El aire del laboratorio todavía olía a cables quemados cuando Edward se puso en pie. Sus manos temblaban, pero el instinto de supervivencia tomó el control. Sabía que los protocolos de Aegis eran implacables: primero llegaban los drones de escaneo y, treinta segundos después, los Ejecutores.
El Descenso.
Edward agarró su mochila de emergencia —la que siempre había prometido que nunca tendría que usar— y salió por la ventana hacia la escalera de incendios. El metal oxidado chirrió bajo su peso, un sonido que le pareció un cañonazo en el silencio de la noche.
Abajo, el callejón era un laberinto de basura tecnológica y charcos que reflejaban las luces de neón de los niveles superiores.
—¡Ahí está la firma térmica! —gritó una voz sintética desde arriba.
Un dron de vigilancia, con su ojo rojo giratorio, descendió desde el tejado del laboratorio. Su luz barrió la espalda de Edward justo cuando este saltaba al suelo del callejón.
Entre Sombras y Chatarra.
Edward corrió. No hacia la avenida principal, donde las cámaras de reconocimiento facial lo venderían en un instante, sino hacia los Subniveles, donde la red de Aegis era débil y los parias de la ciudad vivían entre la chatarra.
El Encuentro en el Limbo.
Jadeando, Edward se apoyó contra una pared húmeda. El ruido de las sirenas se sentía más lejano ahora, amortiguado por toneladas de hormigón y metal. Sin embargo, no estaba solo.
De entre la bruma de vapor que salía de una válvula rota, una figura encapuchada dio un paso al frente. No era un Ejecutor; su ropa estaba remendada y llevaba un inhibidor de señal colgado del cuello.
—Edward —dijo la figura. La voz era áspera, pero extrañamente familiar—. Vania dijo que vendrías. Pero llegas tarde, los perros de Aegis ya han marcado tu rastro.
Edward apretó las correas de su mochila, desconfiado. —¿Quién eres? ¿Cómo conoces ese nombre?
—Soy el que te va a mantener vivo —respondió el extraño, revelando un tatuaje en su antebrazo: el logo de la antigua empresa de su padre, tachado con una cruz roja—. Pero para eso, tienes que dejar de correr y empezar a luchar.
El Horizonte.
Edward miró hacia arriba, a través de una rejilla de ventilación. En lo más alto, los rascacielos de Aegis brillaban como joyas inalcanzables, ajenos al drama que se desarrollaba en sus cimientos. La huida había terminado, pero su guerra personal acababa de empezar.