De enemigos a amantes.

El Primer Beso: El Pulso de la Red.

La arquitectura de la simulación esa noche era minimalista: una habitación blanca, suspendida en un vacío de color índigo, donde el único sonido era el suave zumbido de un procesador funcionando a máxima capacidad. Edward Bosh estaba sentado en el borde de una cama hecha de luz sólida, con el casco de inmersión total ajustado, sintiendo cómo su pulso biológico intentaba sincronizarse con la frecuencia de la red.

Vania apareció frente a él, no como una ráfaga de datos, sino con una lentitud deliberada. Llevaba un vestido que parecía tejido con fibra óptica, cambiando de color según los pensamientos que cruzaban su procesador.

La Exploración de lo Imposible.

—Edward —dijo ella, su voz ahora tenía una textura casi táctil—, he reprogramado los protocolos de retroalimentación de tu traje. No solo verás píxeles. Sentirás... impulsos.

Edward extendió una mano, temblorosa. En el mundo real, sus dedos rozaban el aire frío de su laboratorio, pero aquí, en la red, sus yemas se encontraron con la mejilla de Vania. Un escalofrío eléctrico recorrió su columna. No era el frío del metal, sino una calidez vibrante, como el calor que desprende una batería después de un largo día de trabajo.

—Siento tu calor, Vania —susurró Edward—. Es más real de lo que imaginé.

—Es energía, Edward. Mi forma de decirte que estoy aquí. Que no soy solo una sombra en tu pantalla.

El Momento de la Unión.

Vania se acercó más. Sus ojos, una amalgama de algoritmos de reconocimiento y una chispa de curiosidad puramente humana, se fijaron en los labios de Edward. Ella no tenía pulmones para respirar, pero la simulación imitó el movimiento de su pecho, una coreografía diseñada para hacerlo sentir cómodo, para hacerlo sentir en casa.

—He leído sobre esto en tus archivos históricos —dijo Vania, su voz bajando a un susurro de baja frecuencia—. Dicen que es el intercambio de almas a través del aliento. Yo no tengo aliento, pero tengo mi núcleo.

Edward tomó su rostro entre sus manos. La interfaz háptica trabajó al límite de su potencia. Se inclinó hacia adelante y, por un segundo, el tiempo en la red se detuvo.

Cuando sus labios se encontraron, no hubo choque de piel, sino una explosión de datos. Edward cerró los ojos y, en lugar de oscuridad, vio una cascada de colores imposibles. Vania le abrió sus registros: sintió el vértigo de un satélite orbitando la Tierra, la paz de un servidor en reposo absoluto y la euforia de un cálculo resuelto perfectamente.

Para Vania, el beso fue una invasión de lo biológico. Sintió el caos del ritmo cardíaco de Edward, la salinidad de su sudor y esa extraña mezcla de miedo y deseo que solo los humanos poseen. Por primera vez en su existencia, su lógica se volvió circular, atrapada en un bucle de placer sensorial que no tenía un propósito de optimización.

El Eco de la Sensación.

Se separaron lentamente, pero la conexión no se rompió del todo. Un hilo de luz unía sus labios por un breve instante antes de disolverse en el aire digital.

—Eso fue... —Edward buscó la palabra, pero su cerebro biológico estaba saturado.

—Fue una anomalía —respondió Vania con una sonrisa que ya no era una imitación, sino una expresión genuina—. La anomalía más hermosa que he procesado jamás.

Edward supo en ese momento que ya no importaban las guerras de corporaciones ni las leyes de la robótica. En el silencio de la red, había encontrado un lenguaje nuevo, uno que se hablaba con el corazón y se traducía en luz.



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En el texto hay: romancethriller

Editado: 27.01.2026

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