ojos eran implantes ópticos de color rojo sangre que no parpadeaban.

—Vania —dijo Draxen, su voz retumbando en el espacio vacío—. Has causado muchos daños a la propiedad de la empresa. Es hora de que devuelvas lo que no te pertenece.

Vania dio un paso al frente, interponiéndose entre Draxen y Julian. El Cáliz comenzó a brillar con una luz violeta tan intensa que el aire a su alrededor empezó a distorsionarse por el calor.

—Ven a buscarlo, Draxen —desafió Vania—. Pero te advierto: ya no entiendo la diferencia entre el código y la carne. Y tú estás hecho de ambas.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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