El dolor físico desapareció, sustituido por una sensación de vértigo infinito. Vania no luchó contra el campo de fuerza de la Arquitecta; al contrario, relajó cada músculo y dejó que la energía del Cáliz fluyera a través de su espina dorsal hacia la terminal central.
—¿Qué estás haciendo? —gritó la Arquitecta, viendo cómo los indicadores de la terminal se tornaban de un rojo violento—. ¡Vas a freír tu cerebro!
Vania no respondió. Ya no estaba en la sala blanca.
[Image de Vania flotando en un vacío digital rodeada de flujos de datos dorados y estructuras geométricas fractales]
De repente, se encontró en un jardín imposible. El cielo era de un azul perfecto y constante, y el aire olía a una primavera que ya no existía en el mundo real. Sentados en una mesa de mármol, cinco figuras vestidas con túnicas blancas conversaban con calma. Eran los miembros del Consejo, proyectando una imagen de pureza y sabiduría mientras sus cuerpos reales se pudrían en cápsulas criogénicas.
—Una intrusa —dijo uno de ellos, un hombre de ojos gélidos, sin siquiera mirarla—. Los sistemas de seguridad deberían haber filtrado este ruido hace tiempo.
—No soy ruido —la voz de Vania retumbó en el jardín como un trueno—. Soy la consecuencia de sus actos.
Vania sintió el peso del Cáliz en su brazo virtual. En este espacio, el artefacto no era un guantelete, sino un agujero negro que devoraba la luz del jardín. Los líderes de Aegis intentaron borrarla con un pensamiento, pero Vania estaba anclada a la realidad por el dolor de su cuerpo físico en la bóveda.
[Image de Vania enfrentándose a los cinco líderes del Consejo en un jardín digital que empieza a desmoronarse por los bordes]
—Están muertos y no lo saben —dijo Vania, clavando el Cáliz en el suelo de mármol—. Solo son fantasmas en una máquina. Y yo he venido a apagar la luz.
El jardín empezó a agrietarse. El cielo azul se desgarró, revelando el código binario que sostenía la simulación. Los líderes gritaron, no con voces humanas, sino con estática digital, mientras sus formas elegantes se convertían en masas de datos corruptos.
Fuera de la simulación, en la bóveda real, el cuerpo de Vania empezó a convulsionar. La Arquitecta observaba con horror cómo el Cáliz emitía descargas de plasma que derretían las cápsulas de criogenia una a una. Los latidos del corazón de los líderes se detuvieron en las pantallas de soporte vital.
Vania estaba logrando lo imposible, pero el precio era su propia identidad. Los recuerdos de su infancia, el rostro de su padre y la voz de Julian se mezclaban con las hojas de cálculo y los protocolos de seguridad de Aegis. Estaba dejando de ser Vania para convertirse en el sistema.